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Conflicto eterno entre el sector agrario y la industria

¿Quién será capaz de detener el péndulo argentino?


Martes, 13 de agosto de 2019.


Los peronistas de izquierdas Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner dominaron en gran medida las elecciones primarias argentinas del pasado domingo, por delante de un tándem inusual compuesto por el presidente saliente Mauricio Macri y por un excompañero de los vencedores, Miguel Ángel Pichetto. Una particularidad argentina, estas elecciones primarias actúan como una descomunal encuesta para las elecciones presidenciales y seleccionan a los candidatos.
El pasado mes de enero, nuestro enviado especial Renaud Lambert describió las oscilaciones del "péndulo" argentino, "un péndulo cuya oscilación explica la elección de Macri, el fracaso de su política económica y el desafío de las elecciones presidenciales de 2019".


La revuelta de los “chalecos amarillos” franceses provoca admiración entre amplios sectores de la población argentina. La política implementada por el presidente conservador Mauricio Macri, en el poder desde 2015, ha provocado un vertiginoso aumento de los precios de la energía y de los productos de primera necesidad. Ahora bien, aunque aumenta la pobreza, la cólera social se gesta sin provocar ningún estallido. La cuestión es hasta cuándo.

por Renaud Lambert, enero de 2019

La elección de Mauricio Macri como presidente de Argentina, en noviembre de 2015, entusiasmó al mundo de las finanzas. ¿Un empresario a la cabeza de un país durante mucho tiempo despreciado por los mercados? El Foro de Davos acababa de encontrar a su estrella. Tres años más tarde, una nueva crisis se expande por Argentina, que solicita la “ayuda” del Fondo Monetario Internacional (FMI). Aquel cuya toma de posesión debía, según el Financial Times, “marcar el inicio de una nueva era” (1) se considera atrapado en una fatalidad propia de su país: “Caer, levantarse y, más tarde, volver a caer, una y otra vez”.

Las curvas que representan el crecimiento económico de la mayoría de los países se parecen: colinas, pequeños valles y, de vez en cuando, algún relieve más pronunciado. En el caso argentino, la gráfica recuerda una sucesión de convulsiones. 2002: descenso de un 10,9%; 2003: aumento de un 8,8%; 2007: pico de un 7,7%; 2009: crecimiento nulo; 2011: nuevo incremento de un 7,9%; 2012: apenas un 1% (2). Durante los últimos sesenta años, Buenos Aires ha acumulado cuatro impagos de su deuda, veintiséis acuerdos con el FMI y dos episodios de hiperinflación.

En 1983, el economista Marcelo Diamand analizaba este vaivén, patente desde comienzos del siglo XX. En sus trabajos concluía que la explicación de los movimientos erráticos de la economía se encuentra en un conflicto político entre dos esferas incapaces, por ahora, de solucionarse. Argentina no es un país, sino un péndulo, consideraba. Un péndulo cuya oscilación explica la elección de Macri, el fracaso de su política económica y el desafío de las elecciones presidenciales de 2019.

A un lado del campo de batalla, el sector agrario, que nació con la colonización del país. Su actividad consiste en observar, de lejos, cómo el Cupido de los amores bovinos multiplica las cabezas de su ganado. El continuo flujo de exportaciones, alimentado por la extraordinaria fertilidad de la pampa, llena sus arcas. Esta oligarquía reside en Argentina pero piensa en Europa, a donde envía a sus hijos a estudiar y de donde importa su ropa, sus muebles y sus ideas.

Lejos de las grandes explotaciones agrícolas, otro sector, popular, urbano, a menudo de piel morena. Surgió a principios del siglo XX con las manufacturas, que aparecieron en este país antes que en otras partes de la región. Mientras que la riqueza del suelo dotaba al sector agrario de una competitividad natural, la industria sufría un atraso demasiado importante como para soñar con exportaciones. Asimismo, necesitaba divisas con las que abastecer sus líneas de producción con maquinaria y con insumos. Así pues, esas libras esterlinas y esos dólares debían proceder del único sector capaz de atraerlos: la agricultura.

Y entonces llegó Perón...

