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“Ese monstruo anónimo, el hombre de la calle”

Mientras el populismo de derechas que encarna Donald Trump se ha hecho con el poder en Estados Unidos, una ola de desprecio hacia las clases populares, que habrían votado equivocadamente, crece entre los demócratas. Militantes desmoralizados por su debacle en las elecciones presidenciales de 2016 curan sus heridas acunándose en la ilusión de su superioridad. Sin saberlo, reavivan de ese modo una idea antigua.

por Angela Nagle, abril de 2017

El populismo trasciende las divisiones ideológicas tradicionales. Mientras el nacionalismo antiinmigración de Donald Trump asaltaba el Partido Republicano y la Casa Blanca, en la izquierda, Bernie Sanders movilizaba a los trabajadores con remedios inspirados en el Partido del Pueblo (People’s Party), que emergió a finales del siglo XIX como reacción al influjo de los bancos y de los industriales: nacionalización de la educación superior y del acceso a la sanidad, pero también terminar con las desigualdades fiscales.

Al otro lado del Atlántico, la votación del brexit, impulsada por el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP por sus siglas en inglés), un movimiento de derechas nacionalista hostil a la globalización, tenía lugar en el momento en que Jeremy Corbyn rechazaba la ortodoxia neoliberal del New Labour, que reconcome a la izquierda británica desde la época de Anthony Blair.

Se habría podido pensar que las fuerzas demócratas, despechadas por su debacle, adoptarían un populismo económico de izquierdas para luchar contra el populismo de derechas, agresivo y xenófobo. No ha resultado ser así. Determinados progresistas manifiestan, por contra, una alergia en aumento a la gente corriente. William “Bill” Maher, editorialista de la cadena HBO, es un buen ejemplo de ello: antes de las elecciones, en una entrevista con la portavoz de Donald Trump, Kellyanne Conway, declaraba como si nada que el magnate inmobiliario se ganaba el apoyo del pueblo porque “la gente es idiota”. Tono idéntico en la revista Foreign Policy, que publicaba en junio de 2016 un artículo de elocuente título: “Ya es hora de que las elites se levanten contra las masas ignorantes”.

Estas ásperas quejas cuentan con el mérito de la honestidad, pero no con el de la originalidad. Durante mucho tiempo, la derecha tendió tanto como la izquierda actual hacia una hosca misantropía. Antes de que los partidarios de Trump adoptaran la retórica populista del hombre corriente, de un modo que a veces recuerda las arengas de los sindicalistas que han combatido durante décadas, sus eslóganes eran a menudo abiertamente elitistas. El periodista Milo Yiannopoulos, cuando todavía no era adalid de Trump ni estaba abonado al papel mediático de homosexual de derechas, posaba de forma voluntaria con una camiseta que rezaba “Dejad de ser pobres” (“Stop being poor”).

Un desprecio generalizado

Ann Coulter, infatigable provocadora de derechas y actualmente al compás de la nueva línea conservadora, ha estado durante mucho tiempo inmersa en la especie de pánico moral que ha caracterizado a su clase desde el surgimiento de la modernidad: miedo a las masas humanas, supuestamente fáciles de impresionar, emocionalmente inestables y que se reproducen en exceso. En su libro Demonic (1), que plantea “cómo la mafia progresista pone en peligro a Estados Unidos”, ensalza los trabajos de Gustave Le Blon (1841-1931). La influencia de este ensayista francés, autor en 1895 de Psicología de las masas, fue tal que suscitó la admiración de Adolf Hitler y ha sido desde entonces un referente para misántropos y eugenistas. Todo el discurso antiinmigración, que recientemente ha conducido a la decisión de Trump de construir un muro en la frontera mexicana, se inscribe en esta tradición de miedo a las masas hormigueantes y a las clases populares, tanto extranjeras como autóctonas. En el seno de las sociedades occidentales, esta desconfianza ha situado en su punto de mira, en primer lugar, a los obreros blancos, antes de encontrar un nuevo objetivo en las minorías étnicas de reciente arribo.

En ambos casos, la retórica es de una coherencia perfecta: “Son demasiado numerosos. Tienen demasiados hijos. Van a consumir nuestros limitados recursos. No hay sitio suficiente. Van a destruir y degradar nuestra cultura”. Pero lo que choca en el nuevo orden político es el carácter intercambiable de estas opiniones: si Hillary Clinton hubiera ganado las elecciones presidenciales estadounidenses o si los británicos hubieran rechazado el brexit, probablemente se observaría una mayor apetencia del pueblo por parte de los socialdemócratas y más misantropía a la derecha del tablero político.

