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La monetización de nuestros actos digitales

Resistir a la uberización del mundo

• 10 de julio de 2022

La filtración de 124.000 archivos internos de la compañía Uber pone luz sobre las prácticas de esta compañía “tecnológica”. Estos registros, los Uber Files, fueron obtenidos por el periódico The Guardian y compartidos con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y su red de medios asociados, entre ellos Le Monde, y muestran cómo Uber obtuvo acceso directo a varios líderes mundiales, engañó a investigadores y explotó los ataques contra sus choferes en la batalla por el dominio global y la desregulación del sector del transporte público. Uber ordenó espiar a taxistas, maniobró para usar en su favor las protestas de los trabajadores de este sector, explotó la rivalidad institucional entre Madrid y Barcelona… Los documentos ahora públicos, revelan la relación privilegiada de la multinacional con el actual presidente francés Emmanuel Macron cuando este ocupaba la cartera de Economía. En efecto, Macron, un defensor a ultranza de la “start-up nation”, maniobró en la sombra para favorecer a Uber ante la hostilidad del Gobierno francés de la época. En concreto, este se reunió en secreto con representantes de la multinacional estadounidense para apoyar su proyecto y pactó una flexibilización de las normativas francesas tras acordarlas por SMS con el consejero delegado de la compañía y se mostró casi como un colaborador. Todo ello mientras los trabajadores del sector del taxi, quienes veían peligrar sus empleos, se movilizaban en las calles y denunciaban el modelo de trabajo precarizado que representan plataformas del tipo Uber. Lo cierto es que el éxito de muchos de los gigantes de Silicon Valley ha venido acompañado de una ola de desregulaciones. Evgeny Morozov se preguntaba en nuestro número de septiembre de 2015: ¿Y si los dirigentes políticos volvieran a hacerse cargo de este asunto?


La sociedad Uber, al transformar a particulares que tienen un vehículo en “taxistas” ocasionales sin estatuto, no sólo ha provocado la ira de los taxistas profesionales: actualmente, su nombre simboliza el vínculo entre nuevas tecnologías y precarización. En efecto, el éxito de gigantes de Silicon Valley viene acompañado de una ola de desregulaciones. ¿Y si los dirigentes políticos volvieran a hacerse cargo de este asunto?
por Evgeny Morozov, septiembre de 2015

Hace cerca de diez años que somos rehenes de dos cambios radicales. El primero es producto de Wall Street; el segundo, de Silicon Valley. Ambos se complementan a las mil maravillas en el número del policía malo y el policía bueno: Wall Street predica la penuria y la austeridad, mientras que Silicon Valley exalta la abundancia y la innovación.

Primer cambio radical: la crisis financiera mundial, que conllevó un rescate del sistema bancario, transformó el Estado social en un campo en ruinas. El sector público, última muralla contra el avance de la ideología neoliberal, ha quedado mutilado, incluso totalmente aniquilado. Los servicios públicos, que han sobrevivido a los recortes presupuestarios, han tenido que aumentar sus tarifas o se han visto obligados a poner en marcha nuevas tácticas de supervivencia. Así, algunas instituciones culturales, a falta de algo mejor, han tenido que apelar a la generosidad de los particulares recurriendo a la financiación participativa: ya que las subvenciones públicas habían desaparecido, no tenían otra elección más que el populismo de mercado o la muerte.

El segundo cambio radical, por el contrario, está bastante bien visto. En este caso, en el que se trata de digitalizarlo y conectarlo todo a Internet –fenómeno perfectamente normal si se cree a los inversores capitalistas–, las instituciones deben escoger entre la innovación o la muerte. Silicon Valley nos garantiza que la magia de la tecnología va a colarse de forma muy natural hasta llegar al más ínfimo rincón de nuestra vida. De ser así, oponerse a la innovación equivaldría a renunciar a los ideales de la Ilustración: los dirigentes de Google y de Facebook, Larry Page y Mark Zuckerberg serían los Diderot y los Voltaire de nuestra época, reencarnados en empresarios tecnófilos y asociales.

Sin embargo, se ha producido algo extraño: hemos llegado a creer que el segundo cambio radical no tenía nada que ver con el primero. Así se pudo hablar del auge de los cursos en línea (los MOOC: Massive Open Online Courses) sin mencionar las reducciones presupuestarias que, al mismo tiempo, afectaban a las universidades. ¡No, la fiebre de los MOOC no era más que la consecuencia natural de la innovación prometida por Silicon Valley! Los hackers, convertidos en empresarios, se empeñaron en “cambiar” la universidad como antes habían convulsionado los campos de la música y del periodismo. De la misma manera, se hace como si no existiera ningún vínculo entre, por un lado, la multiplicación de las aplicaciones concebidas para estar al corriente de nuestro estado de salud y, por el otro, los problemas que una población que va envejeciendo –que ya padece obesidad y otras enfermedades– plantea a un sistema sanitario debilitado: no, este último solamente está atravesando su “momento Napster” (1). Abundan los ejemplos de este tipo, que muestran que el exaltador relato de la transformación tecnológica ha eclipsado al de la transformación política y económica –mucho más deprimente.

