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Una minoría enfrentada a las agresiones y a los estereotipos

Franceses de origen chino, la afirmación de una comunidad

Los chinos de Francia, durante mucho tiempo discretos, irrumpieron en la escena francesa organizando una importante manifestación en septiembre de 2016: reclamaban más protección tras la agresión mortal a uno de los suyos. En efecto, se trata de una unidad que no era evidente. A diferencia de sus mayores, la segunda generación quiere luchar contra los prejuicios de los que es víctima.

por Zhang Zhulin, mayo de 2017

En su oficina de la octava planta de un rascacielos de La Défense, barrio de negocios al oeste de París, You Feiran, ingeniero de unos treinta años, participa activamente en las discusiones en WeChat, una red social muy popular entre los chinos. Su grupo, de alrededor de quinientos miembros, reúne a estudiantes, ingenieros, comerciantes, investigadores, directivos, etc., que, en su gran mayoría, viven o han vivido en Francia. Chatean a diario.

En la mañana del 2 de agosto de 2016, una joven música lanza improperios contra “un grupo de tibetanos [con el que se ha] cruzado en Conflans-Sainte-Honorine [departamento francés de Yvelines], deambulando por calles antes ocupadas por personas ‘sin techo’. ¿Por qué los mantienen esos idiotas [los franceses]?”. En este acalorado ambiente, You Feiran, quien llegó a Francia con diez años, intenta calmar los ánimos: “Esos tibetanos son como el resto de solicitantes de asilo. Las asociaciones se ocupan de ellos”. Sus palabras caen en saco roto. Otro miembro afirma que “Francia no es un basurero, pero ha acogido a muchos desechos”. Al encontrarme de nuevo con él un mes más tarde, You Feiran relativiza esa andanada. Asegura que ese tipo de reflexiones emana a menudo de personas que “han sufrido injusticias o que han escuchado comentarios racistas, bastante extendidos entre nuestra sociedad”. A los dirigentes políticos franceses les gusta hablar de integración, pero, a la vez, ahogan regularmente a sus conciudadanos de origen asiático en un océano de ideas preconcebidas. A pesar de que las primeras generaciones de inmigrantes chinos se quedaron calladas y siguen así aunque sufran, sus descendientes, que no padecen la barrera del idioma, han decidido reaccionar. “Hay una especie de asignación facial en la sociedad. Los franceses ven mi cara y me asignan un papel aunque no salga de mi boca ninguna palabra. Perciben un mensaje y lo interpretan: ese asiático es trabajador, no le gusta hablar demasiado ni meterse en problemas”, observa Wang Rui, titulado en Administración y Finanzas por la Universidad de Paris-Dauphine y presidente de la Asociación de Jóvenes Chinos en Francia.

Para Wang Simeng, socióloga y especialista de la comunidad china en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS, siglas en francés), esta apreciación podría percibirse como una “discriminación positiva” comparada con la suerte de otros inmigrantes, de entrada sospechosos de tener las peores intenciones. Pero Wang Rui no parece compartir esa “ventaja”: “Cuando era más joven quería comprar lejía para blanquearme la piel”. A continuación, enumera los prejuicios y los comentarios racistas a los que tuvo que enfrentarse a lo largo de toda su infancia.

En la nueva generación, los trastornos de identidad no escasean, tal y como lo relata Frédéric Chau, uno de los actores de origen asiático más populares en Francia, sobre todo después de su participación en la película Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? (1). Llegó a Francia con seis meses y durante su adolescencia rechazó violentamente sus orígenes. “Pero al hacerme adulto me di cuenta de que todo lo bueno que me ha pasado en la vida ha sido gracias a ellos”, reconoce. Nacido en Vietnam de padres provenientes de la minoría china de Camboya, cuenta que necesitó largas conversaciones con sus padres y sus abuelos, así como estancias en Tailandia, en Vietnam, en Camboya y en Birmania, para encontrar la paz interior. Y probablemente no sea el único.

Actualmente vivirían en Francia 600.000 personas de origen chino, mayoritariamente en la región de Île-de-France; pero como las estadísticas étnicas no están autorizadas, sólo se trata de una estimación (2). Algunos poseen pasaporte francés; otros, pasaporte chino –Pekín no reconoce la doble nacionalidad–. ¿Cómo pudieron acabar en un país geográfica y culturalmente tan lejano? La pregunta es tanto más legítima cuanto que esta inmigración no fue “deseada por el país de acogida, salvo durante la Primera Guerra Mundial”, observa la revista Échanges (3). Al apoyarse en los menos 1.800 chinos que permanecieron en Francia después de 1918 (véase el artículo de Jordan Pouille), una primera ola llegó entre 1925 y 1935, procedente de las ciudades de Qingtian y sobre todo de Wenzhou (provincia de Zhejiang) (4). A continuación, en los años 1970, llegaron aquellos a quienes se llamó los boat people: teochew, chinos del sur del país (Cantón) que habían huido del comunismo emigrando a Camboya, a Laos y a Vietnam del Sur y que abandonaron la región –como muchos survietnamitas– tras finalizar la guerra con Estados Unidos. Se concentran en el distrito XIII de París, aunque algunos residen en la periferia. Tras la apertura de las fronteras chinas, en 1979, nuevos compatriotas procedentes de Wenzhou se sumaron.