¿Participar en el desarrollo de un sector de actividad del que no se obtiene ningún beneficio y en el que trabajan los pordioseros? Esta idea provocó sonrisas burlonas durante mucho tiempo en los palacios de Buenos Aires, que la oligarquía agraria manda construir con materiales europeos (mármol de Carrara, cristal de Murano, esculturas francesas, etc.). Hasta que entró en escena un tal Juan Domingo Perón. El coronel de infantería se convirtió en secretario de Trabajo y Previsión en 1943, antes de ser elegido presidente en 1946. El péndulo argentino se puso entonces en movimiento.

La población acababa de duplicarse en menos de treinta años y se cuadruplicaría en cincuenta. “El modelo agrario, concentrado y poco ávido de mano de obra, ya no podía responder a las necesidades de empleo y de inserción de la población”, nos explica el historiador Mario Rapoport. “Durante los años 1930, los argentinos pasaron hambre a pesar de que el país era uno de los mayores exportadores de productos alimenticios del mundo”, añade el economista Bruno Susani (3).

El 28 de mayo de 1946, Perón creó el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI). Este organismo se encargaba de reestructurar la economía nacional basándose en una nacionalización de facto del comercio exterior. Disfrutaba de funciones ampliadas, detalladas por los economistas José Sbattella y Facundo Barrera: “Comerciales: compraba a los productores los cereales que se encargaba de exportar. Financieras: distribuía fondos para la adquisición de bienes de capital [necesarios para la producción industrial]. De regulación del mercado interno: compraba los excedentes no vendidos y fijaba el precio de algunos productos de la cesta alimentaria básica, así como el margen de beneficio del sector industrial” (4).

Al mismo tiempo, Perón llevaba a cabo un amplio reparto de las rentas, creó un seguro sanitario, instauró las vacaciones pagadas, las jubilaciones, la cobertura de los accidentes laborales y el derecho a voto de las mujeres, desarrolló la educación, el acceso a la vivienda, etc. No hicieron falta más que algunos años para cimentar un odio de los dominantes hacia su persona que ya no desaparecerá. En 1955, los militares tomaron el poder. Suprimieron el IAPI y destruyeron la industria, culpable a su parecer de contribuir al desarrollo de una clase obrera movilizada. No obstante, Perón ya había cambiado la situación al dotar a la población de armas con las que luchar.

Por lo tanto, el péndulo argentino oscila desde hace setenta años entre agricultura e industria, entre la oligarquía y lo que Perón llama “el pueblo”. 1955, 1966, 1976: en intervalos regulares de tiempo, algunos intentos más o menos audaces de desarrollo industrial se vieron interrumpidos por golpes de Estado. Tras la vuelta a la democracia, en 1983, el neoliberalismo se encargó de imponer la antigua hoja de ruta de los militares. Incluso conquistó a algunos sectores del peronismo durante los mandatos de Carlos Menem entre 1989 y 1999.

“Esta crisis no será una simple crisis más, sino la última”, proclama Macri en 2018. Sin embargo, la política argentina se asemeja a una sucesión de tablas rasas. En 1976, el ministro de Economía de la junta militar, José Alfredo Martínez de Hoz, afirmaba ya lo siguiente: “Esto no es un simple cambio como aquellos, numerosos, que ha conocido el país durante estos últimos años. Se trata de pasar página en la historia política, económica y social del país, lo que significa el comienzo de una nueva era” (5). Casi treinta años más tarde, el peronista de izquierdas Néstor Kirchner (2003-2007) prometía, a su vez, la ruptura con un periodo negro que, desde su punto de vista, engloba la dictadura y las primeras presidencias de vuelta a la democracia: “Estamos cerrando un ciclo que comenzó en 1976 y que implosionó, llevándonos al abismo en 2001” (6).

Pese a todo, Daniel Pelegrina se muestra confiado. El presidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA) nos recibe en las oficinas de su organización, la cual representa a los grandes productores agrícolas. Entre los edificios modernos que bordean esta calle peatonal del centro de Buenos Aires, la edificación desentona: una fachada de sillares, amplios ventanales adornados con motivos florales y balcones en voladizo. Al entreabrir la inmensa puerta principal, accedemos a un porche decorado con columnas que atravesamos para llegar a la recepción. La mirada se desvía entonces inevitablemente hacia una escalera que parece creada para recibir a gigantes. Finalmente, mientras subimos uno a uno los peldaños, el techo recubierto de vidrieras de colores, unos veinte metros más arriba, atrae las miradas. Bañado por la luz, un busto de bronce destaca al pie de la escalera: el de José Martínez de Hoz, fundador de la SRA en 1866 y abuelo del ministro de Economía de la dictadura de 1976.

