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El renacer de los desiertos daneses

La especialización de las economías nacionales conlleva el declive de numerosos territorios periféricos: es el caso de Dinamarca y el de sus países vecinos. Sin embargo, las amenazas que pesan sobre la cohesión social han conducido a una réplica contra la concentración del poder en los grandes centros urbanos y a una recuperación de la democracia local, favoreciendo las cooperativas innovadoras.

por Nicolas Escach, abril de 2017

“Vejby era una comunidad dinámica del norte de Jutlandia. La localidad contaba con tres tiendas de ultramarinos, un grupo de artesanos y varias granjas. La fiesta estival reunía cada año a 150 visitantes durante tres días. Reducida a media jornada, ésta ya apenas atrae a unas treinta personas. El Gobierno ha suprimido las paradas de autobús regionales y los alumnos van actualmente a una escuela situada a varios kilómetros”. Thessa Jensen, profesora asociada en la Universidad de Aalborg, y su hermana Ilka Müller, ingeniera, han visto cómo su pueblo se ha ido despoblando durante los últimos quince años, a imagen y semejanza de muchos otros. Desde principios de los años 1990 ha aumentado la diferencia entre regiones urbanas cada vez más pobladas, Copenhague y Aarhus a la cabeza, y periferias en vías de relegación. En 2014, la región metropolitana de la capital producía el 41% de la riqueza nacional, mientras que en la Dinamarca de las periferias, al oeste y al sur, hay una caída y envejecimiento rápido de la población. En esos territorios que forman una especie de cruasán –llamados comúnmente “el plátano podrido” (rådne banan)–, los jóvenes se van, las fábricas y las tiendas cierran, las explotaciones agrícolas no se recuperan y los servicios públicos se marchitan.

La expresión “Dinamarca periférica” (udkantsdanmark) nació en 1992 de la pluma del periodista Ulrik Høy en el semanario Weekendavisen. Entonces evocaba el carácter pintoresco de las regiones más aisladas del país, sin ninguna connotación peyorativa. En esa época, el reino luchaba contra el declive económico de sus islas más pequeñas y medía los efectos del cuestionamiento del Estado de bienestar y, a la vez, de las políticas implementadas por los conservadores, en el poder de 1982 a 1993. Tras la crisis económica de 2008, las expresiones “plátano podrido” o “Dinamarca periférica” reaparecieron y se instalaron de forma duradera en los medios de comunicación. La literatura y el cine también se apoderaron de este tema, sobre todo con Los casos del departamento Q, una serie de tres adaptaciones cinematográficas de las novelas de Jussi Adler-Olsen. La pobreza, más bien confinada hasta ahora en los municipios más alejados de la capital, comienza actualmente “en la salida de Copenhague”, tal y como lo recuerda Jon Sundbo, profesor de Economía en la Universidad de Roskilde.

¿Quién habría podido imaginar tantas disparidades en ese pequeño país de 5,7 millones de habitantes? Ese desarrollo a dos velocidades marca una ruptura en la historia contemporánea de Dinamarca, que ha remodelado su cohesión nacional en torno a valores basados en la cooperación. El país, después de haber dominado durante mucho tiempo el mundo escandinavo, entró en la era moderna enfrentándose al desafío de un territorio reducido a la península de Jutlandia y a las islas del Báltico. Tras la pérdida de los ducados de Schleswig y de Holstein con el Tratado de Viena (1), en 1864, el pastor luterano Nikolai Frederik Severin Grundtvig fundó las altas escuelas populares para unir a los agricultores daneses en torno a su historia nacional. El amplio movimiento de cooperativas que vino después permitió la constitución de un sector agrícola particularmente competitivo. Jutlandia conserva de esta época una importante cultura basada en el espíritu empresarial y en la ayuda mutua.

A pesar de que los sucesivos primeros ministros, principalmente liberales desde 2001, han defendido con regularidad las periferias en sus discursos, las múltiples iniciativas que tenían como objetivo favorecer las soluciones locales chocaron con la voluntad de reducir el gasto público a través de la “racionalización” de los costes. Un ejemplo de una iniciativa ambivalente: la reforma administrativa del 1 de enero de 2007. El Estado redujo el número de municipios de 271 a 98; el de amter (regiones), de 14 a 5. Se ampliaron las competencias de los Ayuntamientos en materia de sanidad, empleo, transporte, medio ambiente y varios servicios sociales. La reforma también tenía como objetivo simplificar los trámites mediante la unión de los servicios públicos en un único lugar con la construcción de nuevos y flamantes edificios administrativos en el corazón geográfico de las nuevas entidades administrativas. No obstante, numerosos daneses denuncian un alejamiento de los centros de toma de decisiones y una convergencia insuficiente entre municipios ricos y pobres.

