Hasta ahora nadie se ocupaba de la calidad de los medios audiovisuales, públicos o privados. Pero algunos dirigentes políticos descubrieron que la televisión era “mala”, y ahora exigen cultura. Mientras esperamos que llegue esa cultura, los animadores más vulgares están regresando a los medios públicos… y están desapareciendo los programas de literatura.
Con la coartada de algunos programas “culturales” o de algunas obras de ficción “creadoras”, los defensores del servicio público lo consideraban bueno. No son muy exigentes.
Como si –a modo de una vulgar televisión comercial– no se estuvieran también vigilando de reojo los niveles de audiencia. Como si la demagogia fuera menos abundante que en otros lugares.
Los medios de comunicación supieron dar dimensiones monstruosas al universal deseo de estupidez que dormita incluso en el fondo del intelectual más elitista. Ese fenómeno es capaz de destruir una sociedad, de hacer irrisorio cualquier esfuerzo político. ¿Para qué deslomarse reformando la escuela y (...)