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Llamado a los lectores

No somos robots

por Serge Halimi, octubre de 2013

¿La prensa en soporte papel habrá muerto en 2032? Jeff Bezos, que había anunciado esto el año pasado, acaba de comprar el Washington Post. ¿Una contradicción? No realmente. Cuando se es dueño de Amazon y el 1% de su fortuna alcanza para comprar una publicación que valía diez veces más hace dos décadas, uno puede darse el gusto de pagarse algunas fantasías. Tener las llaves del diario que destapó el caso Watergate costará a Bezos apenas un poco más caro que su proyecto de enterrar en Texas, a 150 metros bajo tierra, un reloj que seguirá dando la hora dentro de diez mil años. ¿La prensa escrita habrá muerto realmente para entonces?

Los diarios no tienen buenas ventas, es cierto, y se pueden comprar por cifras irrisorias. En cinco años, su difusión se ha reducido un 13% en América del Norte, un 24,8% en Europa Occidental y un 27,4% en Europa del Este (1). Como las ventas de publicidad, atraídas por la web, están aún peor, la valorización de las publicaciones que dependían de estas ha caído en picado. En Estados Unidos, se ha dividido por diez en veinte años, sin contar la inflación (2). Esta caída estrepitosa sería una buena noticia si permitiera limpiar el paisaje ideológico de los medios de comunicación en el mercado, seguramente demasiado numerosos.

Pero nada anuncia que las cosas vayan a reequilibrarse de esa forma. Al contrario: los diarios que están en desacuerdo con las orientaciones dominantes y con los ucases de los anunciantes afrontan serias dificultades; en cuanto a los demás, el dinero circula a raudales. Nicolas Beytout, –ex director de Les Echos, donde protegía los intereses de Louis Vuitton Moët-Henessy (LVMH) y de Bernard Arnault, actuales dueños de la publicación, después de haber pasado por Le Figaro, donde defendió con el mismo fervor los de Nicolas Sarkozy– ha lanzado un diario en mayo último. El óbolo de los multimillonarios le habría permitido cosechar entre 12 y 15 millones de euros (3) cuando las ventas en los kioscos difícilmente llegan a 3.000 ejemplares. Si Le Monde diplomatique dispusiera de 4.000 euros por ejemplar vendido, este llamamiento a donaciones no tendría ningún sentido...

La patronal tiene debilidad por L’Opinion, de Beytout. Su diario se proclama, orgullosamente, “liberal, pro-business, europeo”. En suma, es igual que Les Echos de Arnault. Le Figaro de Serge Dassault se describe más bien como “liberal, conservador, europeo” (4), sin por ello mostrarse salvajemente anti-business. Por lo tanto, hay que ser un poco excéntrico para seguir repitiendo que en Francia se maltrata a las ideas liberales y “europeas”.

Estas recibirán un trato aún mejor ahora que Christine Ockrent, periodista que razona como una multinacional, acaba de sumar a su programa semanal de la emisora France Culture un matutino diario de información en el canal i>Télé. Y ahora que los talentos de Laurence Parisot, ex dirigente de la patronal francesa, han consiguido un nuevo contrato en dos emisoras de radio de la competencia, RTL y Europe 1. El día en que la actualidad esté relacionada con BNP Paribas, Natixis o Michelin, Parisot informará de ello a la audiencia con competencia, cuando no independencia, puesto que forma parte del consejo de administración de estas tres empresas y de sus sociedades matriz. En suma, las lamentaciones mediáticas sobre el ajuste fiscal podrían no aplacarse a corto plazo. Y también hacernos olvidar que esta presión tal vez tendría menos apoyo si Natixis y BNP Paribas, por ejemplo, pagaran sus impuestos fuera de Luxemburgo y Singapur.

En estos tiempos en que los lectores y los anunciantes se escurren, la patronal no es la única que ha salido a socorrer a la prensa. En Francia, el Estado sigue consagrando a esta asistencia cientos de millones de euros al año, que, según el Tribunal de Cuentas, equivale a entre el 7,5% y el 11% del volumen de negocios global de los editores de prensa (5). Primero, para subvencionar la distribución postal de los diarios, favoreciendo a las publicaciones que más pesan físicamente, es decir, las que están plagadas de publicidad, antes que a las publicaciones más delgadas, más austeras y más libres. Pero el contribuyente también consagra más de 37 millones de euros a la distribución de los diarios, ahí también sin distinción. Y aporta 9 millones de euros, esta vez reservados a los más pobres de estos.

