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Una cuestión política durante mucho tiempo ignorada

El kung-fu y la lucha de clases

Muchas películas chinas de artes marciales, lejos de reducirse a simples pasatiempos, hablan sobre todo de justicia y de dignidad: la de un individuo, una clase social o un pueblo oprimido que alza la cabeza, se frota las manos y le da una merecida paliza a un tirano mejor armado. Algo con lo que podrían soñar muchos asalariados...

por Daniel Paris-Clavel, diciembre de 2016

En 1973, el situacionista René Viénet, sinólogo y cinéfilo experimentado, empleó la técnica del détournement (1) en los diálogos de una oscura producción de Hong Kong: Crush, dirigida un año antes por Tu Guangqi basándose en un guión de Ni Kuang. Transforma la historia clásica de un pueblo chino invadido por samuráis y defendido por un practicante de kung-fu (Jason Pai Piao) en un placentero “brindis por los explotados para el exterminio de los explotadores” titulado ¿Puede la dialéctica romper ladrillos? Sin embargo, muchos sólo ven en éste una parodia subversiva creada a costa de un extravagante cine venido de Oriente.

No obstante, al igual que muchos de sus camaradas de la Internacional Situacionista,Viénet no desprecia en absoluto el cine popular. Al contrario: conoce bien sus códigos, puesto que fue uno de los primeros importadores de películas de kung-fu a Francia. De ahí la eficacia de un détournement que sigue perfectamente la trama de la película, metamorfoseando de forma sencilla a los samuráis en burócratas que subestiman rápidamente –como ocurre a menudo– la capacidad de autogestión del proletariado. Por otro lado, algunas películas chinas no esperaron la visión experimentada (y afilada) de los airados parisinos para asestar su dialéctica mediante grandes patadas voladoras (2). Basta con remontarse a 1971 para encontrar, en Hong Kong, uno de los ejemplos más flagrantes: The Big Boss (Tang Shan Da Xiong), de Lo Wei, con un tal... Bruce Lee.

Este último, tras haber interpretado el papel de Kato en la serie estadounidense The Green Hornet, firmó un contrato con la Golden Harvest, una compañía hongkonesa entonces al borde de la bancarrota. Para ahorrar en atrezzo y en vestuario, ésta traslada a la época contemporánea la historia real de Chen Chao-an, un ciudadano chino de finales del siglo XIX muy popular en Tailandia por haber defendido a sus compatriotas inmigrantes en este país.

La pobreza obligó al joven a irse a Tailandia, donde es contratado, por mediación de su primo Hsiu Chen (James Tien), en una fábrica de bloques de hielo. Pero el director utiliza estos bloques para ocultar discretamente bolsitas con droga. Los obreros que descubren el pastel son eliminados también discretamente. Hsiu Chen, que practica kung-fu, es el justiciero local y, a la vez, el delegado de sus camaradas en la fábrica. Cuando los obreros desaparecen –todos en tugurios, según el director– se presenta en la villa del patrono (el big boss del título), quien siente una gran debilidad por las chicas jóvenes, es también experto en artes marciales y cuyo papel es interpretado por Han Yin-Chieh, coreógrafo de los combates de la película. Hsiu Chen, al querer denunciar la situación, es asesinado.

Con ya cuatro de los suyos ausentes, los obreros se declaran en huelga y amenazan con saquear la fábrica. Se enfrentan entonces al capataz y a los matones de la patronal bajo la mirada impasible de Chen Chao-an, quien juró a su madre que no pelearía... pero al final también acaba uniéndose, venciendo así a los esquiroles –después de todo, ¡es Bruce Lee!–. Para alegría de los obreros, el director lo nombra enseguida capataz. ¡Hala! Un ascenso y las víctimas del capital son olvidadas... Pero su euforia se apaga cuando una amiga les recuerda las razones de su cólera.