El sector privado entra en acción

Esta política de descentralización llegó acompañada de una desconcentración de los recursos del Estado mediante la transferencia, en varias olas, de empleos públicos y de ministerios de la región metropolitana de Copenhague hacia las provincias. Así, en octubre de 2015 se decidió la deslocalización de 3.900 puestos, es decir, el 10% de los empleos gubernamentales de la región-capital, en beneficio de 38 localidades. Pero, un año más tarde, sólo se había realizado una tercera parte de los traslados y, sobre un mapa, dichos traslados dejan a un lado los municipios con más dificultades. Algunos funcionarios rechazaron trasladarse a determinados destinos. Estos conflictos no sorprenden a Thessa Jensen: “La falta de atención por parte de los medios de comunicación y del Gobierno es proporcional a los kilómetros que nos separan de Copenhague. Los representantes electos sólo se preocupan por nosotros para trasladar de vez en cuando alguna administración pública, lo que viene a ser una medida simbólica”.

En el litoral de Jutlandia y en las islas que no se beneficiaron de la llegada de empleos públicos, el Estado se limitó a asegurar la continuidad territorial imponiendo tarifas ventajosas para las lanzaderas marítimas, con lo que probablemente esperaban atraer a población y actividades productivas... De manera más reciente, la actuación política parece orientarse hacia una estrategia que apuesta por el turismo. Así, el Gobierno eligió diez proyectos costeros que asociaban parques de atracciones, puertos deportivos, zonas de actividad y centros de interpretación de la naturaleza. Por ejemplo, una parte de los residenciales del futuro Aquapark de la isla de Møn se construirán en el emplazamiento de una antigua fábrica azucarera. Incluso se realizarán algunas infraestructuras de interés nacional a costa de derogaciones, ya que, desde 2011, se ha flexibilizado considerablemente la normativa urbanística para 29 municipios donde se han ido abandonando las explotaciones agrícolas, en la franja comprendida entre una distancia de 300 metros y 3 kilómetros con respecto al litoral. En la localidad de Hjørring (Jutlandia Septentrional), por ejemplo, la construcción de un complejo hotelero de 34 habitaciones con una plataforma panorámica verá la luz del día en los terrenos de una reserva natural, lo que ha provocado protestas.

Esta evolución ilustra el análisis del politólogo y economista danés Ove Kaj Pedersen sobre la adaptación del Estado de bienestar danés a la competencia mundial generalizada. En el periodo de la posguerra, los socialdemócratas en el poder defendían un objetivo político inclusivo de bienestar para todos y de continuidad territorial. Los años 1980 y 1990 marcaron un giro liberal. El motor de las reformas defendidas por los conservadores, y más tarde por los liberales, pasó a ser la competitividad de la economía danesa, apostando por los territorios con un gran valor añadido.

Los habitantes de las regiones concernidas, al igual que varios actores privados, no esperaron la actuación del Estado para responder al desafío de la despoblación. Varias empresas danesas de entre las más conocidas en el ámbito internacional implantaron su domicilio social fuera de las grandes ciudades, como Danfoss, cerca de Sønderborg, o Lego, en Billund. Aparecieron especializaciones económicas gracias a agrupaciones de empresas. El antiguo puerto pesquero occidental de Esbjerg experimentó una exitosa reconversión gracias a las energías renovables: parques marítimos, premontaje y exportación de aerogeneradores y de componentes. Con motivo de los flujos migratorios de 2014-2015, algunos jefes de empresa, entre ellos el de Danfoss, hicieron un llamamiento al Gobierno para que tuviera en consideración la necesidad de mano de obra en las zonas periféricas.

Paraísos artificiales

No obstante, la apropiación del desafío por parte del sector privado puede hacer que se tema, aún en la actualidad, cierto carácter selectivo en el tratamiento otorgado a los territorios. En efecto, las iniciativas privadas llegan para solventar las carencias del Estado con parsimonia, sin ofrecer las mismas garantías de igualdad de trato. Prueba de ello es la reapertura de más de una tercera parte de las escuelas públicas cerradas bajo la forma de escuelas privadas alternativas (friskoler), que se benefician de la libertad constitucional de impartir docencia.