Tanta misericordia para terminar cayendo en deliciosas paradojas. Gran crítico de los gastos públicos, siempre que conciernan a la educación y no al armamento, Le Figaro de Serge Dassault recibió 17,2 millones de euros del Tesoro Público entre 2009 y 2011; L’Express, casi tan hostil como Le Figaro al “asistencialismo”, 6,2 millones de euros; Le Point, al que le gusta denunciar a la “mamma estatal”, 4,5 millones de euros. En cuanto a Libération (9,9 millones de euros en subsidios, siempre según el Tribunal de Cuentas) y al Nouvel Observateur (7,8 millones de euros), como tienen una buena relación con el poder actual, varias regiones o municipios presididos por gobernantes socialistas también financian sus publicaciones locales (6).

Hace treinta años, el Partido Socialista ya estaba en el poder. Y proclamaba: “Es indispensable reorganizar las subvenciones a la prensa. [...] Hay que poner fin a un sistema que hace que los ricos sean quienes reciben más ayuda y los más pobres queden abandonados. [...] La reforma de los subvenciones a la prensa también debería diferenciar mejor la naturaleza de las publicaciones y no tratar del mismo modo a la prensa política y de información general que a la prensa de entretenimiento. Debería distinguir, sobre todo en materia de ayudas a los envíos postales, a la prensa que cuenta con un fuerte volumen de publicidad de aquella que carece por completo de esta” (7).

Excelente análisis el cual Le Monde diplomatique no puede sino suscribir, pero que seguramente quedó en el olvido, ya que, en enero de 2012, poco antes de llegar a ministra de Cultura y Comunicación, Aurélie Filipetti revelaba los siguientes objetivos: “Es necesario reformar las ayudas a la prensa, hoy demasiado dispersas, y un tercio de las cuales se destina a una prensa del entretenimiento que no las necesita realmente. Crearemos, por lo tanto, una oficina única y orientaremos la mayor parte de las ayudas a la prensa que se dirige al ciudadano”. ¿Tal vez Filipetti acababa de enterarse de que las revistas que anuncian los programas de televisión habían recibido, en nombre de la libertad de expresión, más de 25 millones de euros en dos años? (8). En todo caso, cuando la ministra proclama “Es necesario”, “crearemos”, esta vez sería mejor no esperar treinta años, porque entonces será demasiado tarde...

¿Para Le Monde diplomatique también? Su existencia inmediata no corre peligro. Su difusión total está decayendo (-2,6% en el primer semestre de 2013), pero claramente menos que la de la mayoría de las publicaciones; y su venta en los kioscos resiste ahí donde los diarios muestran retrocesos de dos dígitos (9). Sin ser satisfactorios, nuestros resultados son aún más honorables, puesto que los hemos conseguido sin recurrir a anabolizantes. Tampoco hemos distribuido el diario de forma gratuita bajo la forma de “ventas” agrupadas a escuelas de comercio, hoteles, taxis o negocios de lujo. No hemos regalado el último gadget contaminante a modo de regalo de bienvenida. No hemos ofrecido sucripciones a un precio de saldo, contrariamente a las revistas –numerosas– cuya mediocridad de contenido excede las expectativas de los anunciantes. Resistir a todas esas tentaciones comporta una ventaja inmediata: nuestras cuentas estuvieron en equilibrio en 2012. Pero el año que viene va a ser más duro: pese a la subida previsible de nuestros costes, nuestros precios no pueden sufrir un nuevo aumento; la reducción del poder adquisitivo castiga las ventas de nuestras publicaciones especiales; estabilizar la difusión del periódico mensual sería casi una hazaña en el contexto actual. Dicho esto, los mecenas no se agolpan a nuestras puertas...

