Sábado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque aéreo masivo contra varias ciudades iraníes. El ayatolá Alí Jameneí, guía supremo de la República Islámica, murió en un bombardeo dirigido contra Teherán. Varios otros responsables, entre ellos jefes militares y miembros de la Guardia Revolucionaria, también fallecieron. Irán respondió con el lanzamiento de misiles y drones contra instalaciones estadounidenses en la región —en particular en el Golfo— así como contra ciudades israelíes, entre ellas Tel Aviv. La Guardia Revolucionaria anunció el cierre del estrecho de Ormuz, arteria vital para las exportaciones de petróleo. El espacio aéreo regional fue clausurado, perturbando el conjunto de los vuelos europeos con destino a Asia. Ilegal desde el punto de vista del derecho internacional, la ofensiva israeloestadounidense ha abierto una escalada cuyo desenlace nadie puede prever.
Los objetivos de Washington y de Tel Aviv no coinciden necesariamente. Según Donald Trump, que no solicitó la autorización del Congreso antes de lanzar la operación, se trataría de impedir que Irán acceda al arma nuclear. Sin embargo, según fuentes diplomáticas en Omán, las negociaciones iranoestadounidenses que se desarrollaban en Ginebra bajo los auspicios del sultanato estaban a punto de culminar con éxito. Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, lo asume abiertamente: esta enésima guerra en Oriente Próximo debe conducir a un cambio de régimen. La muerte de Jameneí se presenta así como el primer acto de ese derrumbe anunciado.
¿Desaparecerá la República Islámica tras cuarenta y siete años de existencia? Desde la sangrienta represión de las manifestaciones de enero, muchos iraníes lo esperan, aunque temen el coste de una confrontación prolongada: nuevos bombardeos, mayor aislamiento diplomático, asfixia económica… Y el “día después” divide.
Muy activos en el extranjero y respaldados por Washington y Tel Aviv, los partidarios de Reza Pahlaví, hijo del sah derrocado en 1978, abogan por la restauración de la monarquía. Dentro del país, una parte de las élites administrativas y económicas —incluidos algunos cuadros del régimen— así como una fracción de las clases medias aspiran más bien a retomar las ambiciones iniciales de la revolución de 1978-1979, confiscada por los mulás. Según informaciones que circulan en Irán, algunas figuras del campo “reformista” dentro del establishment religioso también habrían sido objetivo de los bombardeos, lo que alimenta la hipótesis de una estrategia destinada a remodelar el tablero político iraní.
¿Se disponen Estados Unidos e Israel a repetir en Irán el error cometido en Irak en 2003, cuando Washington trató a toda costa de imponer dirigentes rechazados por la población? Aquella intervención desembocó en una guerra civil y en más de una década de caos.
En este artículo, Bernard Hourcade, especialista en Irán, analiza la cuestión de cuál podría ser el relevo político en el país en caso de caída del régimen teocrático.

“¿Cómo es que Irán no ha capitulado aún?”, se preguntaba el presidente estadounidense Donald Trump el pasado 20 de febrero. Mientras el régimen teocrático se afana en conservar el poder, la represión ejercida sobre su población el pasado enero vuelve a demostrar su fracaso. Washington no ha renunciado al uso de la fuerza; entretanto, una parte de las élites iraníes aguarda su momento.