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¿Un “brexit” para nada?

Editorial, por Serge Halimi, marzo de 2020

La decisión británica de dejar la Unión Europea llega demasiado tarde. Podría haber sido una excelente noticia para la Unión Europea (UE) la salida de un Estado que encarnó conjuntamente el libre comercio desde la Revolución Industrial del siglo XVIII, el alineamiento con Washington desde la “relación especial” instaurada por Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, la financiarización desde que la City de Londres asentó su dominio sobre la economía y la política británicas y el neoliberalismo puro y duro desde los años de Margaret Thatcher y Reagan. En particular, porque recuerda a todos que la UE no es ninguna prisión. Considerando que algunos Estados aún pueden entrar en ella, otros han de poder salirse si se tercia. En este particular al menos, los diputados británicos, tras mucho tergiversar, han respetado la decisión de su pueblo. Este tipo de lección democrática no es inútil en los tiempos que corren.

Sin embargo, no hay buenos augurios para quienes esperan que la salida del Reino Unido libere a la Unión Europea, y a Alemania en particular, de su lastre liberal y atlantista. La “colosal comunidad atlántica bajo dependencia y liderazgo estadounidenses” que el general De Gaulle temía en 1963 ya no necesita que los británicos dicten su ley al Viejo Continente. Singularmente desde que, a partir de 2004, la Unión ha acogido a una docena de Estados adicionales, la mayoría de los cuales acababan de enviar soldados a Irak a petición de Washington. Algunos de estos nuevos miembros siguen sin poder chapurrear dos palabras en un idioma que no sea el inglés, preferiblemente palabras redactadas por el Departamento de Estado de los Estados Unidos.

¿Exageración? No tanto, a juzgar por la reacción europea al “plan de paz” entre Israel y Palestina presentado el 28 de enero en la Casa Blanca. Justo después de formular propuestas que violan el derecho internacional –anexión israelí de Jerusalén y del Valle del Jordán, colonización de Cisjordania (véase “Israel-Palestina, un plan de guerra”)–, Washington preparó los elementos de un comunicado que sus aliados tenían que retomar para clamar su entusiasmo: “Le damos las gracias al presidente Trump por sus esfuerzos por encarrilar este antiquísimo conflicto”; “Una propuesta seria, realista y de buena fe”; “Esperamos que, gracias a esta visión, este conflicto pueda encontrar una solución”. El caso es que, al comparar estas “recomendaciones” norteamericanas con las reacciones de las cancillerías occidentales tras el anuncio del plan, Le Figaro encontró “muchas similitudes en el lenguaje, que evidencian –si aún hiciera falta– la influencia de Washington sobre sus aliados” (1).

El Reino Unido ha demostrado, como siempre, ser uno de los más dóciles. Pero varios Estados –aún miembros, estos, de la Unión Europea– le disputaron el papel de loro de la Casa Blanca. Y la reacción de París fue sorprendente. Francia ciertamente no “le dio las gracias al presidente Trump”, pero sí “¡saludó los esfuerzos del presidente Trump!” ¿Debemos concluir que, por lo visto, con o sin Londres, la Unión Europea no será independiente?

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Serge Halimi

Director de Le Monde diplomatique.