Ahora bien, hay que subrayar que estos dos fenómenos están entrelazados y que el telón de fondo del evangelio de la innovación apenas reluce. El ejemplo lo tenemos en Barcelona: como muchas instituciones culturales españolas, un café-teatro, el Teatreneu (2), estaba experimentando un descenso de público desde que el Gobierno, buscando desesperadamente cubrir sus necesidades de financiación, había decidido aumentar el impuesto sobre las ventas de entradas del 8% al 21%. Los administradores del Teatreneu encontraron entonces una ingeniosa solución: haciendo una asociación con la agencia de publicidad Cyranos McCann, equiparon el respaldo de cada sillón con tablets a la última moda capaces de analizar las expresiones faciales. Con este nuevo modelo, los espectadores pueden entrar gratuitamente pero deben pagar 30 céntimos por cada risa reconocida por la tablet, fijando la tarifa máxima en 24 euros (o sea, 80 risas) por espectáculo. Al mismo tiempo, el precio medio de la entrada ha aumentado 6 euros. Una aplicación para teléfonos móviles facilita el pago. Además, es posible compartir con sus amigos selfies de uno mismo riéndose a carcajadas. El camino de la diversión hacia lo viral nunca fue tan corto.

Desde el punto de vista de Silicon Valley, aquí tenemos un ejemplo perfecto de buen “cambio radical”: la proliferación de sensores inteligentes conectados a Internet crea nuevos modelos de empresas y nuevas fuentes de ingresos. Además, genera numerosos usos entre los intermediarios, fabricantes de materiales o creadores de software. Nunca fue tan sencillo comprar servicios y productos: nuestros smartphones se encargan de hacerlo por nosotros. Pronto, nuestros documentos de identidad podrán hacer lo mismo: MasterCard ya ha firmado un acuerdo con el Gobierno nigeriano para crear un documento de identidad que también funciona como tarjeta de crédito.

Para Silicon Valley, aquí sólo se ve una renovación tecnológica. Se trata de “transformar” el modo de pago. Aunque esta explicación puede satisfacer, hasta atraer, a empresarios y a gente que quiera arriesgar capitales, ¿por qué debería aceptarla todo el mundo sin discusión? Hay que estar totalmente cegado por el amor a la innovación –la verdadera religión de nuestra época– para no ver su verdadero precio: el hecho de que, por lo menos en Barcelona, el arte se ha vuelto más caro. Este cuadro tecnocéntrico, al disimular la existencia del cambio radical financiero, oculta la naturaleza y las razones de las transformaciones en curso. Alegrémonos de que podemos comprar más y con más facilidad. Pero ¿acaso no debemos preocuparnos de que, gracias a esta misma infraestructura, también es infinitamente más fácil hacer que el saldo de nuestra cuenta bancaria descienda?

Sin lugar a dudas, hay bastante dinero que se puede ganar “tranformando” el modo de pago. Pero ¿es realmente deseable? El dinero en efectivo, que no deja huellas, representa una barrera significativa entre el cliente y el mercado. La mayoría de las transacciones efectuadas en papel moneda son únicas, en el sentido de que no están vinculadas unas a otras. Cuando uno paga con su móvil, o cuando nuestro selfie queda guardado para la posteridad, incluso se comparte en una red social, uno deja una huella que los publicitarios y otras empresas pueden explotar.

Por otra parte, no es una coincidencia que una compañía publicitaria esté en el origen del experimento barcelonés: el registro de cada transacción es un buen medio de recuperar datos que servirán para personalizar la publicidad (3), lo que significa que ninguna de nuestras transacciones electrónicas acaba nunca realmente: los datos que estas generan permiten no sólo seguirnos de cerca sino también establecer un vínculo entre actividades que uno tal vez preferiría que permaneciesen separadas. De pronto, se establecen conexiones entre su momento de diversión en un club de monólogos cómicos y los libros que usted ha comprado, los sitios web que ha visitado, los viajes que ha realizado o las calorías que ha quemado. En definitiva, con las nuevas tecnologías, todas sus andanzas se integran en un perfil único que se puede monetizar y optimizar.