El director invita a cenar a Chen, nombrado portavoz, y hace que unas seductoras call-girls acudan también a la cita. Mientras sus camaradas comen frugalmente y se preocupan por su ausencia, el delegado sindical se va de comilona con sus nuevos “interlocutores sociales” antes de despertarse en el burdel. De vuelta en la fábrica se da cuenta, por el desprecio y por el sarcasmo de sus compañeros, que se ha convertido en un... esquirol. Y cuando toca volver al trabajo, la base se niega a obedecerle.

Esta vez va a ver al big boss en persona, quien le cuenta la historieta paternalista del tipo que se ha hecho a sí mismo, que se ha ganado su Rolex con mucho esfuerzo y que considera a sus empleados “como si fueran sus hijos”. Chen vuelve sin más respuestas al altillo que comparte con los demás obreros y estos le dan la espalda. Se comprende: una maniobra sencilla, no decía ni pío; al convertirse en capataz, da órdenes y se refugia en el burdel en lugar de ir a dormir con sus compañeros de faena... En ese momento, una prostituta, solidaria con los que también pasan dificultades, le desvela la verdad sobre el tráfico de droga. Chen visita por la noche la reserva de hielo y descubre los cuerpos congelados de sus amigos desaparecidos. Entonces comprende que la paz social no es más que un horrible instrumento para esconder las miserias. Su venganza (de clase) será terrible...

The Big Boss batió todos los récords en las taquillas y propulsó la carrera de Bruce Lee. De todas sus películas, no sólo es una de las más violentas (en ella, Chen acaba con la vida de una docena de matones), sino también una de las más políticas. Además, la censura no se equivocó en este caso. En Estados Unidos se cortó la escena final, en la que Chen hunde sus dedos en el lujoso traje de seda de su patrono, quizás por miedo a que los espectadores sintieran unas irrefrenables ganas de pasar a la acción al día siguiente...

Otras producciones siguieron rápidamente los pasos de ésta. Después de todo, los empleados de los grandes estudios chinos, que trabajaban de media 48 horas a la semana y 355 días al año, contaban sin duda con algunos mensajes subliminales dirigidos a sus patronos... Citemos Fingers That Kill (Tie Zhi Tang Shou), de Hui Kwok, con un guión de Ni Kuang, realizada en Taiwán en 1972 y estrenada en Francia en 1974. Unos campesinos se ven sometidos al patrono de una explotación forestal, quien parece venir de una escuela de management. No contento con dirigir con mano dura a sus obreros por un puñado de arroz, los embrutece vendiéndoles opio y prostituye a sus mujeres y hermanas en un burdel de campo donde los desdichados gastan lo que les queda. Pero un hombre que practica kung-fu (Tony Liu Jun Guk, quien interpretaba a un heroico aldeano en Crush) se infiltra entre los campesinos. Tiene la firme intención de tentar la próstata patronal con dos dedos... ¡que matan!

En 1978, el director Liu Chia-liang, un auténtico maestro del kung-fu, revoluciona este género con Las 36 cámaras de Shaolin (Shao Lin San Shi Liu Fang). Se trata de una obra maestra en la que el actor Gordon Liu interpreta el papel del monje San Te, quien desea que los laicos puedan acceder a la enseñanza en el templo de Shaolin para luchar contra el opresor manchurio. Sin embargo, es su “continuación falsa”, Regreso a la cámara 36 de Shaolin (Shao Lin Ta Peng Hsiao Tzu, 1980), la que insiste en el uso del kung-fu en las negociaciones sindicales.

Los obreros de una tintorería ven cómo se les imponen capataces violentos, remunerados a través de una bajada general de los salarios. Un pequeño estafador, Chun Jen-chieh (Gordon Liu), se hace pasar por el célebre justiciero San Te para defender las reivindicaciones de los trabajadores. Ante el fracaso de sus artimañas, intenta entrar en Shaolin para aprender kung-fu de verdad. Tras ser descubierto por el verdadero San Te (interpretado en esta ocasión por Chin Chu), se ve sometido a una tarea titánica: montar andamios de bambú durante todo un año. Sin darse cuenta desarrolla entonces una técnica muy personal, ¡el “kung-fu de los andamios”!

