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Las ‘fake news’ del ministro de Exteriores francés

por Pierre Rimbert y Serge Halimi, marzo de 2026

¿A dónde va la diplomacia francesa? ¿Y quién habla en su nombre? La reacción en X de Emmanuel Macron al secuestro de su homólogo venezolano por parte de soldados estadounidenses fue hasta tal punto entusiasta que Donald Trump la reprodujo de inmediato en su propia cuenta, cosa que pareció incomodar al presidente francés. Para un defensor declarado del derecho internacional frente a las agresiones de los “regímenes autoritarios”, eso de saludar la acción mortífera (más de cien víctimas mortales) de un comando en una capital extranjera no quedaba del todo bonito. Macron se defendió explicando… que no había que conceder la menor importancia a su reacción: “La política no se hace con tuits. Lo único que cuenta es el comunicado del ministro de Asuntos Exteriores”. Un comunicado que dijo haber “avalado” (Le Monde, 10 de enero de 2026).

Aureolado de tamaña preeminencia por el propio jefe del Estado francés, Jean-Noël Barrot, el ministro de Asuntos Exteriores, no tardó en dilapidar ese capital. El pasado 11 de febrero, y basándose en afirmaciones sobre unas palabras de Francesca Albanese tergiversadas por la influencer proisraelí —y, dicho sea de paso, diputada macronista— Caroline Yadan, Barrot vilipendió “sin la menor reserva las palabras descomedidas y culpables” de la relatora especial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para los territorios palestinos. “Albanese ha señalado a Israel como enemigo común de la humanidad”, había alegado Yadan. Ahora bien, la declaración original en modo alguno incriminaba a Israel, sino a la “mayor parte del mundo” que arma a este país, así como a la “mayoría de los medios de comunicación que amplifican” el relato de sus dirigentes. Sin tomarse siquiera la molestia de verificar sus declaraciones, el ministro francés sostuvo ante los diputados que Albanese era “una activista política que agita discursos de odio” y que “traiciona el espíritu” de las Naciones Unidas. “Sus provocaciones solo pueden concitar una respuesta: su dimisión”. Una dimisión que Francia preveía solicitar el 23 de febrero, durante una sesión del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

La pandilla de troles neoconservadores (Jean Quatremer, Sophia Aram, Bernard-Henri Lévy…) no tardó en ponerse firme y recitar en bucle y en todos los soportes la misma media docena de noticias falsas y citas truncadas con el fin de desacreditar a la relatora especial de la ONU.

Por desgracia para Barrot, sus vituperaciones apenas le brindaron consuelo. 24 horas después de haber dado curso a las conminaciones de Yadan —lo que vale por decir: del Gobierno israelí—, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores tuvo que admitir, un tanto acogotado, que las acusaciones de la diputada contra Albanese se fundaban en una “frase falsa”. En unos cuantos días, el crédito del ministro francés se fue a pique. Eminentes profesores de derecho le acusaron de “debilitar los mecanismos de la ONU” (Le Monde, 18 de febrero de 2026). La asociación francesa Juristas por el Respeto del Derecho Internacional (JURDI) presentó una denuncia ante el fiscal de la República de París por difusión de noticias falsas. Por voz de su presidenta, Amnistía Internacional invitó a Barrot a “presentar sus disculpas públicamente y retractarse de toda solicitud de dimisión de Francesca Albanese” (13 de febrero). Y en una carta abierta (18 de febrero), muchos antiguos embajadores y diplomáticos expresaron su apoyo al mandato de la relatora, denunciaron la “desinformación” francesa y sugirieron al ministro que rectificase.

¿Aún puede hacer tal cosa? Alumno aventajado de un macronismo a la deriva, el jefe de la diplomacia francesa encadena acrobáticamente los “por otro lado” hasta el punto de no saber ya lo que defiende: primero celebra los derechos humanos y luego (a finales del pasado enero) almuerza con Peter Thiel, ideólogo del tecnofascismo estadounidense, a quien felicita por su contribución al desarrollo de Palantir, una empresa al mismo tiempo colaboradora del Gobierno israelí (“orgullosa de apoyar sus misiones de seguridad nacional”) y especializada en la vigilancia de masas. También criticó las aspiraciones de Trump sobre Groenlandia en nombre del derecho internacional, pero en junio del año pasado se había negado a condenar los bombardeos estadounidenses sobre Irán… a la vez que reconocía que no estaban “conformes con la legalidad”.

Una legalidad a la que Barrot se siente, eso sí, de lo más apegado en el caso de Ucrania. Hace un año, después de que Trump reanudara el diálogo en la cumbre con Moscú, se le preguntó al ministro francés sobre cuál sería su reacción si su homólogo ruso lo llamara. Barrot contestó que se negaría a hablar con él, a menos que Serguéi Lavrov deseara transmitirle la capitulación de su país: “Si es para anunciarme que al final Rusia está de acuerdo con que Ucrania entre en la OTAN, entonces contestaría al teléfono” (1). Y así, a fuerza de confundir diplomacia y fanfarronería, Francia, que ya carece del menor peso en parte alguna, se dedica a ver pasar los trenes.

De todos modos, en el caso de Oriente Próximo, los errores no son del todo imputables a la falta de sangre fría y profesionalismo de Barrot, ya que París está multiplicando sus muestras de armonía con Tel Aviv, acaso para lograr que Benjamín Netanyahu se olvide del reconocimiento de Palestina por parte de Francia, por más que este no haya tenido la menor consecuencia práctica. El 15 de febrero, Macron invitó al palacio del Elíseo a Frédéric Haziza, un periodista ardientemente proisraelí, para susurrarle que el partido Francia Insumisa se oponía a “algunos principios fundamentales de la República”, en especial “en lo referente al antisemitismo”. Una acusación sin fundamento, a menos que admitamos que calificar de genocidio las acciones de Israel en Gaza baste para justificarla.

Cuatro días después, el primer ministro Sébastien Lecornu cerraba a bombo y platillo una semana llena de regalos para el Gobierno de ultraderecha israelí al confirmar que se iba a solicitar oficialmente la dimisión de Albanese, además de negarse a que la guerra en Gaza fuera calificada de genocidio e incluir en el orden del día del Parlamento para abril un proyecto de ley que equipara “antisionismo” y antisemitismo. Barrot podrá confirmar la probidad intelectual de la diputada que ha inspirado este texto, ya que no es otra que Caroline Yadan.

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(1) Entrevista concedida a LCI, 16 de febrero de 2025.

Pierre Rimbert y Serge Halimi

Serge Halimi es Consejero editorial del director de la publicación. Director de Le Monde diplomatique entre 2008 y 2023.