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Fukushima y el pánico nuclear planetario

El armazón de Japón se agrieta

Tras el impacto del tsunami, el mundo ha vivido al ritmo de las vicisitudes de la central de Fukushima y de sus seis reactores. El debate sobre la pertinencia del programa nuclear y de su control se reabre. Pero no es suficiente con cerrar una central para que todo termine. En la India, la protesta contra la implantación de un reactor europeo de agua presurizada cobra cada vez más importancia. En Japón, el Gobierno se ha mostrado alarmista en algunas ocasiones, en otras ha minimizado los riesgos de contaminación radiactiva, a merced de la información proporcionada por la empresa privada Tepco, e incluso se ha comportado de forma frívola.

por Harry Harootunian, mayo de 2011

El Japón tradicional consideraba los fenómenos naturales, como las sequías, las epidemias, las erupciones volcánicas o la caída de estrellas fugaces, e incluso la llegada de extranjeros, como resultado de la negligencia de las clases dirigentes. En la medida en que el orden social se fundamentaba en una naturaleza a la que trataba de imitar, todo cambio era percibido como una advertencia, el signo premonitorio de catástrofes más graves, las que a su vez anunciaban la caída del régimen en el poder. “Cuando los dirigentes son malos, ocurren catástrofes naturales”, explicaba con fatalismo una anciana de Tokio, citada por el diario The New York Times del 20 de marzo. Su comentario ilustra una visión ancestral de la sabiduría en política.

Al anunciar que el desastre consecutivo al seísmo del 11 de marzo fue el mayor sufrido por Japón desde la capitulación de 1945, el Primer Ministro Kan Naoto no dejó de (...)

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