Aunque esta gran modificación pasa por la tecnología, sus orígenes se sitúan en otra parte. Favorecida por las crisis políticas y económicas, esta tendrá una profunda incidencia en nuestro modo de vida y en nuestras relaciones sociales. Parece difícil preservar valores como la solidaridad en un entorno tecnológico basado en experiencias personalizadas, individuales y únicas. Silicon Valley no miente: nuestra vida cotidiana, sin duda, ha cambiado de forma radical; pero este gran cambio ha sido operado por fuerzas mucho más imprevisibles que la digitalización o que la conectividad. El fetiche de la innovación no tiene que servir de pretexto para que soportemos el coste de las recientes turbulencias económicas y políticas.

Esto es lo que han comprendido los taxistas enfrentados con el poderoso ascenso de Uber, una empresa que propone a particulares que buscan obtener ingresos adicionales transformar su vehículo en taxi y ponerlos en contacto con clientes. Entre la espada y la pared, los profesionales protestaron. Ya que las autoridades de regulación, desde la India hasta Francia, se enfrentaban con Uber, la sociedad californiana comenzó una operación de seducción. Sus dueños, que fueron muy agresivos e hicieron oídos sordos a las críticas, ahora gritan alto y claro que hay que regular el sector. También parecen haber comprendido por qué su empresa es un blanco fácil: sus prácticas son, simplemente, demasiado infames. El invierno pasado, bajo el foco encendido de las críticas, Uber tuvo que renunciar a hacer pagar a los clientes tarifas exorbitantes cuando la demanda aumentaba en horas punta. Pero eso no es todo. En un genial golpe publicitario, también propuso a uno de sus adversarios más intransigentes, la ciudad de Boston, acceder al tesoro que constituyen los datos (anónimos) relativos a los itinerarios, para ayudarlo a limitar los atascos y a mejorar el acondicionamiento urbano. Por supuesto, es pura coincidencia que el Estado de Massachusetts, donde se encuentra Boston, haya reconocido recientemente las plataformas para compartir taxis como un medio de transporte legal, eliminando así uno de los principales obstáculos con los que se enfrentaba Uber…

Uber se inscribe en el marco de las empresas start-up más modestas que hacen que sus datos sean accesibles para los urbanistas y para las municipalidades, estando estas últimas encantadas de afirmar que, con esta información, el acondicionamiento urbano se volverá más empírico, más participativo, más innovador. El año pasado, la empresa de transportes públicos de Oregón firmó un acuerdo con Strava (aplicación para smartphone muy popular que sigue los movimientos de los corredores y de los ciclistas) y pagó una gran suma de dinero para acceder a los datos referentes a los itinerarios tomados por los ciclistas usuarios de la aplicación, con el objeto de mejorar los carriles para bicicletas y para crear trayectos alternativos.

El hecho de que Uber aparezca como un depósito de datos indispensables para los urbanistas está totalmente de acuerdo con la ideología de buscar soluciones del Silicon Valley, que consiste en regular urgentemente mediante la vía digital problemas que no se plantean, o que no lo hacen en esos términos. Ya que las empresas de tecnología han acaparado uno de los recursos actuales más preciados, los datos, han conseguido tener influencia sobre municipalidades tan desprovistas de dinero como de imaginación y pueden erigirse en salvadores benevolentes de los “grises” burócratas que pueblan las administraciones.

El problema es que las ciudades favorables a Uber corren el riesgo de desarrollar una dependencia excesiva de sus flujos de datos. ¿Por qué hay que aceptar que la empresa se convierta en el único intermediario en la materia? En vez de dejar que aspire la totalidad de la información relativa a los desplazamientos, las ciudades deberían tratar de obtener esos datos por sus propios medios. Más tarde podrían autorizar a las empresas a utilizarlos para implantar su servicio. Si Uber se muestra tan eficaz es porque controla la fuente de producción de los datos: nuestros teléfonos le dicen todo cuanto necesita saber para planificar un itinerario. Pero si las ciudades tomaran el control de esos datos, la empresa, que no posee casi ningún activo, no alcanzaría los 40.000 millones de dólares de su valorización actual. Cabe dudar que cueste tanto crear un algoritmo capaz de relacionar la oferta y la demanda… Sin duda bajo la presión de las compañías de taxis, ciudades como Nueva York y Chicago parecen haber comprendido finalmente que había que reaccionar: una y otra intentan lanzar una aplicación centralizada, capaz de enviar taxis tradicionales con la eficacia de Uber. Además de contrarrestar el dominio de esta última, el programa impedirá que los datos referentes a los itinerarios se conviertan en una mercancía cara, que las ciudades deben comprar.