Otra ola partió desde Dongbei, que agrupa las provincias del Noreste (Liaoning, Heilongjiang, Jilin), en los años 1990-2000 tras las reestructuraciones y los despidos masivos en la industria pesada. Se encuentran en el barrio de Belleville en París. En cuanto a los mayoristas y a las sociedades de importaciones y exportaciones, los precios inmobiliarios y las dificultades de estacionamiento les hicieron desplazarse a la periferia y, sobre todo, a Aubervilliers, a antiguos almacenes. Entre 4.000 y 5.000 personas de origen chino trabajan allí, un 30% de los cuales son asalariados procedentes de Dongbei (5).

Su presencia en el comercio y en la confección aparece a menudo como la señal del éxito económico de esta comunidad: 35.000 comercios de proximidad como restaurantes, tiendas de alimentación, floristerías o bares con estanco pertenecerían a chinos de Francia. Es menos conocida su presencia en profesiones liberales (abogados, arquitectos…) (6) y en puestos de dirección: el 27% de los descendientes de progenitores asiáticos pertenecen a la categoría de altos cargos directivos, frente al 16,7% en el conjunto de la población activa francesa (7).

Por último, los estudiantes chinos han optado por el camino de las universidades y de las Grandes Écoles francesas (8). En el inicio del año académico 2015-2016 eran 28.043, en la segunda posición de los estudiantes extranjeros en Francia, según el Observatorio de Movilidad Estudiantil de Campus France. Algunos planean establecerse en Francia, como Li Donglu, que vive en una habitación en Montreuil, en la periferia parisina. Tras realizar sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Versalles, a sus 34 años es uno de los pocos de la nueva generación artística china que vive de su arte, aunque modestamente. “Aquí la vida es muy sencilla. No hay ninguna obligación social como en China”, se congratula. La Galerie A2Z, en París, le ayuda mucho. Dirigida por Li Ziwei y Anthony Phuong, una pareja de unos treinta años de origen chino-vietnamita, pretende ser una pasarela entre las culturas asiática y francesa: “Nosotros tenemos otra manera de transmitir. Ponemos el acento en elementos que podrían pasar inadvertidos”.

No obstante, detrás de esta bella fachada de éxito social y cultural, varias decenas de miles de chinos siguen trabajando “sin papeles”, como ayudantes en la restauración, la confección, la marroquinería o la construcción, por salarios miserables. Es difícil conocer su número exacto. En 2005, el estudio de Gao Yun y Véronique Poisson mencionaba 60.000 clandestinos, de los que dos terceras partes vivirían en París (9). Por no hablar de aquellos que se ven obligados a ejercer la prostitución (véase el recuadro). Pese a todo, lo que domina en el imaginario es el éxito de la mayoría, dejando suponer bolsillos o carteras bien provistas –lo que explica los repetidos atracos–.

Guo Zhimin, presidente de la Asociación de Comerciantes e Industriales Franco-Chinos, conoce bien esta violencia. En la época en la que regentaba un supermercado asiático en Belleville, entre 1995 y 2003, le impactó la frecuencia de las agresiones. “Todas las semanas había robos. A mis clientes asiáticos les robaban la bolsa a la salida de mi supermercado. Era moneda corriente –recuerda–. Varias veces me peleé con ladrones”. Yang, cuyo marido posee una agencia de viajes en el distrito III de la capital, confiesa: “Desde hace varios años evito ir a Belleville porque tengo miedo de que me roben. Tal vez piense que exagero, pero es la verdad”.

Ese sentimiento de inseguridad llevó a la comunidad china a organizar una manifestación por primera vez en su historia, el 20 de junio de 2010. Miles de personas (8.500 según la policía, 30.000 según los organizadores) marcharon por el barrio de Belleville para protestar tras una agresión perpetrada durante el banquete de una boda. Un año más tarde, el 19 de junio de 2011, volvían a salir a la calle para corear: “La seguridad es un derecho”; mientras tanto, el hijo de un restaurador chino que había sido víctima de una agresión se encontraba en coma. A partir de entonces se creó una brigada especializada sobre el terreno que multiplicó las patrullas alrededor de la estación de metro de Belleville, a caballo entre los distritos X, XI, XIX y XX. Gracias a esta brigada, vecinos como Guo –que tiene su comercio en Aubervilliers– perciben a su barrio como más tranquilo.

Sin embargo, observa, “la violencia de hoy es mucho más peligrosa. Antes los ladrones sólo se llevaban las bolsas y el dinero; ahora, de entrada, les pegan a sus víctimas”. Prueba de ello fue la muerte, en Aubervilliers, de Zhang Chaolin –un obrero chino de 49 años que fue golpeado por tres jóvenes–. A raíz de este crimen tuvo lugar la gigantesca manifestación del 4 de septiembre de 2016: 50.000 personas (15.500 según la policía), mayoritariamente chinos pero también vietnamitas, camboyanos, coreanos, etc., de todas las edades y profesiones, se reunieron en la plaza de la República, en París, al grito de “Libertad, igualdad, fraternidad y seguridad”. La manifestación, convocada por 64 organizaciones chinas y asiáticas –como la Asociación de Chinos Residentes en Francia, la de los Jóvenes Chinos de Francia o la de los comerciantes–, impresionó por el número y la determinación de los participantes, así como por el rigor de la organización.

