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De la ciencia a la política

por Philippe Descamps, noviembre de 2015
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ISAAC CORDAL.- "Survivors" (Supervivientes), 2013.
(El artista expone en la Galería COA en Montreal hasta el 28 de noviembre). CEMENTECLIPSES.COM

Durante la noche polar, la temperatura difícilmente sube por encima de los -60 ºC en las alturas de la Antártida. En el interior de las frágiles barracas de la base de Vostok se entonan canciones de Georges Brassens o de Vladímir Vissotsky para mantener el ánimo. Las escasas noticias no son buenas. El presidente estadounidense Ronald Reagan acaba de lanzar su iniciativa de defensa estratégica para desafiar a una gerontocracia soviética impotente para salir del estancamiento económico y del atolladero afgano. Aprovisionados por aviones estadounidenses, científicos franceses y soviéticos desafían a los elementos para descubrir juntos los secretos del clima. El objetivo: volver atrás en el tiempo descendiendo cada vez más en las entrañas del glaciar de 3.700 metros de espesor que yace bajo sus pies.

En febrero de 1985, el equipo terminó de extraer muestras de perforación de hielo que conservaban información crucial sobre el aire y la temperatura de los últimos 160.000 años. Después de dos años de desciframiento, por fin aportan la prueba buscada: la temperatura del planeta fue a veces más elevada que hoy y a menudo más baja, pero esas variaciones siguieron fielmente las de la concentración de dióxido de carbono (CO2. Ahora bien, se sabe que desde la revolución industrial, a mediados del siglo XIX, el contenido en CO2 de la atmósfera no deja de aumentar y que ahora supera cualquier referencia histórica.

Estos descubrimientos, corroborados por las perforaciones de sedimentos marinos y por el estudio de otros gases de efecto invernadero como el metano, conducen a las Naciones Unidas a crear en 1988 el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés). Gracias al estudio de la literatura científica, el IPCC tiene como misión presentar al mundo el estado actual de los conocimientos a este respecto. Entre su primer informe, publicado en 1990, y el quinto, terminado en 2013 (1), muestra sus conclusiones con un grado de probabilidad cada vez más elevado: “El calentamiento del sistema climático es categórico y desde los años 1950 se han observado muchos cambios sin precedentes desde hace decenios, incluso milenios –indica el último informe–. La atmósfera y el océano se han calentado, la capa de nieve y de hielo ha disminuido, el nivel de los mares se ha elevado y las concentraciones de gases de efecto invernadero ha aumentado”. Los expertos ganaron en certeza sobre las causas de este fenómeno: “La influencia del hombre en el sistema climático está claramente establecida […]. Para limitar el cambio climático habrá que reducir, de manera notable y duradera, las emisiones de gases de efecto invernadero” (GEI).

Basándose en modelizaciones, el IPCC presenta una constatación de las evoluciones recientes y, sobre todo, de las proyecciones para los próximos decenios en función de cuatro escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero. La hipótesis más pesimista –sin un esfuerzo real en la reducción– predice de aquí a 2100 temperaturas alrededor de 4 ºC más elevadas a escala planetaria y de alrededor de 6 ºC más en la superficie terrestre, es decir, el caos. Ni siquiera los escenarios intermedios pueden garantizar una estabilización a medio plazo. Sólo la hipótesis optimista permitiría contener el aumento de la temperatura global por debajo de 2 ºC, un límite que no se debe superar y, preferiblemente, que nunca se debe alcanzar (véase “Dos grados adicionales, ¿no es ya demasiado?”). Más allá, no es posible descartar la aceleración de este fenómeno con el rápido deshielo de Groenlandia, la modificación de la circulación oceánica profunda y el deshielo del permafrost (2) en las tierras boreales que conllevarían una liberación masiva de CO2.

