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Huertos comunitarios en la Rusia capitalista

Historia de la dacha

Islote de propiedad privada durante el periodo comunista, refugio de la agricultura de subsistencia en la época de la colectivización, lugar de todas las creatividades arquitecturales y de evasión intelectual durante la presidencia de Leonid Breznev, la dacha sigue siendo la cara oculta de Rusia. Una zona de derecho consuetudinario en la que quiere poner orden la nueva ley entrada en vigor el 1 de enero de 2019. Rodeada por los suburbios que se extienden hasta el infinito y desdeñada por aquellos que prefieren las playas del mar Rojo, la casita de verano debe reinventarse.

por Christophe Trontin, agosto de 2019

Al acercarse al aeropuerto de Moscú-Cheremetyevo, el avión sobrevuela la pequeña ciudad de Putilkovo. Los pasajeros que se asoman a la ventanilla ven los macizos forestales y los complejos de torres residenciales (los mnogoetajki), los adosados de Saburovo Park, algunos campos de cultivo y, aquí y allá, terrenos comunitarios ajardinados con casitas construidas de cualquier manera. A medida que el avión pierde altura, nos damos cuenta de que muchas de estas propiedades suburbanas están descuidadas: huertos echados a perder, tejados atravesados por árboles, obras abandonadas. Estas estructuras heterogéneas, dispuestas en parcelas de dimensiones estándar de seiscientos metros cuadrados, agrupadas en los claros o bordeando cultivos apartados de los centros urbanos, constituyen, en su diversidad extraordinaria, lo que los rusos llaman la “dacha”.

La dacha está en crisis. Según Dimitri Taganov, jefe del Departamento de Análisis de Inkom-Immobilier, alrededor del 35% de las parcelas individuales de la región de Moscú están abandonadas. Otro estudio publicado en 2013 por el Centro de Opinión Pública afirma que del 38% de los rusos que declaran ser propietarios de una segunda vivienda, solo unos dos tercios la utilizan “a menudo” como lugar de vacaciones durante fines de semana, días festivos o vacaciones de verano. ¿Por qué esta relativa falta de interés? Por una parte, la dacha compite con las nuevas ofertas de ocio. Las redes sociales, las series de televisión y los juegos en línea ofrecen entretenimiento, especialmente para los menos adinerados, mientras que los viajes con todo incluido a Turquía, Tailandia o el Mar Rojo y los tesoros culturales europeos brindan nuevos horizontes a las clases medias. Además, los ritmos del trabajo capitalista y la fragmentación de los periodos vacacionales no se llevan bien con las exigencias de la jardinería, que era uno de los principales atractivos de la dacha. Y menos aún ahora que las baldas de los supermercados rebosan de frutas y verduras sea la estación que sea.

Desde 2008, los sueldos medios de los rusos se han estancado, mientras que el presupuesto de las familias se reparte entre un número creciente de tentaciones, por no hablar de los gastos ineludibles (alquiler, energía, servicios municipales), que han experimentado subidas, en mayor o menor medida, vertiginosas. Los impuestos sobre la propiedad, el transporte, los servicios de electricidad y el suministro de agua y energía convierten la casa de campo, que no solía suponer casi ningún coste, en un lujo: mantener una casa de vacaciones pequeña cuesta al menos 30.000 rublos al año (unos 420 euros), un gasto excesivo para los hogares humildes, poco rentable en la “tierra donde los tomates siempre están verdes”, como dicen los rusos. Por no hablar de las inevitables tareas de reparación y mantenimiento. Todos estos factores han llevado en los últimos años a muchos dueños a poner en venta sus segundas residencias. “La dacha es una maleta sin asa”, dice a menudo la gente. “Abandonarla resulta desgarrador, pero ya no tenemos fuerzas para cargar con ella”.

Las agencias inmobiliarias rebosan de ofertas que no encuentran comprador: “La oferta supera con creces a la demanda, que en algunos segmentos es prácticamente inexistente”, explica Irina Dobrokhotova, de Best Real Estate. En el sector de las casas de campo de gama alta, las transacciones se han desplomado en los últimos diez años (un 60% menos), mientras que las propiedades más modestas han bajado un 25%. “De las 33.000 propiedades en venta en los extrarradios cercanos a Moscú”, dice la agencia inmobiliaria Cian, “el 15% presentan desperfectos inviables y el 80% están deterioradas o sobrevaloradas. Al final, solo un 5% de esas propiedades tienen opciones de encontrar un comprador”.

