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El crecimiento, un culto en peligro de extinción

Aunque el crecimiento volviera a los países desarrollados, éste impediría alcanzar los objetivos climáticos. Vale la pena explorar otros caminos hacia el progreso humano.

por Jean Gadrey, noviembre de 2015
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ISAAC CORDAL.- "The Office" (La oficina), 2013.
(El artista expone en la galería COA en Montreal hasta el 28 de noviembre). CEMENTECLIPSES.COM

Existen numerosas explicaciones para la “tendencia a la baja del índice de crecimiento” (1) observada desde hace varias décadas en los países ricos y, más recientemente, en los países emergentes. Hasta los economistas mediáticos comienzan tímidamente a considerar la hipótesis de un mundo sin crecimiento, al menos en los llamados países desarrollados. Es el caso, en Estados Unidos, de Paul Krugman y de Larry Summers, para quienes “un estancamiento secular es plausible” (2). En Francia, Thomas Piketty también nos advierte: “¿Es razonable apostar por el regreso del crecimiento para resolver todos nuestros problemas? Eso no resolverá los principales desafíos que los países ricos deben afrontar” (3). Daniel Cohen, por su parte, nos exhorta: “Liberémonos de nuestra dependencia del crecimiento” (4).

Aunque una golondrina no hace verano, estos ejemplos no son insignificantes, aún cuando ninguno incluye un factor explicativo fundamental: el agotamiento, que ya se está produciendo, de la mayoría de los recursos naturales del crecimiento. Mathieu Auzanneau, especialista en picos de producción petrolera, y Philippe Bihouix, experto en recursos fósiles y minerales, lo han demostrado rigurosamente (5).

Sin embargo, el culto al crecimiento está arraigado en la mente de los dirigentes políticos hasta tal punto que, aunque pronuncien discursos enérgicos sobre la lucha contra el cambio climático, no tardan en recordar que el crecimiento sigue siendo un imperativo. François Hollande marcó la pauta durante su intervención en Sassenage, Isère, en agosto de 2015: “Como bien saben, Francia va a acoger la Conferencia sobre el Clima; así pues, debe dar ejemplo. Al mismo tiempo, la transición energética, el objetivo climático, es también un desafío para el crecimiento. Queremos apoyar, fomentar el crecimiento. En definitiva, está presente desde el momento en que utilizamos las herramientas de la transición energética”. A continuación, el Presidente francés pronunció la palabra “crecimiento” catorce veces en dos minutos, sobre todo en este pasaje: “Mi objetivo es la reducción del desempleo, y la reducción de impuestos es también una forma de alcanzar un mayor crecimiento, ya que, si hay más consumo, si hay más confianza, habrá más crecimiento. Todo está ligado, pues, al crecimiento; el crecimiento también puede permitirnos reducir impuestos, y la reducción de impuestos, tener más crecimiento” (6).

¿Cómo pretender dar ejemplo en materia de clima vinculándolo todo al crecimiento? Esta contradicción no molesta a muchos dirigentes, que comparten una nueva religión: el “crecimiento ecológico”, esa transición que supuestamente estimula el crecimiento, el cual facilitará, a su vez, la transición. El ex presidente estadounidense George W. Bush resumió su credo en materia de medio ambiente con estas palabras: “El crecimiento económico no es el problema, es la solución” (7).

Seguramente, frente al cambio climático y a otras manifestaciones de la crisis ecológica, habría que invertir masivamente en energías renovables, en aislamiento de los edificios, en eficacia energética, en agroecología, en movilidad sostenible, etc., y organizar así su crecimiento. Sin embargo, al poner el acento en sectores específicos cuya expansión sería deseable, se ignoran las cuestiones más molestas. ¿Qué actividades y producciones deben decrecer necesariamente teniendo en cuenta su impacto negativo sobre el clima, la biodiversidad, la salud humana, etc.? Además, ¿qué porcentaje de combustibles fósiles debe dejarse bajo tierra necesariamente para limitar el calentamiento global? Y si este porcentaje se sitúa entre el 60% y el 80%, tal y como lo afirman las evaluaciones más recientes, ¿qué consecuencias puede tener esto en un crecimiento mundial que sigue siendo impulsado en gran medida por estos combustibles? En líneas generales, ¿es compatible el crecimiento económico, incluso débil, con los índices de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero exigidos actualmente para no sobrepasar los límites críticos de concentración en la atmósfera?