Pero el auténtico desafío reside en saber cómo hacer funcionar esas aplicaciones con otros modos de transporte. La visión de Uber se ve ahora con claridad: usted abre la aplicación en su teléfono y un coche viene a buscarlo. Decir que esto no refleja una imaginación desbordante sería estar fuera de la realidad. Este avance funciona en Estados Unidos, donde casi no se camina y donde los transportes públicos son, la mayoría de las veces, inexistentes. Pero ¿por qué debería ser implantado ese modelo en el resto del mundo? El hecho de que andar no reporte nada a Uber no significa que haya que excluir esa forma de transporte. La crítica del “solucionismo” se aplica aquí a la perfección: no sólo éste da una definición demasiado estrecha de los problemas sociales sino que, por lo general, lo hace en términos que benefician, ante todo, a los creadores de la “solución”.

Imagíne que la aplicación desarrollada por su municipalidad pueda informarle de todas las posibilidades de transporte de las que dispone (excluyendo Uber): usted podría coger la bicicleta que lo espera en la esquina, subir a un minibús cuyo itinerario estuviera adaptado a su destino y al de los otros pasajeros, y luego caminar el resto del trayecto para disfrutar de los encantos del mercado del barrio. Algunas ciudades ya han creado proyectos semejantes. Helsinki, en colaboración con la start-up Ajelo, ha creado Kutsuplus, un intrigante cruce de Uber y de un sistema de transporte público tradicional. Los pasajeros solicitan un autobús a través de su teléfono y la aplicación calcula la mejor forma de llevar a su destino a todo el mundo a partir de datos en tiempo real. También da una estimación del tiempo de trayecto, tanto con Kutsuplus como con otros medios de transporte.

El éxito de proyectos como éste depende de varios factores. En primer lugar, las municipalidades no deben considerar a Uber como la única forma para mejorar la eficacia de los transportes públicos, y mucho menos para reducir los embotellamientos (y uno puede estar seguro de que los datos que suministra nunca indicarán que hacen falta menos taxis y más carriles para bicicletas o calles peatonales). Luego, las luchas relativas a los servicios públicos serán ganadas por aquellos que posean los datos y los sensores que los producen. Si se deja todo eso a Uber –o, peor aún, a las gigantes empresas de tecnología que tratan de acaparar una parte del jugoso mercado de las “ciudades inteligentes”–, uno se priva de experimentos que permitirían que las colectividades organizasen sus transportes como lo deseen.

La asociación entre Uber y la ciudad de Boston, además, suscita una cuestión política: ¿es posible autorizar a Uber la “posesión” de los datos de sus clientes, que los utiliza como una ventaja a su favor en sus negociaciones con las municipalidades o que quiere, simplemente, venderlos al mejor postor? Uber, sin haber realmente formulado la pregunta a nadie, dio una respuesta afirmativa. Como Google y Facebook lo hicieron anteriormente.

No obstante, la realidad tiene más matices, sobre todo porque los sensores integrados en las infraestructuras públicas pueden reproducir esos datos con bastante facilidad. Imaginen lo que sería capaz de hacer una red que combine lectores automáticos de matrículas, de carreteras y de semáforos inteligentes: podría localizar y seguir a los vehículos Uber exactamente como lo hacen los smartphones de sus conductores y pasajeros. No se trata de predicar un refuerzo de la vigilancia sino, simplemente, de subrayar que Uber pretende ser propietario de datos que no le pertenecen.

No porque Uber venga de California –región conocida por la escasa calidad de sus transportes públicos– uno debe creer que los vehículos individuales con motor son el futuro del transporte. Desgraciadamente es lo que podría ocurrir debido al descenso de las inversiones en las infraestructuras públicas. Pero entonces, la solución sería restablecerlas y, para eso, hay que combatir las políticas de recortes presupuestarios.

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(1) Nombre del sitio de distribución de archivos musicales cuyo éxito, a comienzos de los años 2000, sembró el pánico en la industria discográfica.

(2) Desde hace 20 años, en el popular barrio de Gràcia de Barcelona existe este espacio que, tras 13 años de una programación convencional, inició un cambio radical convirtiéndose en un nuevo teatro multisalas con una multiprogramación en la que el público determina la duración de los montajes.

(3) Véase Marie Bénilde, “La persecución metódica del internauta revoluciona la publicidad”, Le Monde diplomatique en español, noviembre de 2013.

Evgeny Morozov

Fundador y editor del portal de Internet The Syllabus (https://the-syllabus.com). Autor de La locura del solucionismo tecnológico, Katz-Clave intelectual, 2015.