Ésta no se encuentra, por lo demás, ausente. La subcultura supremacista blanca que el movimiento de la “derecha alternativa” (alt-right) propaga por Internet alimenta el rechazo hacia las masas: cualquiera que no conserve en su edad adulta esa pulsión adolescente por distinguirse de las corrientes dominantes de la sociedad es calificado como normie (deformación de “normal”) o “petarda” (basic bitch), como si el separatismo blanco fuera un oscuro género punk. La misma hostilidad impregna los escritos y la retórica de la derecha nacionalista que causa estragos en Internet. Cuanto más se observa la movilización de las fuerzas reaccionarias en pro del Presidente multimillonario, más se evidencia el oportunismo de su viraje populista.

El objetivo de esta desconfianza hacia el pueblo se ha ido desplazando a lo largo del tiempo. En Europa occidental, a finales del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX, a la intelligentsia le horrorizaban los medios de comunicación, que hoy elevan a los altares a los comentaristas elitistas. En los años 1930, el crítico literario británico Frank Raymond Leavis inició así una campaña contra “el cine, los periódicos, la publicidad bajo todas sus formas” y alertó contra la alfabetización y las nuevas tecnologías, responsables, según él, de una “crisis cultural” sin precedentes en la historia.

Como ha señalado el profesor de Literatura John Carey (2), el ensayista y poeta británico-estadounidense Thomas Stearns Eliot describía a los lectores de periódicos como una “masa complaciente, llena de prejuicios y desprovista de juicio”. El escritor inglés David Herbert Lawrence proponía arrancar el mal de raíz: “Cerremos todas las escuelas, [puesto que] la inmensa masa humana no debería aprender nunca a leer y escribir”. Y Adolf Huxley añadía: “La educación universal ha creado una inmensa clase de lo que yo llamaría los Nuevos Imbéciles”. Charles Baudelaire, por su parte, condenaba la fotografía, un “sacrilegio” que permite a “la inmunda sociedad” “contemplar su trivial imagen”. Podemos imaginar el horror que le inspiraría la moda de los selfies

Peor todavía era, según John Carey, el miedo al crecimiento demográfico. Entre 1800 y 1914, la población europea pasó de 180 a 460 millones de personas, haciendo surgir a ojos de la intelligentsia el fantasma de una degradación cultural. El novelista Herbert George Wells describía una “extravagante multitud de nuevos nacimientos”, que calificaba como el “mayor desastre del siglo XIX”. En su apogeo, esta inquietud nutrirá las políticas protofascistas, los proyectos de eugenesia y de genocidio.

Solo podemos quedar consternados al descubrir como tantos gigantes de la literatura consideraban a la mayoría de la gente como subhumanos. “Creo –escribía Flaubert– que la multitud, la muchedumbre, el rebaño será siempre detestable”. Ezra Pound, que se convertirá más tarde en partidario del fascismo, consideraba a la humanidad un “montón de idiotas”. Virginia Woolf se quejaba de “ese monstruo anónimo, el Hombre de la Calle”. Para gran desesperación suya, la sociedad no es más que una “gelatina de materia humana, vasta, blanda y casi informe que temblequea de vez en cuando de un lado a otro al vaivén de los instintos del odio, la venganza o la admiración que la mueven”.

Hoy, todo el mundo considera estas peroratas como el colmo del elitismo. Sin embargo, la cultura de masas ha asimilado muchos de esos fantasmas. Estos mismos medios de comunicación ayer sospechosos de abrir el camino a la tiranía de la muchedumbre no han tardado en vehicular el odio de las masas hacia sí mismas. Los años 1990 marcan a este respecto un punto de inflexión: el desprecio por la humanidad adquiere un aire desengañado y se vuelve tendencia, transformando una actitud de la contracultura en rasgo dominante.

Se ve entonces al célebre humorista estadounidense Bill Hicks ironizar, con muchos efectos sonoros, sobre el “milagro del nacimiento” en espectáculos donde el amor por la humanidad choca con la conciencia de clase: “No es un milagro si cada nueve meses cualquier yin-yang en el mundo puede poner una criatura llorona más sobre nuestro planeta. Por si no habéis visto estadísticas recientes sobre madres solteras, el milagro se extiende como un reguero de pólvora. ¡Aleluya! En el mundo entero, los parques de caravanas (3) se llenan de pequeños milagros. (…) ¿Sabéis lo que sería verdaderamente milagroso? Que pueda acordarme del nombre de tu padre, maldita sea. ¡Plof! Creo que voy a tener que llamarte Camionero Junior. ¡Plof! Te presento a tu hermano, Repartidor de Pizzas Junior. Aquí tienes a tu otro hermano, Exterminador de Cucarachas Junior. Y aquí otro más, el Hombre Multiusos Junior”. Treinta años más tarde, rencontramos este estilo en los nuevos foros de la extrema derecha, con su odio al cuerpo femenino que engendra vida, ya sea negro, hispano, o blanco y pobre.

