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Generar unidad dentro de la diversidad

De Roma a Constantinopla: analizar el Imperio para comprender el mundo

En un momento en que los Estados-nación ceden ante las fuerzas del mercado y en que se tambalea la configuración geopolítica heredada de la posguerra, los dirigentes sueñan con la estabilidad. A pesar de ello, las formas de gobierno implementadas por los imperios resultan fascinantes por su resistencia a los sobresaltos de la historia, su flexibilidad y su capacidad de unir a diferentes pueblos. ¿Qué podemos aprender de ellas?

por Frederick Cooper y Jane Burbank, enero de 2012

¿Por qué interesarse por la noción de imperio? ¿No vivimos en un mundo de Estados-Naciones? Aquellos que, por ejemplo, forman parte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con sus banderas, sellos e instituciones.

A menos que sea comparada con la longevidad del Imperio Otomano (seiscientos años), por no mencionar la sucesión de dinastías chinas a lo largo de varios milenios, la “era del Estado-Nación” pudiera considerarse una anomalía pasajera en la historia de la humanidad. Y más aún cuando muchos conflictos recientes –en Ruanda, Irak, Afganistán, la ex Yugoslavia, Sri Lanka, el Cáucaso, Israel, etc.– se explican por las dificultades para encontrar nuevas formas de organización que reemplacen a los imperios, en 1918, 1945 o después de 1989.

Nadie sugiere hundirse en la nostalgia imperial: los mundos perdidos del Raj británico o la Indochina francesa no esclarecen nuestras reflexiones políticas modernas. Tampoco el recurso sistemático a los términos “imperio” o (...)

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