Sin embargo, la hipótesis optimista supone detener sin tardar las emisiones y reducirlas a cero en dos o tres generaciones. Oficialmente, todos los Estados comparten este imperativo desde la Cumbre de la Tierra de Río, en 1992, y la adopción de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Sin embargo, desde esa oda mundial a la salvaguardia del planeta, la situación no ha dejado de empeorar. En 2013, el total de emisiones de CO2 superaba las 35.300 millones de toneladas, frente a las 23.000 millones de toneladas en 1990 (3). Entre 1980 y 2011, el “forzamiento antropogénico” (la parte del calentamiento ligada a las actividades humanas) se duplicó con la emergencia de nuevos países industrializados y con el aumento de la población.

El clima aparece como un multiplicador de los desequilibrios, de las desigualdades y de las amenazas que padecen los más pobres. Aridez, huracanes, alteración de los monzones: el Sur ya sufre los efectos de los cambios sin haber conocido los beneficios del desarrollo. En África, el desierto avanza en las zonas del Sahel mientras 620 millones de personas siguen sin tener acceso a la electricidad. A los países desarrollados les corresponde una responsabilidad colosal a este respecto y, en particular, a Estados Unidos (véase la cartografía). Desde su creación, la empresa petrolera Chevron habría expulsado ella sola a la atmósfera más de diez veces lo que el conjunto de los países del África subsahariana (exceptuando a Sudáfrica) emitieron desde 1850; Gazprom, tanto como toda África; Saudi Aramco, más que toda América del Sur (4).

El origen principal de la alteración radica en la utilización del carbón, del petróleo y del gas. Y sin embargo, las subvenciones públicas asignadas en 2013 a los combustibles fósiles representaban 480.000 millones de euros, es decir, más de cuatro veces la suma de aquellas concedidas a las energías renovables (5).

Frente a semejante desafío, la lógica de la relación de fuerzas entre naciones se vuelve inoperante; sin embargo, el camino de la cooperación sigue siendo escarpado. Tras el rechazo del Senado estadounidense a ratificar el Protocolo de Kioto, en 1997 (6), y más tarde el fracaso de Copenhague, en 2009, la Conferencia de París ha sido preparada minuciosamente apostando por declaraciones voluntarias: las “contribuciones previstas determinadas a nivel nacional”. A mediados de octubre, 148 países, que representan el 87% de las emisiones, presentaron su hoja de ruta. Entre los grandes contaminantes sólo faltaron las contribuciones de Irán y de Arabia Saudí. Todos pretenden ser ambiciosos: China planea alcanzar su pico de emisiones en 2030; la Unión Europea promete un descenso de las emisiones de GEI de un 40% para 2030 con respecto a 1990; Estados Unidos anuncia un -26% para 2025 con respecto a 2005.

Pero la embajadora encargada de las negociaciones sobre el cambio climático, Laurence Tubiana, lo reconoce: “Aunque esta serie de contribuciones es muy positiva, no será suficiente para situarnos, desde la Conferencia de París, en una trayectoria compatible con el límite de los 2 ºC. Por eso, el acuerdo de París deberá contener disposiciones que permitan señalar regularmente la ambición común en el transcurso del tiempo, para que cada periodo de contribuciones sea más ambicioso y podamos respetar nuestros objetivos de largo plazo” (7).

Para obtener un acuerdo universal que pueda entrar en vigor a partir de 2020, la estrategia de la presidencia francesa se resumía en evitar las cuestiones molestas. Sigue habiendo gran vaguedad en cuanto al objetivo global de reducción, a la definición de un pico mundial de emisiones, a los mecanismos de control… La aplicación de un impuesto sobre el transporte marítimo o aéreo sigue siendo un tabú. Y la reflexión sobre un modo de producción que lleva a la humanidad hacia el abismo deberá esperar.

Algunos países como Estados Unidos, Alemania o los emiratos del Golfo nunca podrán borrar las huellas que han dejado en la atmósfera; su “deuda climática” es insostenible. Por eso, las naciones del Sur, por su parte, contaban con una compensación financiera con el objetivo de poder acceder a un desarrollo sin carbono, saltándose la etapa mortífera de las energías fósiles. Pero el objetivo de 100.000 millones de dólares al año dedicados a este fin está tardando en encontrar financiadores.