Debemos al economista Michel Husson (8) proyecciones bastantes sencillas que permiten determinar de aquí a 2050 el índice de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) mundial –o del PIB per cápita– compatible con los diferentes escenarios del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés). Este economista estableció dichas proyecciones basándose en hipótesis sobre el ritmo de reducción de la “intensidad de CO2 del PIB mundial” (9). Conclusión: “El principal objetivo del IPCC [la reducción a la mitad de las emisiones globales entre 2010 y 2050] sólo puede alcanzarse mediante una combinación de hipótesis muy optimistas sobre el ritmo de reducción de la intensidad de CO2 del PIB [-3% anual, es decir, el doble del ritmo observado desde hace veinte años] y la aceptación de una pronunciada disminución del crecimiento del PIB per cápita [una media de un 0,6% anual en todo el mundo]. En cuanto al objetivo más ambicioso –la reducción de las emisiones de CO2 de un 85% de aquí a 2050–, parece completamente fuera de alcance”. Exigiría, en efecto, una reducción drástica de la intensidad de CO2, y una reducción drástica del PIB per cápita.

Esto significa que el “crecimiento ecológico” es un mito si se postula, uniendo estos dos términos, un crecimiento compatible con la finitud de los recursos materiales (combustibles fósiles, minerales, tierras cultivables, bosques, agua...) y con una estricta limitación de los riesgos climáticos y otros daños causados a los océanos, a la biodiversidad, etc. Pero entonces, ¿cómo pensar en un mundo libre de ese culto al crecimiento? ¿Hay que optar por la regresión social en nombre de la ecología?

Los devotos del crecimiento están encerrados en esquemas de pensamiento donde el futuro sólo puede parecerse a una reactivación del pasado. No imaginan que pueda “reactivarse” otra cosa que no sea cantidades producidas y consumidas con gran cantidad de campañas publicitarias, de obsolescencia programada y de vidas hipotecadas. Y repiten su argumento favorito: sin un crecimiento lo suficientemente fuerte y continuo, no hay creación de empleo ni reducción del desempleo. El triángulo ideológico del crecimiento liberal a ultranza –la competitividad de las empresas genera crecimiento, que, a su vez, genera empleo– es de un simplismo penoso. Sin embargo, sigue orientando las decisiones políticas.

En realidad, los actores dominantes del capitalismo neoliberal adoran el desempleo como dispositivo disciplinario que les permite, por un lado, frenar las reivindicaciones salariales y, por el otro, intensificar y precarizar el trabajo para incrementar las ganancias. Ningún proyecto poscrecimiento tendrá éxito si no convence de que la “reactivación” del buen vivir en un medio ambiente preservado es claramente más eficaz para vencer el desempleo que las gastadas recetas del crecimiento liberal a ultranza.

Y sin embargo, el crecimiento sólo es necesario para la creación de empleo en el modelo actual basado en la eterna búsqueda de ganancias de la productividad: producir siempre más con el mismo volumen de trabajo. En este modelo, un crecimiento nulo o débil, más débil que las ganancias de la productividad, conduce a la regresión del volumen de trabajo y, por ende, del volumen de empleos si el tiempo de trabajo medio por persona permanece inalterado. En efecto, se pueden reivindicar medidas de reducción o de división del tiempo de trabajo –es incluso la respuesta más eficaz frente al aumento del desempleo a corto y a medio plazo–; sin embargo, no se sale del productivismo.

