Para el viajero extranjero que no ha pisado China en los últimos veinticinco años, el impacto es considerable. La estación del tren de alta velocidad (TAV) del aeropuerto más antiguo de Shanghái, Shanghái-Hongqiao, parece una tercera terminal. Gigantesca, accesible únicamente a los viajeros que disponen de billete, moderna, cómoda, provista de comercios variados y restaurantes económicos, es el arquetipo de la estación china de TAV. Todo hace pensar en una terminal de aeropuerto: la disposición de los asientos de espera, las puertas de embarque que conducen a los andenes, el panel de información coronado por un reloj de marca suiza… Impresiona la calidad del diseño de los espacios, de la señalética informativa y de los recorridos.
El “gran salto adelante” tecnológico del ferrocarril chino es innegable: en 1997 hacían falta casi dos horas para recorrer los 85 kilómetros que separan Shanghái de Suzhou. La velocidad media de los trenes chinos era (...)