“Hemos recuperado la confianza”, se entusiasmaba Pelegrina durante la inauguración de la 132º Exposición Rural, el 28 de julio de 2018, antes de hacer que el nuevo jefe de Estado recibiera una ovación. ¿Acaso no había suprimido Macri el impuesto sobre las exportaciones, introducido en 2002 por el efímero presidente Eduardo Duhalde? El dispositivo, bautizado como “retenciones” e ideado a mediados de los años 1950, contaba con dos objetivos: invitar al sector agrario a contribuir en la financiación del Estado y reducir el coste de la cesta de consumo de los hogares. En efecto, el país exporta los mismos productos que consume. A falta de un mecanismo de corrección, el precio de un kilogramo de carne de vacuno en las tiendas argentinas depende, pues, del precio mundial de la carne, demasiado elevado para los bolsillos locales. Las retenciones (en torno a 30 centavos por cada dólar percibido durante el “periodo de los Kirchner”) reducen automáticamente el coste de los productos exportables en el mercado interno.

Un mecanismo “injusto” que pisotea el principio de la propiedad privada, considera Pelegrina. Y es que, en la SRA, no se juega con la propiedad privada, cuyo pleno disfrute otorga a los productores agrícolas un poder colosal. Uno lo advierte al atravesar la pampa. Allí, inmensas lonas blancas protegen la soja, ya recolectada. Permiten conservar el cereal hasta un año: transformado en especulador, el agricultor puede esperar entonces los mejores precios y la mayor valoración del dólar para vender su producción. A costa de privar al resto del país de las divisas que necesita. Incluso le resulta beneficioso: cuantos menos dólares entran, más aumenta la cotización del billete verde y más se incrementa la renta agrícola.

Así pues, una gran sonrisa ilumina el rostro de Pelegrina cuando nos reunimos con él. Macri se adhirió al análisis del presidente de la SRA durante su discurso de julio de 2018: el problema de Argentina deriva de la “magnitud insostenible de un Estado inadaptado a la realidad económica y productiva del país”. ¿La solución? Ajustar el gasto de la nación a la suma que el sector agrario acepta otorgarle. “No vivir por encima de nuestras posibilidades”, traducía Macri en un discurso, con cara de contrición, el 3 de septiembre de 2018.

“¡Dólares! ¡Euros! ¡Cambio! ¡Cambio!”. Bajo las ventanas de las oficinas de la SRA, los ánimos no son tan positivos. Como cada vez que la moneda local está bajo presión, especuladores ambulantes proliferan por las calles del centro de la ciudad. Se les denomina arbolitos. Entre enero y finales de septiembre de 2018, la cotización del peso cayó un 118%, reduciendo un poder adquisitivo gangrenado además por la inflación, que se acercaría al 50% este año.

Aquí, las viviendas y los coches se pagan directamente con billetes verdes. Y son pocos los ahorros que no se destinan a un arbolito, a una oficina de cambio o a una cuenta en la divisa estadounidense. “La Reserva Federal ha calculado que el 20% de los dólares que no circulan por Estados Unidos se encuentran en Argentina”, precisaba recientemente el diario Clarín (22 de octubre de 2018); sin embargo, el economista Santiago Fraschina calcula que la fuga de capitales asciende a cerca de 109.000 millones de dólares desde la elección de Macri, es decir, en torno a una sexta parte del producto interior bruto (PIB) en 2017 (7). Alimentada por la preocupación de los ahorradores, esta hemorragia, a su vez, la agrava, estimulando la inflación.

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015), enfrentada a este círculo vicioso, intentó retener los dólares instaurando un control de cambios en 2011. Macri adoptó una estrategia diferente: ofrecer tipos de interés estratosféricos a las inversiones especulativas. Durante el mes de octubre de 2018, rondaban el 70%. Un escenario ideal para desencadenar el famoso efecto “bola de nieve” mediante el cual los préstamos de ayer deben pagarse con otros, con un coste aún más elevado. Ahora bien, la deuda ha constituido una de las piedras angulares de la estrategia de Macri: en Argentina, renunciar a gravar el sector agrario deja pocas opciones.