Para nosotros, la información gratuita no existe (10). Por lo tanto, en nuestro sitio de Internet [de la edición francesa], no se puede acceder libremente a la mayoría de los artículos del periódico mensual, salvo después de cierto tiempo (seis meses), por una duración limitada (dos años), y únicamente porque el precio de esa información así como el de su puesta en línea aún puede costearse gracias a los ingresos que nos procuran nuestros compradores, nuestros suscriptores y las donaciones que recibimos, que aumentan de año en año. Todos interesados a la vez en garantizar la independencia de Le Monde diplomatique y en dar a conocer esta publicación mensual y Manière de Voir a aquellos a quienes pudiera parecerles útil. Nuestro modelo económico se apoya en tres pilares: las ventas, la suscripción y las donaciones.

Hoy el tercero supera la totalidad de nuestros ingresos de publicidad y contribuye fuertemente a mantener todo el edificio. El año pasado, 2.075 de ustedes donaron a nuestro periódico un total de 177.500 euros. Gracias a esta suma –un 20% superior al monto reunido el año anterior– hemos concluido varios proyectos que actualmente contribuyen a nuestro desarrollo. Las donaciones son una de las mejores maneras de ayudarnos.

Los debates relativos a internet y a la “gratuidad” han hecho surgir varias contradicciones elocuentes. A menudo, los mismos que critican la precariedad de las condiciones de vida de algunos periodistas, escritores, fotógrafos, artistas, reclaman que, en nombre de la difusión de las ideas y la cultura, de ahora en adelante todo se vuelva gratuito en la web. Periodistas freelance mejor pagados para escribir artículos que se regalarán a los lectores: las cuentas no cuadran. A menos que aceptemos que el trabajo de informar se vuelva un sacerdocio o un voluntariado reservado únicamente a los privilegiados que ya disponen de otro empleo; a menos que nos volvamos esclavos de un modelo económico fundado en la publicidad y dependiente de los algoritmos de Facebook, Amazon o Google.

A medio plazo, el diagnóstico es simple: la información va a digitalizarse y a automatizarse, es decir, que su recolección y su organización se confiarán cada vez más a robots. Ya en la actualidad, una gran parte de la prensa en línea se conforma con reunir noticias en función de las afinidades de los consumidores, estas mismas medidas según sus usos habituales (11). Si, como es muy común en la actualidad, los periodistas se informan y escriben sentados detrás de su ordenador, pronto su empleo será deslocalizado, como ya ocurrió con los centros de atención telefónica de los prestadores de servicios informáticos. Luego, ¿para qué incluso seguir teniendo corresponsales en el exterior si estos se conforman con leer y parafrasear artículos locales, que ahora están disponibles en internet y pueden ser entendidos por todos gracias a los sistemas cada vez más eficaces de traducción automática?

No obstante, algunos contenidos de prensa son más fáciles de automatizar y de deslocalizar que otros. Y es ahí donde nosotros jugamos con ventaja. La investigación sobre el terreno y el análisis, sobre todo cuando estos remiten a un contexto histórico, cuando integran puestas en perspectiva internacionales y un compromiso intelectual y político, exigen una competencia, un saber hacer que un robot no poseerá hasta dentro de mucho tiempo. Para entonces, el reloj de Bezos habrá dejado de funcionar.

En suma, el futuro de la prensa impresa corre peligro, pero no necesariamente el de los diarios cuyo contenido no se limita a recolectar, clasificar y poner en línea informaciones. Todavía hay un lugar para los que comentan, comparan, ponen en perspectiva, investigan y analizan.

Y que, a veces, también proponen. En una época en la que preparar la reconquista permite combatir la apatía o la desesperanza, ya no es suficiente con decir: presentemos experiencias positivas; también hay que recordar su contexto y sus condiciones de realización. Tampoco basta con formular propuestas progresistas; también debemos preguntarnos si estas son conciliables entre sí. En otras palabras, ¿cuál es exactamente nuestro análisis del mundo y de la sociedad, de las relaciones de fuerza, del peso relativo de los grupos sociales, de la perspectiva de alianza entre ellos, de las solidaridades internacionales que no serían solo las del capital? Y, a partir de ese análisis, tratar de establecer algunas propuestas prioritarias, capaces de suscitar otras transformaciones, pero sin jamás olvidarnos de pensar en las estrategias que permiten llevarlas a cabo. Eso tampoco puede hacerlo un robot. Ni, de hecho, la mayoría de los otros periódicos.

