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Los olvidados de la Primera Guerra Mundial

por Jordan Pouille, mayo de 2017

“Se prohíbe el acceso a los cafés a los trabajadores indígenas chinos”. Un murmullo de estupefacción recorre la asamblea reunida en una sala municipal abarrotada de Saint-Valery-sur-Somme (Picardía) cuando Ma Li proyecta la imagen de este decreto militar francés que data del 31 de marzo de 1917. Esa tarde de octubre de 2016, Ma Li se encuentra allí como respuesta a la invitación de la Sociedad de Arqueología y de Historia. Originaria de Cantón, esta profesora de la Université du Littorale-Côte d’Opale investiga sin descanso desde 2003 la desconocida vida de los 140.000 campesinos chinos que llegaron a Francia, con 400 intérpretes, durante la Primera Guerra Mundial. En el mismo momento, el Imperio ruso enviaba a 200.000 chinos, por mediación de reclutadores privados, a los bosques de Siberia, a las fábricas de Moscú, a las minas de carbón de Donetsk o a las obras del ferrocarril. Tras la caída del régimen zarista, alrededor de 40.000 ciudadanos chinos pasaron a formar parte de las filas del Ejército Rojo.

Aquellos que desembarcaron en territorio francés a partir del 24 de agosto de 1916 debían paliar la falta de personal en las fábricas y laborar en las bases de la retaguardia de los ejércitos aliados. A Georges Truptil, oficial jubilado de las tropas coloniales, se le encomendó la misión de trasladarse hasta Pekín para reclutar a esos trabajadores. Su interlocutor fue Huimin, una compañía privada creada por oficiales chinos para salvaguardar la aparente neutralidad de su país en el conflicto, proclamada por el Gobierno de entonces. Los británicos siguieron rápidamente los pasos de Truptil, estos se apoyaron en pastores anglicanos instalados en los campos de Shandong, en el este de China: “Recibían una prima de 17 chelines por persona”, afirma Ma Li. El imperio colonial británico ya tenía experiencia en esta práctica: entre 1903 y 1910, envió a 64.000 trabajadores chinos a las minas de oro sudafricanas.

Los testimonios que Ma Li ha recogido en China entre 45 familias de descendientes de trabajadores completan la información suministrada con cuentagotas por los archivos militares. “El 88% de esos chinos eran campesinos iletrados que también sufrieron el trauma de la guerra. No hablaban mucho sobre su experiencia francesa y sólo algunos inmigrantes dejaron escritos. Sus testimonios son valiosos”, afirma. Y, además, precisa: “Sabemos que, en su gran mayoría, eran originarios de la provincia de Shandong y tenían entre 16 y 40 años de edad”.

Cuarenta mil chinos se situaron bajo el mando de las autoridades francesas, con contratos de cinco años y un salario de cinco francos al día en el caso del obrero cualificado, negociado por la Confederación General del Trabajo (CGT). Trabajaban en las fábricas –como en los talleres de artillería de Le Creusot–, descargaban barcos en los puertos como Marsella o Le Havre y, más tarde, cavaban trincheras para los “poilus (1) en La Marne, en el frente del este. Cien mil trabajaron siguiendo órdenes británicas con contratos de tres años. “Los ingleses eran los más avaros –comenta Ma Li–. Nunca pagaban más de 1,50 francos al día [una décima parte del salario obrero francés] y realizaban trabajos de mayor peligrosidad”.

Los chinos al servicio de las fuerzas de la Commonwealth llevaban a cabo tareas de mantenimiento de las carreteras y de los raíles de la retaguardia, pero también cavaban trincheras en Somme y en Artois, y recogían los restos mortales de los soldados para enterrarlos. Desminaron las tierras de los alrededores de Lens y de la cresta de Vimy para devolverlas a los agricultores, retiraron escombros de los pueblos bombardeados para facilitar el regreso de la población. Tal y como lo explica Ma Li, “era muy peligroso manipular los obuses que no habían explotado. Ahora bien, no se les pagaba por semejante tarea. Se reunían esas municiones y se colocaban en agujeros; a continuación, se recubrían rápidamente con chatarra y con tierra. Ésa era su técnica”. Frédéric Willemetz, quien trabaja en el ámbito de la desminación para la seguridad civil de Arras, nos confirma esta práctica. Junto con otros quince policías, desentierra a tiempo completo los depósitos de municiones de la Primera Guerra Mundial en la región de Hauts-de-France. “Sobre todo durante la recolección de la patata, o cuando una excavadora de alguna obra hunde demasiado la cuchara. A veces encontramos obuses vacíos pero en los que hay grabados dibujos asiáticos... Un arte iniciado por los ‘poilus’”.

Si la República de China –que permaneció oficialmente neutral en el conflicto hasta agosto de 1917– aceptó semejante transferencia de mano de obra, no fue por pura bondad. Tras las dos guerras del Opio y el saqueo del Palacio de Verano por parte de las tropas británicas y francesas, entre 1839 y 1860 (2), las grandes potencias asfixiaron su economía: controlaban la explotación de los ferrocarriles y de numerosas fábricas, coordinaban la recaudación de impuestos y sacaban provecho de enclaves territoriales como Tianjin, Cantón, Qingdao y Shanghái, por no hablar de Hong Kong, cedida oficialmente al Imperio británico en 1842.

Tras el levantamiento de los bóxers (1899-1901), que apuntaba sobre todo a la ocupación extranjera, “se condenó a China a pagar una indemnización de 67 millones de libras durante 39 años –detalla Ma Li–. Así pues, ese envío masivo de mano de obra hacia Francia le permitiría renegociar este plazo, obtener el derecho a revisar al alza sus aranceles aduaneros para favorecer sus industrias y obtener la promesa de poder participar en la conferencia de paz”. Ésta tuvo lugar en Versalles en 1919, pero no permitió que China recuperara Shandong: la provincia pasó de las manos del Imperio alemán... a las del Imperio japonés. Esta cesión, insoportable para los chinos, conducirá a la sublevación nacionalista del 4 de mayo. Algunos de sus protagonistas fundarán el Partido Comunista Chino dos años más tarde, en 1921.

