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De la izquierda a la derecha, celebraciones de la identidad

El terruño no miente

La aspiración de transformar el mundo a veces pasa por una vuelta a valores que creíamos pasados. El terruño, al que se le atribuye la capacidad de alimentar la identidad individual y colectiva, una autenticidad que se opone a la globalización capitalista –cuando no al progreso–, vuelve a marcar tendencia. Tanto conservadores como revolucionarios lo ensalzan.

por Evelyne Pieiller, junio de 2018

La apología del espíritu localista ha sido considerada durante mucho tiempo algo reaccionario. Los adalides de la tradición, de la irreductible peculiaridad de un pedazo de tierra, se mostraban hostiles tanto al Estado centralizador y a su uniformización de las diferencias regionales como a la concepción de ciudadano abstracto, despojado de sus características de individuo singular, profuso en vínculos con su historia. Las provincias tenían, para sus defensores, una autenticidad que la modernidad no podía borrar –esa modernidad que simbolizaban la Revolución Francesa y la República “jacobina”, desconectada de las múltiples raíces que habrían constituido la entidad de una patria hecha de pequeñas patrias–. Frente a un Estado sin raíces, el sentido carnal de pertenencia a una tierra se afirmaba como una verdad humana, vinculada a la memoria, portadora de valores ancestrales, sensible y vibrante. De ello se hacía eco el mariscal Philippe Pétain, en su discurso del 25 de (...)

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