“Originalmente, en los años noventa, la mayoría de los reclutas de Al Qaeda provenían de la clase media o alta, casi todos de familias unidas. Muchos de ellos habían realizado estudios superiores, con una marcada inclinación por las ciencias naturales y la ingeniería. Una minoría provenía de escuelas confesionales, pero muchos se habían formado en Europa o Estados Unidos y hablaban cinco o seis idiomas. Ninguno presentaba indicios de ningún tipo de desorden mental. Muchos ni siquiera eran muy religiosos cuando se enrolaron en la jihad. (...) La generación anterior incluía miembros de profesiones liberales pertenecientes a la clase media –médicos, docentes, contables, imanes– que habían viajado a Afganistán acompañados por sus familias.
Entre los nuevos jihadistas, más bien jóvenes y solteros, figuraban delincuentes hábiles en la fabricación de documentos falsos, la utilización fraudulenta de tarjetas de crédito, el tráfico de drogas, todas competencias que resultaron útiles para la causa. (...) (...)


