En primer lugar, había que defender a una Ucrania agredida por Rusia. Armarla y financiarla con cientos de miles de millones de euros. Apoyarla abriéndole las puertas de la Unión Europea. Acelerar su adhesión para evitar que Rusia tratase de atacarla de nuevo. Nadie ignoraba que la ampliación se pagaría con la implosión de la Política Agrícola Común (PAC) y un dumping salarial que superaría lo que Europa ya había vivido con Polonia y Rumanía. Pero los dirigentes y los medios de comunicación de la Unión Europea prometían al unísono que la integración dotaría de credibilidad a la política europea de defensa frente a Rusia al aportar a los Estados miembros una experiencia militar y una base industrial más de fiar que un “paraguas estadounidense” cuya apertura parece, hoy por hoy, en exceso tributaria del humor cambiante del inquilino de la Casa Blanca.
Según The Economist —un ferviente partidario de Kiev—, (...)


