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Todo iba bien…

por Pierre Rimbert, mayo de 2018

En 2008, un joven candidato a las primarias demócratas y más tarde a las elecciones presidenciales estadounidenses generaba entusiasmo entre los comentaristas por el innovador método empleado durante su campaña: reunir los datos personales de los ciudadanos susceptibles de votar por él. Esta recolección fue tan fructífera que, según el periodista Sasha Issenberg, el equipo de Barack Obama “conocía el nombre de cada uno de los 69.456.897 estadounidenses cuyas papeletas le habían catapultado a la Casa Blanca”. Cuatro años más tarde, ese acopio de datos tomaba un giro todavía más excitante con “protocolos selectivos para compartir publicaciones capaces de rastrear la red de Facebook a la búsqueda de amigos que el equipo de campaña quería reclutar, movilizar o convencer”. Todo iba bien. Sin excesivo respeto por la privacidad, estadistas y expertos demócratas recogían patrones de comportamiento individual en internet, peinaban las redes sociales y compendiaban hábitos de consumo para conformar (...)

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