Volver a la casilla de 1990

En un primer momento, el presidente-empresario pudo contar con la benevolencia de los mercados financieros, encantados con la vuelta del país latinoamericano al seno de las tierras hospitalarias. Así que no se privó: “El Gobierno [argentino] ha recibido más préstamos que cualquier otro país emergente desde la elección de Macri”, constataba el Financial Times el 19 de octubre de 2017. “En torno a 100.000 millones de dólares en dos años”, calcula Axel Kicillof, exministro de Economía de la presidenta Fernández de Kirchner. La deuda, que se establecía en un 40% del PIB en 2015, supera en la actualidad el 75% tras haber aumentado veinte puntos porcentuales solamente durante el año 2018.

“El programa de este Gobierno sale directamente de la caja de herramientas de los años 1990 –continúa Kicillof–. Por aquel entonces, la globalización financiera ponía a disposición de los países periféricos capitales financieros. Todo eso ha cambiado”. Desde 2015, la Reserva Federal estadounidense ha efectuado ocho subidas de sus tipos de interés de referencia, contribuyendo a desviar el interés de los inversores. Pronto, el rápido aumento de los créditos del país comenzó a alarmar hasta a los especuladores más aventureros. El Gobierno decidió, pues, recurrir al FMI, que le ha conferido el plan de “ayuda” más importante de la historia de la institución: 57.000 millones de dólares. Los griegos habrían podido contar cómo continuaba la historia: ellos mismos vieron en la experiencia argentina de finales de los años 1990 la pesadilla que les esperaba. “Si uno efectúa recortes en los presupuestos del Estado y aumenta el tipo de interés, asfixia la economía –resume Kiciloff–. Como era de esperar, el desempleo aumentó y la pobreza se disparó. Al igual que la inflación y la deuda…”.

Entre los liberales, la austeridad se trata con una dosis adicional de rigor. En octubre de 2018, el diario Clarín, cercano al poder, describía los recortes presupuestarios de Macri como “realmente inéditos” (23 de octubre de 2018). La supresión (o la reducción) de las ayudas para el transporte o la energía provocó un aumento repentino del coste de la vida. “Algunos jubilados dedican actualmente hasta la mitad de su pensión a pagar las facturas del gas”, destaca el economista Sbattella. La producción industrial disminuyó un 11,5% entre septiembre de 2017 y septiembre de 2018. Esta vuelta de tuerca agravó un panorama ya oscuro: por sí sola, la decisión de dejar que el peso argentino fluctuara en los mercados, el 17 de diciembre de 2015, provocó una caída de la moneda local de un 40% frente al dólar en un día. Consecuencia: la pobreza pasó, en un año, del 29% al 33% de la población y los ingresos de los exportadores de productos agrícolas aumentaron un 40% en veinticuatro horas (8).

En octubre de 2018, algunos diputados reflexionaban sobre la oportunidad de invitar a los grandes propietarios a pagar el impuesto sobre el patrimonio, del cual estaban exentos. No se mantuvo esta idea. Cuando el FMI exigió que se retomara el impuesto sobre las exportaciones (las “retenciones”), el presidente Macri consiguió que fuera “razonable”: 4 pesos por dólar, con independencia de la evolución de la cotización del billete verde. “Es necesario que todo el mundo haga un esfuerzo”, justifica Pelegrina.

En la víspera de nuestra cita en la SRA, diversas organizaciones sociales y sindicales habían organizado una movilización para denunciar la política gubernamental. La policía reprimió la manifestación. Con la llegada al poder de Macri, ha recuperado el derecho a utilizar porras y proyectiles de goma. Cuando mencionamos el acontecimiento, Pelegrina parece que solo se ha quedado, como la mayoría de los medios de comunicación, con el lanzamiento de piedras por parte de unos cuantos manifestantes encapuchados. No se trataba de manifestaciones, sentencia, sino de “actos violentos orquestados por algunos activistas para desestabilizar al Estado desde una perspectiva anarquista”. “¿Como un eco de las manifestaciones de 2008?”, le preguntamos.