Para ello, es mejor cambiar el viejo chip del “reparto de las ganancias de la productividad”, heredado de los Treinta Gloriosos o del fordismo, por el del reparto de las ganancias de la calidad y de la sostenibilidad. Orientar el sistema de producción y de consumo según una lógica cualitativa del “cuidar” (a las personas, el vínculo social, los objetos, la biosfera...), colocando la calidad de los bienes comunes sociales y ecológicos en el centro de las actividades humanas y políticas: sobriedad en la cantidad, prosperidad en la calidad. Esto implica también enfrentarse a las desigualdades para que los nuevos modos de consumo sean accesibles para todos. Se trata incluso de la principal condición para que los sectores populares no vean en esta transición la impronta de una ecología punitiva.

Se observaría entonces que esta economía menos agresiva con los humanos, con la naturaleza y con el trabajo, que privilegia las low tech –las “bajas tecnologías”, por oposición a las “altas tecnologías” y que no exigen menos innovación–, ofrece muchos más empleos con sentido que la economía productivista actual por una sencilla razón: teniendo cantidades idénticas, por ende sin crecimiento, se requiere más trabajo humano para producir de forma limpia, ecológica y sana, en buenas condiciones de trabajo y empleo. La agricultura ecológica, por ejemplo, requiere aproximadamente entre un 30% y un 40% más de trabajo que la agricultura industrial y química para producir las mismas cantidades de frutas, verduras, cereales, etc.

¿Es esta visión de otra “gran transformación” poco realista? No, dado que tales soluciones ya se han puesto en práctica por todo el mundo. Funcionan e incluso tienden a propagarse a pesar del bombardeo de los turiferarios del viejo modelo, que aún tienen el control. Se observan al respecto numerosos ejemplos convincentes –en la India, América Latina, África, Estados Unidos y Europa– en varias obras o documentales recientes (10), por no hablar de las experiencias locales impulsadas por la red Alternatiba y su asociación fundadora en el País Vasco, Bizi! (¡Vivir! en euskera).

Corresponde a los ciudadanos –la mayoría de las veces eludiendo a los responsables políticos y rara vez con su apoyo– sublevarse y generalizar estas lógicas donde la tríada competitividad-crecimiento / consumismo / empleos indecentes-desempleo ceda el lugar a otra: cooperación-buen vivir / sobriedad material / empleos decentes-actividades útiles...

(1) Cf. los cuatro artículos sobre este tema que fueron publicados en 2009 en el blog del autor, http://alternatives-economiques.fr/blogs/gadrey

(2) Paul Krugman, “Secular stagnation, coalmines, bubbles, and Larry Summers”,The Conscience of a Liberal, 16 de noviembre de 2013, http://krugman.blogs.nytimes.com

(3) Thomas Piketty, “La croissance peut-elle nous sauver?”, Libération, París, 23 de septiembre de 2013.

(4) Le Monde, 6 de enero de 2014.

(5) Mathieu Auzanneau, Or noir. La grande histoire du pétrole, La Découverte, París, 2015; Philippe Bihouix, L’Age des low tech. Vers une civilisation techniquement soutenable, Seuil, París, 2014.

(6) “Intervención durante su visita a Sassenage en Isère”, 21 de agosto de 2015, www.elysee.fr

(7) Discurso ante la National Oceanic and Atmospheric Administration, Silver Spring (Maryland), 14 de febrero de 2002.

(8) Michel Husson, “Un abaque climatique”, nota n° 89 (PDF), agosto de 2015, http://hussonet.free.fr

(9) Este término designa las emisiones de CO2 por unidad de PIB producida.

(10) Cf., entre otros, Bénédicte Manier, Un million de révolutions tranquilles, Les Liens qui libèrent, París, 2012; Marie-Monique Robin, Sacrée croissance!, La Découverte, col. “Cahiers libres”, 2014; Collectif des associations citoyennes (CAC), L’Ecologie au quotidien, www.associations-citoyennes.net

Jean Gadrey

Profesor honorífico de economía en la Universidad de Lille, autor de Adieu à la croissance. Bien vivre dans un monde solidaire, Alternatives économiques - Les petits matins, París, 2010.

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