La preparación de esta XXI Conferencia se caracteriza por el creciente papel que desempeñan las multinacionales, con un credo: el derecho del comercio siempre debe primar sobre la ambición social y medioambiental. Y los dirigentes que vengan a abogar con la mano en el corazón por un acuerdo sobre el clima negocian en las sombras la instauración de un Tratado Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP por sus siglas en inglés) que aspira a “garantizar un medio ambiente económico abierto, transparente y previsible en materia de energía y un acceso ilimitado y duradero a las materias primas” (8).

Sólo se puede evitar el caos climático dejando bajo tierra lo esencial de las reservas de energía fósil. El desafío colectivo consiste en hacer que ese esfuerzo sea aceptable para todos rompiendo con el incremento de las desigualdades que desalienta cualquier tipo de solidaridad. Cabe recordar la proclama de George H. Bush a su llegada a la Cumbre de la Tierra de Río: “El estilo de vida estadounidense no es negociable”. Un estilo de vida imposible de generalizar y cuya perpetuación hizo perder veinte años haciendo más difíciles todavía las futuras decisiones que hay que tomar.

El riesgo sería dejar pasar el tiempo apostando por soluciones quiméricas o marginales, como la Geoingeniería, que aspira a fijar más carbono en el suelo o a limitar la radiación solar. Los países del norte de Europa emprendieron un nuevo camino al comprometerse, desde comienzos de los años 1990, con el “impuesto sobre el carbono”. Obtuvieron como resultado una importante reducción de los gases de efecto invernadero sin renunciar a su prosperidad logrando los créditos necesarios para mejorar la eficacia energética de los transportes o de los edificios y para desarrollar las energías renovables. Pero éstas no permitirán hacer frente a una demanda creciente porque tropezarán con la escasez de los metales indispensables para las instalaciones eólicas o solares. La vía del “reducir, reutilizar, reciclar” conduce a replantearse el consumo basando la calidad de vida en otros criterios distintos a la acumulación.

Los optimistas esgrimirán las últimas cifras de la Agencia Internacional de la Energía: en 2014, la economía mundial progresó un 3%, mientras que las emisiones de CO2 permanecían constantes (9). ¿Efecto de la coyuntura o comienzo de la disociación? Se encontrarán razones más sólidas para tener esperanzas en la concienciación de estos desafíos con el despertar de una miríada de asociaciones, y en las posiciones adoptadas por ciertas autoridades morales, como el papa Francisco.

El Convenio para la Protección de la Capa de Ozono se convirtió en 2009 en el primer tratado de la historia que obtuvo una ratificación universal; la salvaguardia del clima requiere una movilización colectiva no menos ambiciosa.

(1) Al informe del grupo 1, “Los elementos científicos”, se añaden en 2014 los del grupo 2, “Incidencias, adaptación y vulnerabilidad”, y los del grupo 3, “La atenuación del cambio climático”. Todos los informes son públicos, www.ipcc.ch.

(2) Suelo congelado en profundidad.

(3) “Trends in global CO2 emissions: 2014 Report”, PBL Netherlands Environmental Assessment Agency, La Haya, 16 de diciembre de 2014.

(4) Richard Heede, “Tracing anthropogenic carbon dioxide and methane emissions to fossil fuel and cement producers, 1854-2010”, Climatic Change, vol. 122, n° 1, Berlín, enero de 2014, y CAIT Climate Data Explorer 2015, http://cait.wri.org.

(5) “World Energy Outlook”, Agencia Internacional de la Energía (AIE), París, 2014.

(6) Ratificado por 191 países, preveía compromisos de reducción de los GEI para 38 países industrializados.

(8) Punto nº 37 de la directiva europea de negociación, 13 de junio de 2013, desclasificado el 9 de octubre de 2014.

(9) “Energy and Climate Change. World Energy Outlook Special Report”, AIE, 2015.

Philippe Descamps

Periodista.

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