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Joe Biden, el candidato demócrata que provoca depresión en la izquierda estadounidense

En Estados Unidos, “nada cambiará fundamentalmente”

Biden es un político de tradición clásica, familiar y apreciado, mientras que Donald Trump, atrincherado en su narcisismo patológico, exuda resentimiento y no para de inventar nuevas formas de resultar despreciable. Cuesta imaginar cómo alguien que ha gestionado una crisis económica y sanitaria de forma tan desastrosa como Donald Trump puede lograr que sus votantes vayan y le pidan que repita su mandato. Aun así, resulta deprimente ver cómo se va a desperdiciar esta oportunidad. “Nada cambiará fundamentalmente” si Biden se convierte en el presidente, como él mismo aseguró a sus acaudalados donantes. Se trata de un eslogan prodigioso para un momento como este.

por Thomas Frank, junio de 2020

Estados Unidos atraviesa su peor momento. La pandemia que los profetas del colapso llevaban décadas anunciando finalmente ha llegado, y, cómo no, estábamos de todo menos preparados. Nuestro mastodóntico Gobierno, ese espantajo que tanto le gusta agitar a la extrema derecha en tiempos ordinarios, ha resultado incapaz de levantarse de su poltrona a la hora de la verdad. Nuestro presidente, Donald Trump, antigua estrella de la telerrealidad convertida en presidente, no solo ha demostrado su total incompetencia, sino que también ha supuesto un peligro para la salud pública con sus comparecencias (hasta hace poco) diarias en las que nos obsequiaba con sus sandeces y divagaciones. La ciudad de Nueva York, donde el virus ha causado los mayores estragos, hace solo unas semanas enterraba montañas de ataúdes en fosas comunes abiertas con excavadoras.

Obviamente, la cuarentena ha supuesto asfixiar a sabiendas la economía, que hasta hace unos meses funcionaba a pleno rendimiento. En Estados Unidos no disponemos de un mecanismo para paliar los efectos de un parón semejante –en su lugar, la gente se queda sin trabajo sin más o se ve obligada a bajar la persiana definitivamente– y de la noche a la mañana hemos pasado de uno de los momentos de mayor frenesí económico que he conocido en mi vida a una nueva Gran Depresión, saltándonos todos los pasos intermedios y cayendo directamente en la casilla del desempleo generalizado y la desaparición de negocios tanto grandes como pequeños.

Aquí, en el país donde el individuo es el rey, el individuo se ha ahogado, arrastrado por la corriente anónima de la enfermedad y el colapso económico. Nuestros seres queridos mueren solos en algún hospital perdido y los restaurantes concurridos de ayer cierran hoy olvidados mientras sus jóvenes y ambiciosos jefes de cocina rellenan formularios de desempleo, al igual que millones de personas como ellos.

Y todo esto sucede durante la que bien podría ser la mejor época de Estados Unidos. Aquí, en mi pequeño rincón del país [Bethesda, un barrio residencial de Washington], estamos disfrutando de la primavera más exuberante y bella que jamás he visto. Para la gente acomodada que me rodea, esta epidemia se ha presentado en un paisaje digno de un cuadro de Fragonard: los primeros temores llegaron al tiempo que los narcisos florecían, seguidos de los tulipanes, las magnolias y los cerezos, las azaleas y los rododendros; y en estos momentos los arraclanes en flor se arquean sobre mí mientras corro por las calles tranquilas y sin coches de Bethesda.

Mires donde mires, te encuentras con este irónico contraste. Estos días, prácticamente todos los que tienen voz en este país proclaman que la pandemia de algún modo confirma rotundamente sus creencias previas. Para algunos medios de comunicación, esta situación no hace sino confirmar lo que llevan años diciendo sobre la ignorancia y la estupidez del presidente Trump. Para los conservadores, esta no hace sino reafirmar lo que llevan también años diciendo sobre los liberales buenistas y sus deseos suicidas de dejar entrar a cualquiera en el país. La pandemia ha sido para todos ellos el festival del “ya lo decía yo”.

Sin embargo, lo que sí se está confirmando es que, más que reforzar los tótems del consenso estadounidense, este episodio los está haciendo trizas. Durante décadas, este país ha externalizado sus capacidades de producción porque todo el mundo entendió que era el precio que se debía pagar para entrar en la era de la información. Íbamos a ser una nación de trabajadores trajeados que harían cosas innovadoras, como medicinas o manuales de derecho; cosas importantes para la mente que apenas pesarían. Y aquí estamos ahora, víctimas de la falta de mascarillas y test y hasta de gel desinfectante. Y mientras, vete a saber por qué, nuestros engolados dirigentes se muestran incapaces de convencer a nuestros antiguos socios comerciales de que la Tierra es plana y de que nos tienen que enviar de inmediato el material que necesitamos. La muerte se ríe en nuestros bobalicones morros neoliberales.