Ya el 13 de agosto de 2016, es decir, al día siguiente de la muerte de Zhang, se había celebrado una reunión en el bufete del abogado Wang Lijie, en París. Asistieron un puñado de personas. “Decidimos organizar una manifestación para el día siguiente”, recuerda Wang Rui. Una primera manifestación espontánea en Aubervilliers reunió a 1.000 personas. En la segunda, el 21 de agosto, el número de manifestantes se había multiplicado por cuatro. Estas dos movilizaciones constituyeron una base sólida para el movimiento venidero.

Unidos para dar una respuesta, jóvenes y ancianos no siempre tienen los mismos puntos de vista, en particular sobre las relaciones con las autoridades de su país de origen. “Nosotros, los jóvenes, nos oponemos a la decisión de apelar a la Embajada de China”, declara Wang Rui. Ahora bien, para sus mayores se trata de un paso indispensable. Desde su punto de vista, algunos jóvenes han olvidado sus raíces. De esta manera, según uno de los participantes, los oficiales chinos asistieron a todas las concentraciones, salvo a la primera. Algo muy normal, considera Wu Changhong, periodista en Huarenjie –un periódico en mandarín editado en París–: “Zhang Chaolin era un ciudadano chino”.

Para soslayar el obstáculo de la división, Chi Wansheng, presidente de la Asociación de Chinos en Francia –la organización comunitaria más importante y la más antigua–, propuso repartir las tareas entre las asociaciones. “Esta manera de proceder resultó ser eficaz. De no ser así, la concentración no habría podido tener éxito”, reconoce Wang Rui. A él mismo le asignaron el área de comunicación del movimiento en francés; a Wu Changhong, el área de comunicación en chino. Así consiguieron llegar a toda la comunidad que vive en Francia.

La amplitud del desfile engendró la sospecha de un apoyo de Pekín. Pero, para la investigadora Wang Simeng, simplemente se debía “a la comunidad china en Francia, que ha adquirido cierta madurez”. Los representantes de la segunda generación, explica, tienen treinta años o más. Conocieron las dos manifestaciones de 2010 y de 2011 y quieren “ser considerados plenamente franceses”. Han aprovechado el auge de las redes sociales para comunicarse, a la vez que han obtenido el apoyo de los ancianos. El secreto del éxito.

En efecto, el discurso únicamente en chino de Lu Qinjiang, consejera en la Embajada de China, causó perplejidad. Todavía hoy, Wang Rui repite que “los jóvenes estaban en contra de esa invitación”, que, a su entender, empañó el movimiento. También se oponían a todos los discursos de los políticos franceses.

Wang Simeng asegura que si el movimiento se hubiera producido hace veinte años, “la Embajada de China probablemente no habría asistido porque las diásporas habían sido abandonadas”. Para ella, se trata de una recuperación política: “En la actualidad, China considera que la diáspora es importante y que tiene un papel por desempeñar, económico o de comunicación”. Pero no es seguro que la nueva generación, que se siente francesa de pleno derecho, comparta esta opinión. No fue fruto de la casualidad que, ante la impresionante multitud agolpada en la plaza de la República, Wang Rui repitiera por el micrófono: “¡Manifestantes, esta manifestación es nuestra!”.

(1) Esta película de Philippe de Chauveron (2014) cuenta la historia de una pareja de burgueses franceses católicos que ven cómo todas sus hijas se casan con hombres de orígenes y de religiones diferentes.

(2) Las cifras varían entre 300.000 (según la Organización Internacional del Trabajo) y 600.000 (según algunos expertos).

(3) Henri Simon, “France: l’immigration chinoise”, Échanges, n° 121, París, verano de 2007.

(4) Yu-Sion Live, “Les Chinois de Paris: groupes, quartiers et réseaux”, en Antoine Marès y Pierre Milza (bajo la dir. de), Le Paris des étrangers depuis 1945, Publications de la Sorbonne, París, 1995.

(5) Luc Richard, “… Aubervilliers, après le ‘miracle chinois’”, Marianne, París, 17 de agosto de 2013.

(6) Sandrine Trouvelot, “Immigration: pourquoi les Chinois réussissent mieux que les autres”, Capital, París, 6 de diciembre de 2012.

(7) Trajectoire et Origines (TeO): Enquête sur la diversité des populations de France, Institut National de la Statistique et des Études Économiques (INSEE) – Institut National d’Études Démographiques (INED), 2008.

(8) N. de la T.: Las Grandes Écoles son una serie de establecimientos públicos y privados franceses de educación superior de alto nivel, caracterizados por una estricta selección de los alumnos.

(9) Gao Yun y Véronique Poisson, “Le trafic et l’exploitation des immigrants chinois en France”, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra, marzo de 2005.

Zhang Zhulin

Periodista..