¿Debe definirse la salud por la cantidad de cuidados aportados a un individuo o como un estado de plenitud individual y colectivo en un entorno virtuoso? Y un par de preguntas concomitantes de las que dependen miles de millones de euros: ¿dónde terminan los gastos “de salud”?, ¿por qué las políticas públicas se muestran hoy tan obsesionadas por los costes?
A estas preguntas se les han dado dos respuestas antagónicas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Una de ellas —dominante hasta la década de 1980— define la salud de manera global y supera los aspectos estrictamente sanitarios para integrar los sociales. Su formulación más conocida es la que figura en la declaración de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 1978, en Alma-Ata (antigua URSS), donde se define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o (...)


