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El sol nunca de pone en Vinci

Radiografía de una multinacional líder de las obras públicas

La obstinación del Gobierno francés por querer construir un aeropuerto en Notre-Dame-des-Landes (Loira Atlántico) se explica también por la necesidad de cumplir con una concesión otorgada a Vinci, multinacional levantada a expensas del Estado francés. Arquetipo del depredador de mercados públicos, el gigante de la construcción juega a dos bandas para embolsarse las ganancias: el rápido retorno de la inversión en su actividad de construcción y las rentas de gestión de las concesiones a largo plazo.

por Nicolas de la Casinière, marzo de 2016

Rueil-Malmaison (Hauts-de-Seine), avenida Ferdinand de Lesseps, 2. Sede del grupo.

Tras los ventanales ronronea el aire acondicionado. El imponente bloque gris de la sede de Vinci fue edificado en 1992 por su ancestro, la Sociedad General de Empresas (SGE), que, en 1908, sucedió a la sociedad colectiva Giros-Loucheur, fundada en 1899. En el edificio trabajan 1.200 empleados de unos efectivos globales de más de 185.000 personas repartidas por unos cien países. El imperio Vinci es un peso pesado: 38.700 millones de euros de cifra de negocios en 2014 y 2.500 millones de euros de resultado neto.

El éxito mundial de la empresa se basa en su capacidad de apostar por dos escalas temporales: el corto plazo, gracias a la construcción –el núcleo de sus actividades–, que genera retornos de la inversión inmediatos (pero con márgenes pequeños debido a la avidez del sector en cuanto a la mano de obra); y el (...)

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