Liu Chia-liang, deseoso por desplegar el abanico de posibilidades que las artes marciales le ofrecen, representa los tópicos “superheroicos” de este género. El mensaje de Regreso a la cámara 36 de Shaolin está claro: las técnicas de kung-fu son accesibles para cualquier persona, siempre y cuando se entiendan los fundamentos teóricos. Tal y como aprendió el astuto Chun con el dominio del bambú, de la cuerda y del equilibrio a fuerza de montar andamios, cualquier práctica genera un saber... y el saber es un arma.

Además, a pesar de que el personaje de Gordon Liu pertenece al lumpemproletariado –y prefiere vivir de pequeños chanchullos en vez de matarse a trabajar–, sus amigos le respetan e incluso recurren a sus talentos para intentar engañar a su patrono: una flagrante ilustración de la alianza necesaria entre los diferentes estratos de la clase obrera... No es una casualidad: el guión lleva la firma de Ni Kuang.

En 1994, Liu Chia-liang muestra de nuevo sus preocupaciones político-marciales en La leyenda del luchador borracho (Drunken Master 2/Jui Kuen 2), codirigida por su actor principal, Jackie Chan. Éste interpreta al célebre Wong Fei-hung, experto en el “boxeo del borracho” y quien se enfrenta a un embajador inglés deseoso de saquear las riquezas artísticas chinas en beneficio del British Museum. Paralelamente, los obreros de una fundición vecina sufren las presiones de la patronal anglo-china para que trabajen más ganando menos. Y cuando amenazan con comenzar una huelga, les pegan una paliza.

Cuando se ha producido la cuota de barras de hierro y está preparada para la exportación (en cajas que esconden el patrimonio local), los patronos anuncian el cierre de la empresa y el despido de los obreros. Fei-hung y sus camaradas deciden entonces pasar a la acción: “¡Yo alboroto a los estudiantes y tú, a los trabajadores!”, exclama su amigo pescadero. La manifestación degenera cuando un policía desenfunda su arma al escuchar cómo un manifestante menciona el “derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos y de su historia”. A partir de ese momento, la astuta utilización de sus herramientas de trabajo (la vendedora de serpientes lanza sus reptiles vivos a los soldados) y de su particularismo cultural (el kung-fu) permite a los manifestantes entrar en la fábrica. Allí tiene lugar el sublime combate final entre un Fei-hung dopado con alcohol de quemar y los altos ejecutivos de la empresa. El público no se equivocó: La leyenda del luchador borracho cosechó un gran éxito y los beneficios que obtuvo fueron transferidos a la asociación de especialistas de cine de Hong Kong.

El kung-fu a menudo ha desempeñado un papel principal en las revueltas que salpican la historia de China, ya sea la Rebelión Taiping (1850-1864) o la de los bóxers (1899-1901). También recientemente, la prensa local relataba cómo algunos aldeanos habían vapuleado a los matones de unos promotores expropiadores. Era lógico, pues, que el cine de artes marciales, que nació en 1926 en Shanghái –y que fue prohibido a partir de 1931 durante varias décadas– reflejara esta situación. El espectador occidental, acostumbrado al “realismo” cuando se abordan cuestiones sociales en la gran pantalla, puede verse desconcertado o incluso darse a la burla. Por el contrario, cabe lamentarse de que las películas de Ken Loach desconozcan la patada voladora, ese “gesto puro que separa el bien del mal y revela la figura de una justicia finalmente inteligible” (3).

(1) N. de la T.: Se trata de un concepto que surge en el movimiento situacionista y que se basa en la posibilidad artística y política de tomar algún objeto creado por el capitalismo o el sistema político hegemónico y distorsionar su significado y uso original para producir un efecto crítico.

(2) La patada voladora es una patada asestada de un salto por encima de las partes genitales.

(3) Roland Barthes, “El mundo del catch”, Mitologías, Siglo XXI, Madrid, 2016 (1ª ed. francesa: 1957).

Daniel Paris-Clavel

Creador y coordinador de la revista ChériBibi, dedicada a las culturas populares (www.cheribibi.net).