Por aquel entonces, los productores agrícolas también salieron a la calle para manifestarse contra un proyecto de aumento de las “retenciones”. La cotización de las materias primas agrícolas se disparaba; ¿debían ser los agricultores los únicos argentinos que se beneficiaran de ello? No para el Gobierno de Fernández de Kirchner. Por lo tanto, la SRA y sus aliados bloquearon el país durante 129 días, obstaculizando el abastecimiento de los centros urbanos. El episodio se vio salpicado por múltiples actos de violencia, sobre todo cuando grupos de extrema derecha decidieron apoyar a los manifestantes.

Al principio, Pelegrina no comprende nuestra pregunta. A continuación, se le sonrojan las mejillas: “¡Pero eso no tiene nada que ver! En nuestro caso, las protestas se parecían a las de los agricultores franceses cuando desfilan con cosechadoras por los Campos Elíseos”. Nos cuesta acordarnos de semejantes manifestaciones, pero, bajo las molduras de este inmenso despacho en un edificio presentado con orgullo como “de inspiración francesa”, las afirmaciones del “señor presidente” reflejan, sobre todo, una convicción ampliamente compartida entre la alta sociedad argentina: parecerse a los europeos garantiza alinearse en el lado de la civilización. Un privilegio inaccesible para los “cabecitas negras” de la calle.

Unos “cabecitas negras” tanto menos proclives a aceptar el modelo económico que favorece a los propietarios cuanto que, desde Perón, disponen de una baza de envergadura para defenderse: los sindicatos. “Con Perón, el héroe de la sociedad no era el soldado o el cura, sino el trabajador –explica Horacio Ghilini, líder de la Corriente Federal en el seno de la Confederación General del Trabajo (CGT)–. Pero cuidado: ‘trabajador’ en el sentido amplio de la palabra. Para los peronistas, todos los ciudadanos son trabajadores: los obreros, por supuesto, pero también los jubilados, los estudiantes y los desempleados –que son trabajadores privados de trabajo–. Incluso los patronos son trabajadores mientras no sean unos explotadores. De ahí los esfuerzos de Perón por dotar a los sindicatos de poderes, independientemente del Estado. Pues el peronismo no es estatismo”.

Las organizaciones de trabajadores –“organizaciones libres del pueblo” en lenguaje peronista– recaudan las cotizaciones salariales y patronales. Gracias a estas sumas, ofrecen a sus miembros guarderías, instalaciones deportivas u hoteles turísticos. El sindicato de conserjes incluso se ha dotado de un periódico: Página 12, el único diario nacional de izquierdas. Los sindicatos gestionan fondos de pensiones y un sistema de protección social ampliado a las familias de los miembros, las “obras sociales”. De cuarenta millones de argentinos, “casi veinte millones están cubiertos por las obras sociales sindicales”, nos explica con orgullo el sindicalista Néstor Cantariño (9).

“Esto nos da un enorme poder, incluso cuando el Estado está en nuestra contra –afirma Pablo Biró, responsable del sindicato de pilotos de líneas aéreas–. Tenemos una capacidad de actuación de la que no disfrutan los sindicatos de los países vecinos”. “De actuación y de disciplina”, añade sacando su teléfono móvil. Mientras busca una fotografía, nos cuenta: “Mi sindicato reúne a pilotos cuya remuneración asciende a 7.000 dólares al mes, que trabajan para Total, y a otros que apenas ganan 400 dólares. A veces resulta difícil obtener la solidaridad de unos con otros. Pero tener un sindicato único permite asegurarnos de que, aunque la decisión de participar o no en una acción sigue siendo libre, implique consecuencias. En 2005 decretamos la participación de nuestro sindicato en una huelga general. Todos los miembros la siguieron salvo dieciséis personas”.

Nos tiende entonces su teléfono. La imagen que nos enseña muestra una placa de mármol fijada en el suelo en la entrada de los locales del sindicato. “Justo delante de la puerta: imposible no verla”, precisa. En la placa aparece escrito: “El 7 de julio de 2005, la asociación de pilotos de líneas aéreas decretó un cese total de las actividades de 48 horas. (…) Por nuestros hijos, por los hijos de nuestros hijos y por todas las generaciones futuras de pilotos, (…) consignamos aquí el nombre de los individuos que le dieron la espalda a la comunidad de pilotos”. Le siguen dieciséis nombres.