El sistema estadounidense de salud con ánimo de lucro, construido durante décadas con las entusiastas aportaciones de los dos partidos políticos que se turnan en el poder, se ha mostrado totalmente incapaz de responder a los desafíos de la pandemia. Por un motivo muy simple: nunca se ha concebido con fines orientados a la salud pública. A lo largo de mi vida, el mensaje implícito tras el sistema de salud estadounidense para los que somos sus usuarios siempre ha ido dirigido a hacernos ver que se trata de un privilegio; algo a lo que accedes tras alcanzar el éxito y la prosperidad individuales. Es un sistema meritocrático tanto por cómo recompensa a los médicos de éxito y a los geniecillos de la industria farmacéutica como por la forma en que segrega el acceso a la salud. Los pacientes sin recursos que no tienen un seguro o que cuentan con uno mediocre, pero que se empeñan aun así en curar sus huesos fracturados o sus órganos enfermos, con frecuencia son abocados a la ruina por el pago de facturas astronómicas. La idea de que quizá debiéramos dejar de sangrar a esa gente y distribuir gratuitamente test o tratamientos para la covid-19 es tan contraria al consenso sanitario de este país que cuesta imaginar cuándo y cómo se llevará a cabo este paso tan necesario.

La epidemia habrá tenido al menos un efecto beneficioso sobre nuestra concepción de las clases sociales. No hace tanto, el estadounidense formado y biempensante opinaba que todo aquel trabajo que no requiriera una formación universitaria era un trabajo de segunda categoría (1): pesado, tosco y contaminante, lo desempeñaban a menudo votantes de Trump cuyo estilo de vida se estaba desmoronando porque merecía desmoronarse. Hace apenas unos años, el milmillonario demócrata Michael Bloomberg extasiaba a los estudiantes de la Universidad de Oxford con sesudas teorías de cómo la era de la información prioriza el “saber pensar y analizar” frente a las habilidades rudimentarias poseídas por los agricultores y los trabajadores de la industria.

Hoy, esos agricultores y trabajadores de la industria son los únicos que se interponen entre nosotros y el abismo. Muchos de ellos se juegan la vida a diario ahí afuera, expuestos al virus. Otros están siendo obligados a regresar a sus puestos de trabajo mal remunerados sin que se tenga en cuenta su vulnerabilidad frente a una muerte relacionada con la covid-19. Se contagian en las tiendas de alimentación y en las plantas de procesamiento de carne mientras los responsables que los han mandado a trabajar –los gurús de la era de la información– permanecen refugiados en sus casas y disfrutan de un mercado de valores milagrosamente al alza (cortesía del Congreso y de la Reserva Federal). Estos últimos sí que pueden realizar su trabajo desde casa, por correo electrónico o videoconferencia.

Si has pensado que esta es una situación en la que la clase obrera podría acabar diciendo basta, estás en lo cierto. Aunque es difícil saberlo con seguridad, pues el periodismo social está virtualmente muerto en Estados Unidos, hay indicios de que la militancia obrera se ha reanimado. Uno de los lobistas antisindicalistas más influyentes de Estados Unidos, Rick Berman, recientemente advertía a sus clientes de la posibilidad de una “rebelión parcial de los trabajadores” (2), y parece que a lo largo y ancho del país han estallado varias huelgas espontáneas durante las últimas semanas (3).

Todos estos elementos apuntan en una misma dirección: la extinción repentina de la acomodada visión del mundo adoptada e impuesta al resto del planeta por los dirigentes estadounidenses durante los años 1970, 1980 y 1990. La situación aquí está preñada de posibilidades. Podría pasar cualquier cosa.

Aquí es, no obstante, donde nos topamos con la ironía oscura y patológica del liberalismo estadounidense. La institución que debería ayudarnos a romper con nuestra vieja forma de ver las cosas es el Partido Demócrata –de hecho, es prácticamente la única institución que podría en la actualidad–. Y, sin embargo, apenas unas semanas antes de que el coronavirus estallara en Estados Unidos, fue ese mismo Partido Demócrata quien consiguió, en medio de una explosión pública de júbilo, aniquilar toda posibilidad de que se produzca un cambio en el pensamiento político estadounidense a corto plazo. Sus dirigentes parecen decididos a desperdiciar esta crisis.