En 1996, Tool, un grupo de heavy metal apreciado por los intelectuales y próximo a Bill Hicks, publicaba su álbum Ænima, cuyo principal tema, en una versión laica del diluvio bíblico, compara la composición humana de Los Ángeles con el contenido de retretes que deberían ser limpiados: “Aquí está ese putrefacto agujero que llamamos L. A.–grita el cantante Maynard James Keenan–; la única solución es tirar de la cadena”. Una retahíla de artistas grunge y metal retomarán este estribillo, entre ellos Slipknot. El grupo publicó en 2001 un tema que destacaba por su concisión: People= Shit (“La gente es mierda”). El estilo misántropo de los años 1990 encuentra también resonancias en el otro campo de la guerra cultural, entre los apocalípticos predicadores del odio, como el pastor Fred Phelps, fallecido en 2014. Phelps preconizaba la aceptación del muy merecido fin que Dios preparaba a las superficiales, bulliciosas, terrenales e intolerablemente carnales masas estadounidenses.

Fue también un pastor cristiano, Thomas Malthus, quien escribió en 1798 el célebre Ensayo sobre el principio de población, dotando al miedo a la natalidad incontrolada de una legitimidad moral y filosófica. Con ello, proveía también de aval científico al cruel tratamiento infligido en los hospicios y orfanatos durante la revolución industrial, más tarde a la progresión del darwinismo social y de la eugenesia de la Europa imperialista.

“Miedo a la multitud”

Al igual que la misantropía, las ideas maltusianas volvieron a ganar popularidad en los círculos de la izquierda en los años 1990. Ya habían reaparecido algunas décadas antes en la contracultura ecologista de posguerra. Con dos millones de ejemplares vendidos, la obra neomaltusiana La explosión demográfica (The population Bomb), escrita por el biólogo Paul Ralph Ehrlich en 1968, hacía de la sobrepoblación un problema medioambiental importante. Ehrlich preconizaba “el desarrollo de agentes de esterilización en masa”. Su “toma de conciencia respecto de la sobrepoblación”, escribía, se remontaba a “una calurosa y nauseabunda noche en Delhi, en la que la gente mendigaba extendiendo la mano a través de la ventana del taxi. La gente defecaba y orinaba. La gente se aferraba al bus. La gente criaba animales. Gente, gente y todavía más gente”. Se había apresurado a volver a su hotel porque tenía “miedo a la multitud”.

Murray Bookchin, uno de los grandes defensores de la izquierda moderna, pero también uno de sus mayores críticos (4), percibía en los años 1990 “un profundo malestar cultural que refleja la pérdida de confianza en las capacidades creadoras de nuestra especie”. Reprochaba a los sedicentes progresistas la promoción de una especie de “higiene espiritual” en la frontera de la eugenesia con el fin de ralentizar el consumo desenfrenado de los recursos.

Los viejos conservadores apegados a la cultura preconizaban el decoro, las buenas costumbres, la preservación de las grandes instituciones y tradiciones. Este proyecto reposaba implícitamente en la fe en la dignidad y en la perfectibilidad humanas. La moderna intelligentsia misántropa se esforzaba en proteger a la alta cultura de las fuerzas corrosivas de la masificación: esto demostraba, al menos, cierta devoción por la excelencia de las creaciones artísticas de la humanidad.

Pero, actualmente, ¿qué tienen que ofrecer estos partidarios de Clinton que tratan a la gente de imbécil? Y esos nihilistas misántropos de derechas que desprecian a los normies, ¿qué tienen que ofrecer, más allá de una visión fatalista y desprovista de futuro, dictada por el determinismo biológico?

En lugar de inspirarse en las grandes movilizaciones populares y humanistas del pasado, como el movimiento por los derechos civiles o los movimientos sindicales, algunos de los críticos más ruidosos de Trump se inscriben en la tradición elitista del miedo y del desprecio. Lo que debemos enfrentar hoy no es tanto un populismo desenfrenado como un debate confuso sobre lo que el populismo representa y sobre las aspiraciones que las clases populares pueden albergar.

P.-S.

Una versión de este artículo apareció en la revista estadounidense The Baffler, en marzo de 2017.

(1) Ann Coulter, Demonic: How the Liberal Mob Is Endangering America, Crown, Nueva York, 2011.

(2) John Carey, Los intelectuales y las masas: orgullo y prejuicio en la intelectualidad literaria, 1880-1939, Siglo XXI, Madrid, 2009.

(3) Donde generalmente residen las poblaciones pobres. Véase Benoît Bréville, “La pequeña familia de las ‘mobile homes’”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2016.

(4) Véase Benjamin Fernandez, “Murray Bookchin, ecología o barbarie”, Le Monde diplomatique en español, julio de 2016.

Angela Nagle

Periodista.