En Francia, la gripe española, el cólera, varias ejecuciones y numerosos accidentes causaron la muerte de 20.000 trabajadores chinos. En Noyelles-sur-Mer, un pueblo a ocho kilómetros de Saint-Valery-sur-Somme, se encuentra el cementerio chino más grande de Europa, con 849 estelas blancas; fue inaugurado en 1921. En ese lugar que hoy verdece se extendía un amplio campo de tránsito de los chinos bajo el mando británico. Cuando finalizaban sus contratos, los supervivientes regresaban a su país.

Durante una estancia en Shandong, Ma Li descubrió que decenas de esos trabajadores habían llevado con ellos a sus prometidas francesas. “Mantenían relaciones con las francesas. Algunas ofrecían sus servicios a cambio del equivalente a un mes de salario. Otras buscaban una relación estable con hombres considerados afables y valientes. Cabe señalar que, después de la guerra, muchos soldados franceses desmovilizados se sumieron en el alcoholismo”. Pero cuál sería la sorpresa de estas migrantes cuando se dieron cuenta, una vez en China, de que sus prometidos ya estaban casados... “Se vieron en la situación de que, literalmente, eran concubinas y muchas fueron a quejarse a la Embajada de Francia”.

Menos de 1.800 trabajadores chinos optaron por permanecer en Francia. Todos contaban con un contrato con el Ejército francés, el cual, al contrario que en el caso de los británicos, les ofrecía la posibilidad de instalarse allí. Entre ellos, un tal Tchang Tchang Song; uno de sus doce hijos reside en Malakoff (Hauts-de-Seine). “Crecí en La Machine, en Nièvre, donde contrataron a mi padre como minero del carbón. Allí todos éramos gueules noires (3), no surgían preguntas sobre nuestros orígenes”, cuenta Gérard Tchang, de 74 años. Al jubilarse comenzó a interesarse por su identidad china.

“Mi mujer y yo hemos pasado muchos días en los archivos del Servicio Histórico de Defensa en Vincennes. Dimos con el barco que llevó a mi padre, con veinte años, de Nankin a Marsella en 1917. Después de esos tres meses de viaje, el Ejército francés le envió a Suippes, en La Marne, con el objetivo de cavar trincheras para los ‘poilus’”. Tres años más tarde, Tchang Tchang Song decidió quedarse. Se convirtió en minero y conoció a la joven Louise, “con la que obtendría la medalla de oro de la familia francesa (4)”, precisa Tchang. Se muestra todavía más orgulloso del pasado de su padre al contarnos que formó parte de la resistencia como francotirador y partisano (FTP) durante la Segunda Guerra Mundial.

En Ventabren, cerca de Aix-en-Provence, Christiane Galas, de 87 años, también conserva el recuerdo de un padre heroico: “Se llamaba Tong Xuan Peng y se quedó huérfano con seis años. Llegó a Francia como intérprete, ya que aprendió idiomas en Hong Kong. Lo que le convenció de partir fue un bonito cartel que le prometía aventuras. Pero no esperaba que se refiriera a la guerra”. Puesto que chapurreaba francés y dominaba cinco dialectos chinos, Tong Xuan Peng sirvió como intermediario entre los trabajadores y los oficiales. Abandonó el Ejército en 1921 habiendo obtenido un permiso de conducción. Y se convirtió en chófer de gente notable. “Entonces mi padre se enamoró de una nodriza luxemburguesa que se ocupaba del bebé de una médica en París”. La pareja se instaló en la zona del Midi, y Tong Xuan Peng pasó a ser cocinero en el Grand Hôtel de Salon-de-Provence. “En cuanto se enteraba de que había un asiático, le invitaba a casa. A menudo venían a comer algunos de sus ‘hermanos’ desarraigados. A finales de los años 1950, Peng iba con regularidad al campo de los expatriados indochinos de Sainte-Livrade-sur-Lot para ayudar a los más desfavorecidos en sus trámites administrativos o para traducir cartas”.

Galas habla de un padre obsesionado por la instrucción: “Nos llevaba a ver óperas clásicas y nos obligaba a tocar varios instrumentos”. Tong Xuan Peng enviudó con 53 años. “Se hizo cargo de los matrimonios de mis hermanos y rehabilitó casas en ruinas para dejarnos a cada uno un peculio”. Galas, junto con su esposo, regentó un reputado laboratorio fotográfico. Agnès, la mayor de sus tres hijas, se ha convertido en profesora e investigadora en la Université d’Aix-Marseille. Actualmente participa en un proyecto europeo para compartir con Asia prácticas de enseñanza innovadoras. “Un pequeño guiño a China”, dice.

(1) N. de la T.: Apodo para hacer referencia a los soldados franceses que estaban en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial.

(2) El Reino Unido llevó a cabo la primera guerra del Opio (1839-1942); Francia, el Reino Unido y Estados Unidos, la segunda (1856-1860), obligando a China a crear veintisiete zonas de influencia y a ceder Hong Kong al Reino Unido. Ma Li habla de “semicolonización”.

(3) N. de la T.: Apodo con el que se conoce a los mineros.

(4) N. de la T.: Condecoración creada en 1920 para honrar a las familias que eduquen dignamente a varios hijos sin importar la nacionalidad de los galardonados, siempre y cuando sus hijos sean franceses.

Jordan Pouille

Periodista.