Como reacción, una auténtica cultura al margen llega a la población de la Dinamarca periférica. En las redes sociales, los habitantes crean grupos y expresan a través de la autoderisión el orgullo que les inspiran sus territorios. En Facebook se creó una página llamada Lolland-Falster Lovestorm, que reúne a 22.000 seguidores, como reacción a una serie documental televisada que se rodó en esa región y bautizada como “En el culo del mundo de Nakskov”. A lo largo de sus episodios, los daneses seguían el destino, a menudo dramático, de siete familias de la ciudad duramente afectadas por el cierre de los astilleros, con su corolario de violencia cotidiana y de paraísos artificiales, lo contrario a la imagen del país trasladada habitualmente. Asociaciones nacionales como Dinamarca en Equilibrio proponen, por su parte, soluciones concretas para contrarrestar el aplastante peso de las grandes ciudades: generación de crédito local a través de pequeños bancos, descentralización de las universidades y de las escuelas, etc.

A fuerza de inventiva, los territorios en la periferia incluso podrían volverse prometedores para la economía. El diputado socialdemócrata Kaare Dybvad, promotor de una petición contra la centralización, está convencido de ello: “Las regiones en la periferia poseen un potencial de desarrollo más importante de lo que uno pueda imaginar”. Existen muchas ventajas para innovar fuera de las metrópolis, en el sector del turismo, de la agricultura o de las nuevas tecnologías: evitar la congestión de las grandes aglomeraciones, alquileres ventajosos, sinergias estrechas entre las diferentes estructuras, proximidad con la naturaleza, etc.

El 43% de los daneses, preocupado por su bienestar profesional (arbedjdsglaede), recurre al trabajo a distancia, ocupando así el país el primer puesto a este respecto en la Unión Europea. Además, se inauguraron tres centros de trabajo en el norte de Jutlandia en 2013-2014 gracias a proyectos europeos. Estos centros permiten entablar relaciones sociales con otros asalariados que también trabajan a distancia. También ofrecen varios servicios a las empresas, como el uso de videoconferencias y salas de reuniones.

Sin duda, el Estado y las iniciativas locales convergen más fácilmente en el sector de la transición energética. Las competencias ampliadas de los Ayuntamientos, así como leyes que favorecen las iniciativas cooperativas en la producción energética, han permitido el surgimiento de commonities (contracción de commons, “bienes comunes”, y communities, “comunidades”), tal y como las denomina Søren Hermansen (2), galardonado en 2009 con el Premio Göteborg por un Desarrollo Sostenible. Cuando los mataderos de cerdos Danish Crown trasladaron sus actividades de la pequeña isla de Samsø al continente, este ex agricultor y profesor de Ciencias Medioambientales propuso a los productores agrícolas y a los representantes electos que la isla tomara las riendas de su producción energética. En 1997, la localidad de 4.000 habitantes ganó una convocatoria de proyectos realizada por el Gobierno con la finalidad de alcanzar la autosuficiencia energética en diez años sin ayudas financieras estatales. Surgieron centrales térmicas, parques eólicos terrestres o marítimos y paneles solares gracias a una inversión del Ayuntamiento, pero también de la comunidad agrícola y de numerosos ciudadanos. En la actualidad, 450 habitantes, es decir más de uno de cada diez, poseen participaciones en las cooperativas, junto a los agricultores y al Ayuntamiento. Un proyecto que sirve de ejemplo y es alabado por medios de comunicación de todo el mundo.

Aunque el Estado interviene poco directamente, el mantenimiento de la cohesión nacional también se debe en gran medida al elevado nivel de transferencias sociales, ya que Dinamarca sigue siendo el país de Europa con los impuestos y las retenciones obligatorias más elevados. Su tradición descentralizadora y un marco jurídico que facilita las iniciativas cooperativas o asociativas han permitido la emergencia de nuevas sociedades locales autónomas en el centro de las regiones en vías de despoblación. Contribuyen así a un amplio movimiento mediante el cual los habitantes toman las riendas de su destino lejos de las grandes ciudades.

(1) Los ducados fueron ocupados por Prusia y Austria y, más tarde, anexionados por Prusia en 1866. La parte situada al norte de Flensburgo volvió a ser parte de Dinamarca tras el plesbicito organizado en 1920.

(2) Søren Hermansen y Tor Nørretranders, Commonities = commons + communities, Samsø Energiakademi, 2011.

Nicolas Escach

Profesor en Sciences Po de Rennes. Autor de Les Danois, Ateliers Henry Dougier, París, 2017.