Cuando Perón entró en escena, escribe Alain Rouquié, experto en Latinoamérica, “la soberanía popular y el sufragio se encontraban dirigidos firmemente por los representantes de la elite establecida. Estos nunca han dejado por completo de pensar, junto con el ministro del Interior Eduardo Wilde, que ‘el sufragio universal es el triunfo de la ignorancia universal’” (10). La oligarquía prefiere al propietario en lugar de al ciudadano; Perón, al “trabajador”. Ahora bien, “las reivindicaciones de los trabajadores adoptan más la forma de una exigencia de justicia social que de una demanda de democracia”, considera Ghilini.

Por lo tanto, sucede que las luchas sindicales no siguen el camino real de la emancipación señalizado por los textos canónicos del “socialismo por los libros”. Clientelismo, autoritarismo, verticalismo, oportunismo, egoísmo, opacidad, corrupción o intimidaciones apenas ocultas (como en el sindicato de pilotos) son muchos de los defectos comunes entre las “organizaciones libres del pueblo”. La extrema izquierda local, con unas bases sociales a menudo raquíticas, denuncia estos defectos y los sindicalistas con los que nos encontramos a menudo los reconocen. Sin embargo, estos últimos plantean una pregunta: ¿puede existir el poder sin dar pie a este tipo de derivas? “El peronismo es una estructura de conquista del poder, no de defensa de una pureza ideológica”, resume Sbattella. Entre pureza y eficacia, sus militantes ya han elegido.

También lo ha hecho el campo adverso. El 28 de abril de 2018, una investigación de la revista Noticias revelaba que el actual ministro de Economía, Nicolás Dujovne, evadía impuestos, al igual que el presidente, cuyo nombre aparece en los “Papeles de Panamá”. “Desde sus primeros meses en el poder, Mauricio Macri tomó una serie de decisiones que favorecieron directamente a su familia y a sus amigos”, escribe la periodista Gabriela Cerruti en su investigación Big Macri (2018). Cita, entre otros ejemplos, la anulación de la deuda de Correo Argentino, “una sociedad que pertenece a su familia y que debía 70.000 millones de pesos [unos 5.000 millones de euros] al Estado”. “Cuando una empresa es tan grande como la nuestra, lo que pasa en ella deja de tener importancia realmente –explicó el futuro jefe de Estado a Cerruti antes de su elección–. ¿Cuántos nuevos proyectos de construcción se pueden inaugurar? ¿Cuántos coches adicionales se pueden producir? En un momento dado, lo que hace falta es influir en la economía en su conjunto”.

Peronistas obligados a negociar

Pese a todo, según la prensa, la corrupción sería algo inherente a los allegados de Fernández de Kirchner. En los principales periódicos (en manos de la oligarquía), no hay ni una edición que no incluya algunas páginas dedicadas a esta cuestión y a los procedimientos judiciales a los que se enfrentaría la expresidenta si sus compañeros senadores decidieran privarla de su inmunidad. No obstante, esto no significa que el comportamiento de los peronistas sea tan inmaculado como las cumbres andinas: “Hay corrupción en todos los ámbitos –nos explica un alto cargo del Partido Justicialista (PJ, el partido peronista)–. Un ejemplo: a un amigo y compañero de militancia se le otorgó cierta responsabilidad en un hospital. Cuando tuvo que organizar la realización de trabajos de pintura en él, me propuso montar un equipo y devolverle el 10% del importe que yo recibiría. Así son las cosas aquí…”.

Con vistas a las elecciones presidenciales de octubre de 2019, “el poder, la justicia y los medios de comunicación intentan asociar cualquier tipo de reparto de la riqueza a la corrupción”, analiza el sindicalista José Luis Casares. En otras palabras, votar a Fernández de Kirchner –a quien Macri erigió en principal adversaria de su política aunque, hasta ahora, no haya presentado su candidatura– equivaldría a apoyar las malversaciones. Entre algunos electores, este argumento convence, igual que ha convencido en Brasil. Entre otras personas, provoca sonrisas burlonas. “Se dice que Cristina ha robado –comenta Hugo Damans, un jubilado que se ve obligado a trabajar para completar su pensión y para poder llegar a final de mes–. Quizás pidió alguna comisión aquí o allá a los de ‘arriba’. Peor para ellos. En cualquier caso, a nosotros, los trabajadores, no nos ha robado nada; al contrario: nos ha dado mucho”.