En realidad, tres elementos propios de la información “en línea” resaltan por contraste la singularidad de Le Monde diplomatique. Primero, una superabundancia que deriva a la vez de la multiplicación de los contenidos y de la de los soportes, donde las nuevas pantallas vienen a sumarse a los medios tradicionales. Frente a estos millones de textos, audios y vídeos “posteados” cada día y que brotan de todos lados, este periódico limita todos los meses su contenido a veintiocho páginas y privilegia la pertinencia a la palabrería.

Después, una cacofonía de los productores de información: cientos de millones de internautas envían y comparten cada día sus centros de interés en las redes sociales. Le Monde diplomatique cuenta más bien con algunos cientos de colaboradores –periodistas, universitarios, militantes asociativos– dotados de facultades rara vez asociadas, que dominan sus temas y se empeñan en transmitir sus conocimientos sin ceder a los atajos.

Por último, un cuasi monopolio de los medios de jerarquización de la información, detentado por Google y los motores de búsqueda. Le Monde diplomatique, en cambio, organiza sus prioridades en función de las elecciones de su comité de redacción.

Todo conspira hoy para destruir el periodismo que nosotros representamos. La red de distribución se está deshilachando debido a la suerte que sufren los kiosqueros, a quienes los editores de prensa sacrifican deliberadamente cada vez que proponen a sus lectores tarifas de suscripción que no tienen relación con el precio del número comprado en los kioscos. Las ayudas públicas, en vez de estar reservadas a publicaciones portadoras de ideas, como la nuestra, se siguen derrochando para distribuir a bajo precio revistas de entretenimiento y aliviar la fortuna de los grupos Dassault, Lagardère, Arnault o Bolloré. Las aplicaciones electrónicas como iTunes enriquecen más a su dueño, Apple, que a las publicaciones que recurren a ella para tener mayor visibilidad y venderse en la red.

Nada de todo eso pondrá fin a nuestra aventura intelectual y a la de las cincuenta publicaciones que nos acompañan en todo el mundo, mientras que esta aventura les importe lo suficiente a ustedes para seguir procurándonos los recursos para proseguirla. Porque ¿a quién más podríamos pedírselos? ¿Y de quién nos gustaría más recibirlos que de ustedes?

(1) WAN-IFRA, “Tendances mondiales de la presse”, informe del 2 de junio de 2013. Durante el mismo periodo, los ingresos de publicidad han caído un 42,1% en América del Norte, un 23,3% en Europa del Oeste, un 30,2% en Europa del Este. http://www.wan-ifra.org/fr/press-releases/2013/06/02/tendances-mondiales-de-la-presse-l-avenir-des-medias-d-information-repose-

(2) Comprado por 1.100 millones de dólares en 1993, el Boston Globe se revendió en 70 millones de dólares al dueño de un club de béisbol; un grupo de diarios de Filadelfia acaba de venderse por 55 millones de dólares cuando en 2006 valía 515 millones; el Chicago Sun-Times se habría negociado en 20 millones de dólares, cuando valía 180 millones de dólares en 1994 (desde 1994, los precios habían aumentado un 55% en Estados Unidos).

(3) CB News,nº 23, Boulogne-Billancourt, septiembre de 2013.

(4) Según su director Alexis Brézet, en Le Figaro, 28 de marzo de 2013.

(5) “Las ayudas del Estado a la prensa escrita”, comunicado del Tribunal de Cuentas a la comisión de finanzas del Senado, julio de 2013.

(6) Léase el artículo de Julien Brygo, “Foros locales para reflotar la prensa nacional”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2013.

(7) “La loi sur la transparence et le pluralisme de la presse”, Dossiers de Lettre mensuelle de Matignon, mensual del Servicio de Difusión e Información del Primer Ministro de la República Francesa, n° 9, diciembre de 1983.

(8) Según el estudio del Tribunal de Cuentas citado más arriba. A título comparativo, el volumen de negocios anual de Le Monde diplomatique es de 10 millones de euros.

(9) Solo La Croix progresa, con una difusión real hoy superior a la de Libération, que está en caída libre.

(10) Léase el editorial de Ignacio Ramonet con el que se fundó la edición española de Le Monde diplomatique: “Informarse cuesta”, noviembre de 1995.

(11) Léase, Ignacio Ramonet, “Autómatas de la información”, Le Monde diplomatique en español, marzo de 2011.

Serge Halimi

Director de Le Monde diplomatique.