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De Nueva York a Tokio, una tendencia que transforma los modos de vida

Vivir solo, pero no solitariamente

Residual hace cincuenta años, el número de personas que viven solas ha explotado en los países calificados como “desarrollados”. Algunos ven ahí el signo de un aislamiento social creciente, e incluso una forma de narcisismo. Sin embargo, el estudio de las condiciones que han hecho posible esta transformación muestra un cuadro mucho más matizado, donde se mezclan el individualismo y la profusión de las relaciones.

por Eric Klinenberg, marzo de 2013

Al principio del Antiguo Testamento Dios creó el mundo realizando una tarea por día: los cielos y la tierra, la luz, las especies vegetales y animales de toda clase, etc. De cada una de sus obras, Dios observó con satisfacción que “es buena”. Pero el tono cambió al crear a Adán y descubrir la imperfección de la criatura humana: “No es bueno que el ­hombre esté solo”, se dio cuenta. En consecuencia, creó a Eva para que le hiciera compañía a Adán. Con el tiempo, la exhortación a combatir la soledad humana sale del perímetro teológico e inunda la filosofía y la literatura. El poeta griego Teócrito asegura que “el hombre tendrá siempre necesidad del hombre”, mientras que Marco Aurelio, emperador romano inflamado de estoicismo asimila a los hombres a “animales sociales”. Nada expresa mejor la necesidad de vida colectiva que la invención de la familia. En todas las épocas (...)

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P.-S.

El análisis de este artículo es desarrollado en la obra, del mismo autor, The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone, Penguin Press, Nueva York, 2012.