Entre los peronistas, ha llegado la hora de negociar. “No redactamos programas, no organizamos congresos: dialogamos –nos explica sonriendo el líder peronista Mario Diéguez–. En primer lugar, nos las arreglamos para ganar las elecciones. Más tarde, decidimos el programa que aplicaremos”. No obstante, las perspectivas diferirían dependiendo de si el PJ presenta a Miguel Ángel Pichetto (heredero de Carlos Menem, presidente peronista neoliberal de 1989 a 1999) o a Fernández de Kirchner. Por no hablar de la posibilidad de que, al igual que en 2015, los peronistas partan a la batalla divididos: la concepción monárquica que se hacen del poder la expresidenta y su entorno a menudo ha provocado exasperación.

“En la situación actual, entreveo dos escenarios –nos explica el economista Claudio Katz–. O la crisis económica continúa en forma de agonía prolongada, al estilo griego, o degenera en una explosión social, como en 2001 –cuando el país atravesó la crisis económica más severa de su historia–. Por desgracia, no estoy seguro de que el segundo escenario sea el mejor. La posibilidad de salir de la crisis con una figura progresista como fue el caso con Néstor Kirchner depende de circunstancias nacionales e internacionales, y nada indica que se reúnan esta vez. En 1989, por ejemplo, la crisis condujo a la sustitución de un Gobierno de derechas por otro… más a la derecha”.

Incluso aunque admiten que Macri disfruta de una singular longevidad –“con la política que está implementando, otros ya habrían tenido que huir en helicóptero”–, algunos peronistas, sobre todo sindicalistas, se preparan para la perspectiva de una “ruptura”: una crisis política lo suficientemente profunda como para “impedir que el poder se recicle adoptando una nueva forma”. Discretamente, para no asustar demasiado a los mercados, se plantean algunos escenarios de emergencia “para eliminar, de entrada, los obstáculos con los que siempre nos hemos topado”. Mediante la nacionalización del comercio exterior, una regulación firme de los sectores de los medios de comunicación y de la Justicia… Una política que no será más fácil de implementar en Argentina que en otras partes. “Es cierto –nos responde uno de nuestros interlocutores–. Pero si no conseguimos llevar la democracia más allá de los límites del social liberalismo, nos volveremos a encontrar en la misma situación en diez o quince años”.

(1) John Murray Brown, “Mauricio Macri, Argentina’s new president”, Financial Times, Londres, 23 de noviembre de 2015.

(2) Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de Naciones Unidas.

(3) Bruno Susani, El Peronismo de Perón a Kirchner. Una pasión argentina, EDUNLA, Lanús, 2015.

(4) Facundo Barrera y José Sbattella, “Regulación del comercio exterior y apropiación de rentas. Pasado y presente de la medida”, en Pablo Ignacio Chena, Norberto Eduardo Crovetto y Demian Tupac Panigo (bajo la dir. de), Ensayos en honor a Marcelo Diamand. Las raíces del nuevo modelo de desarrollo argentino y del pensamiento económico nacional, Miño y Dávila editores, Buenos Aires, 2011.

(5) Citado por André Gunder Frank, La crisis mundial: el Tercer Mundo, Bruguera, Barcelona, 1979.

(6) Bruno Susani, El Peronismo de Perón a Kirchner. Una pasión argentina, EDUNLA, Lanús, 2015.

(7) Santiago Fraschina, “Dibujovne”, Página 12, Buenos Aires, 21 de octubre de 2018.

(8) Porque sus ingresos se reciben en dólares y sus pagos se realizan en pesos.

(9) Una media de cuatro de cada diez trabajadores están afiliados a algún sindicato. Las negociaciones atañen a todos los asalariados del sector en cuestión.

(10) Alain Rouquié, El siglo de Perón. Ensayo sobre las democracias hegemónicas, Edhasa, Buenos Aires, 2017.

Renaud Lambert