Me explico. El Partido Demócrata pasó gran parte del año pasado celebrando debates entre los aspirantes a candidato a la presidencia. Al principio, en un reflejo fiel del clima en la izquierda del país, muchos de los pesos pesados del partido parecieron haber roto definitivamente, e incluso de forma creativa, con los viejos tabúes. Pero después de que el favorito del establishment, el exvicepresidente Joe Biden, ganara las primarias en Carolina del Sur a finales de febrero, la mayoría de los candidatos restantes plegaron velas abruptamente y le dieron su apoyo. El único candidato que persistió, el senador por Vermont Bernie Sanders –el principal reformista de nuestra era y una figura estimada por la juventud– aguantó un poco más, hasta acabar rindiéndose ante el curso inevitable que habían tomado las cosas.

Biden, el hombre que emergió vencedor de esta maraña de insatisfacción fue, en otras palabras, aquel que prometió hacer menos. Su partido está preparándose para ofrecernos unas elecciones generales que serán poco más que un plebiscito a favor o en contra de la odiada figura de Donald Trump. Por una vez en la vida tenemos un clima en el que el electorado estadounidense optaría sin dudarlo por el cambio si se le ofreciera y el partido del cambio ha logrado asegurarse de que no se le ofrezca. En vez de eso, podemos elegir entre dos varones blancos, mayores y conservadores, conocidos por su relación laxa con la verdad, acusados de acoso sexual y que no representan ni la más mínima posibilidad de una reforma democrática de calado. Una vez más, el viejo orden ha sido rescatado milagrosamente.

Me permito insistir: el clima actual en el país es tal que, con el líder adecuado, podrían pasar cosas reseñables. Y en vez de eso, nos ofrecen a Biden, un afable veterano de Washington implicado en muchos de los desastres que han marcado las tres últimas décadas: unos acuerdos comerciales letales para los trabajadores, la guerra de Irak, una cruel ley de bancarrota, encarcelamientos en masa, el ataque sin precedentes a las libertades civiles conocido como Patriot Act… Este político hasta se jacta de haberse codeado con segregacionistas en los inicios de su carrera política.

Es bastante posible que gane, claro. A pesar de sus opiniones, Biden es un político de tradición clásica, familiar y apreciado, mientras que Donald Trump, atrincherado en su narcisismo patológico, exuda resentimiento y no para de inventar nuevas formas de resultar despreciable. Cuesta imaginar cómo alguien que ha gestionado una crisis económica y sanitaria de forma tan desastrosa como Donald Trump puede lograr que sus votantes vayan y le pidan que repita su mandato.

Aun así, resulta deprimente ver cómo se va a desperdiciar esta oportunidad. “Nada cambiará fundamentalmente” si Biden se convierte en el presidente, como él mismo aseguró a sus acaudalados donantes. Se trata de un eslogan prodigioso para un momento como este. Mis amigos de izquierdas me cuentan que están deprimidos. Su héroe, Bernie Sanders, que parecía imbatible en enero, ha sido derrotado y ahora están encerrados en casa viendo a la gente intercambiar lindezas en Twitter. Comparto el sentimiento, pero creo que la cosa va más allá. La perspectiva de un inmovilismo total tras esta catástrofe ya es desgracia suficiente, pero los periódicos nos cuentan a diario que el viejo orden no está de brazos cruzados. Cada día nos encontramos con una nueva argucia destinada a rescatar con dinero público las grandes empresas del país o con alguna nueva usurpación de poder a cargo de Silicon Valley. El gobernador demócrata del estado de Nueva York, Andrew Cuomo, por ejemplo, ha aprovechado la cuarentena para contratar a Bill Gates y a otros multimillonarios de las tecnológicas para que rediseñen el futuro de su región. Y no hay absolutamente nada que podamos hacer al respecto.

El temor que nos invade en este contexto de pandemia es a que, en nuestra ausencia, la democracia misma sea reprogramada. El sistema nos ha fallado y seguirá haciéndolo porque para eso ha sido diseñado, pero mientras nosotros, el pueblo, estamos fuera de juego momentáneamente, otros toman decisiones de las que cambian el mundo. Los poderosos están ahí afuera reescribiendo el contrato social mientras nosotros nos tenemos que conformar con ver la televisión y consolarnos con un trago.

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(1) Véase Lizzie O’Shea, “Los empleos no cualificados no existen”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2020.

(2) Lee Fang y Nick Surgey, “Anti-union operative warns business of historic rise in labor activism”, The Intercept, Nueva York, 1 de mayo de 2020.

(3) Covid-19 strike wave interactive map”, Payday Report.

Thomas Frank

Periodista e historiador. Autor de The People, No: A Brief History of Anti-Populism, Metropolitan Books, Nueva York, 2020. Están publicados en español: La conquista de lo cool (Alpha Decay, 2011, Barcelona) y ¿Qué pasa con Kansas? Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos, (Acuarela Libros, 2008, Madrid), entre otros.