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Un optimismo feroz

Editorial, por Benoît Bréville, abril de 2026

El sábado 7 de marzo, cincuenta mil personas se manifestaron en Londres para protestar contra la guerra emprendida por Israel y Estados Unidos en Irán. Una afluencia notable en comparación con otras grandes ciudades occidentales, pero insignificante si nos remontamos en el tiempo: el 15 de febrero de 2003, más de un millón de manifestantes ocupaban las calles de Londres en protesta por la invasión de Irak. Además, varios cientos de miles se manifestaron en Nueva York y Washington, y cerca de quince millones por todo el mundo: aquella fue la mayor movilización internacional jamás registrada. Y veinte años antes, el 12 de junio de 1982, un millón de personas se congregaron en Central Park para reclamar el desarme nuclear a los sones de la música de Joan Baez y Bruce Springsteen. El bando contra la guerra tenía sus músicos, sus escritores, sus cineastas…. Una tradición que ha desaparecido.

Hoy en día, las guerras se multiplican y las grandes potencias se rearman, pero la calle apenas reacciona. Hasta la amenaza nuclear parece dejar indiferente. El tratado New Start —el último acuerdo en vigor entre Washington y Moscú sobre la limitación de las armas nucleares estratégicas— acaba de expirar. Donald Trump habla de reanudar los ensayos atómicos y Emmanuel Macron propone reforzar el arsenal francés. Ninguna manifestación, ningún debate público. Estigmatizada por los medios de comunicación —que ven en ella un apoyo a Hamás, a los ayatolás o al Kremlin—, la lucha pacifista se compadece mal con el espíritu de los tiempos. Exige, en efecto, un optimismo feroz: esa convicción forjada a lo largo de luchas a veces victoriosas de que no hay nada escrito, de que la acción colectiva puede torcer el curso de los acontecimientos. Los opositores a la guerra de Vietnam se apoyaban en los éxitos del movimiento en defensa de los derechos cívicos y, en 2003, los manifestantes contra la invasión de Irak se nutrían del impulso altermundialista. Hoy no queda nada de eso.

Otra cosa que también requiere el pacifismo es paciencia: hay que luchar paso a paso contra los conflictos que no ha sido posible evitar. Pero los efectos se miden a largo plazo: ganarse a la opinión pública, acelerar una retirada militar, influir en unas elecciones… Unos progresos lentos e indirectos, en ocasiones invisibles, que tienen muy difícil avivar los ánimos en una época que valora la inmediatez.

Por último, luchar por la paz precisa de cierto sentido político, una disposición a asociarse con personas que no comparten las mismas opiniones. “Todos los movimientos contra la guerra en el Estados Unidos del siglo XX contaban con un pequeño número de pacifistas opuestos a cualquier guerra y, en muchos casos, un número mayor de socialistas opuestos al capitalismo y/o al imperialismo. Pero todos esos movimientos se componían principalmente de personas cuya preocupación se limitaba a poner fin a esa guerra en concreto” (1), recordaba la periodista y editora Barbara Epstein. El creciente sectarismo político no favorece la creación de un frente así, además de que los grupos de activistas han perdido facultades: “Confunden movilizar y organizar”, se lamenta el politólogo Eric Blanc (2). Saben reunir puntualmente, pero a menudo descuidan lo que se juega entre dos manifestaciones: el trabajo de implantación, de persuasión, de puerta a puerta y de creación de alianzas necesario para ampliar su base.

Cuatro años de propaganda en favor del rearme y sobre la inminencia del peligro ruso han anestesiado las mentes y desarmado a los pacifistas: el enorme aumento de los presupuestos militares en detrimento del gasto social no se ha encontrado con una oposición encarnizada, ni siquiera en la izquierda. Sin embargo, ya se trate de Irán o de Ucrania, el belicismo sigue siendo asunto de las clases superiores, de ventajistas de la guerra y de periodistas cuyo pellejo solo corre el riesgo de exponerse en demasía a los focos de los platós de televisión.

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(1) Barbara Epstein, “Notes on the antiwar movement”, Monthly Review, vol. 55, n.° 3, Nueva York, julio-agosto de 2003.

(2) “Why is there no antiwar movement in the US”, Labor Politics, marzo de 2026, www.laborpolitics.com

Benoît Bréville

Director de Le Monde diplomatique.