Nadie sabe cuántos terrenos de estos hay en Rusia; las estimaciones varían en un factor de dos. Se estima que el país cuenta con alrededor de dieciséis millones de huertos privados, según Ludmilla Buriakova, presidenta de la Unión de Jardineros de Rusia (1). Si tenemos en cuenta las dachas y casas de campo más antiguas construidas sin permiso en la década de 1990, la cifra rondaría entre los treinta y dos y los treinta y cinco millones, según el profesor Ivan Starikov, investigador del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias de Rusia. Otros expertos estiman que hay unos quince millones de construcciones que no han sido inscritas en el catastro, muchas de las cuales están abandonadas o no se han llegado a terminar.

Una nueva ley que entró en vigor el 1 de enero de 2019 pretende poner orden en esta discreta anarquía. Una vez inscritas en el catastro, las parcelas abandonadas podrán embargarse y ponerse en el mercado, dando prioridad a los propietarios de parcelas colindantes que deseen ampliar su terreno. También se trata de poner fin a los acuerdos informales y a los cobros en efectivo entre vecinos, exigiéndoles que abran una cuenta bancaria y presenten un libro de ingresos y gastos verificable.

Apenas promulgada, esta ley ha suscitado críticas desde todos los frentes. En primer lugar, protestan por la sustitución en la legislación del término común “dacha” por el de “huertos individuales”. Es una palabra tan llena de significado y sentimiento, tan intrínsecamente rusa, que aparece en los diccionarios de otras lenguas europeas. Etimológicamente, deriva de la raíz “dat”, es decir, “donativo”, “regalo”. Su origen se remonta al siglo XVIII, cuando el zar Pedro I “cedió”, en recompensa a los buenos funcionarios del Estado, terrenos cerca de las grandes ciudades o en regiones recién adquiridas. Este enfoque meritocrático de la gestión de las tierras del imperio, en combinación con la tradición de repartir la herencia por igual entre los hijos, dio a la aristocracia rusa su particular forma, minuciosamente descrita por el ensayista francés Anatole Leroy-Beaulieu (1842-1912).

El fenómeno de la dacha como lugar de vacaciones para los urbanitas surgió tras el periodo de urbanización de la década de 1860. La abolición de la servidumbre marcó el declive de los terratenientes, que se vieron obligados a ceder o dividir sus tierras. A principios del siglo pasado, la vida en la dacha inspiró a los novelistas y dramaturgos rusos. Máximo Gorki escribió una obra de teatro, Los Veraneantes (1904), que fue adaptada varias veces al cine. La mitad de las historias de Antón Chéjov tienen como escenario la dacha, que también sirve de telón de fondo para las aventuras del príncipe Myshkin, a quien imaginó Fiódor Dostoyevski en El idiota (1869).

La Revolución de Octubre venció al Antiguo Régimen, a la Iglesia, a la propiedad privada, a las reliquias de la servidumbre... pero no a la dacha. A mediados de la década de 1920, reanudando la tradición zarista, los altos funcionarios, los artistas elegidos por el Partido, los investigadores y los académicos fueron premiados con dachas “de servicio”. Solían ser bienes requisados cuyos propietarios habían huido al extranjero. Los principales teatros, la Unión de Escritores y varios centros de investigación organizaron cooperativas de huertos para el descanso de su personal. Si bien la dacha funciona como muestra de agradecimiento a los funcionarios del Estado, también permite controlarlos, incluso castigarlos, ya que la expulsión de la dacha era la primera señal de deshonra. Durante el periodo estalinista, las ventajas concedidas a los “salvadores del país”, como los mariscales, los investigadores del programa atómico o los grandes capitanes de la industria, no planteaban un problema ideológico, sobre todo porque no se trataba de una propiedad privada, sino de una residencia oficial.

Tras la muerte de Iósif Stalin en 1953, el carácter casi aristocrático de las dachas incomoda a los líderes. Plantean acabar con esta práctica, que contraviene los ideales igualitarios socialistas. En una Unión Soviética que lo ha apostado todo a la industrialización, el éxodo rural está en pleno apogeo; la población de las ciudades se ha disparado con la llegada masiva desde los pueblos hacia los centros industriales y se agrava la crisis de la vivienda: la normativa oficial que marca seis metros cuadrados por habitante únicamente existe sobre el papel. Además, el cultivo a marchas forzadas de nuevas tierras ha producido resultados desastrosos: persiste la escasez de frutas, verduras, carne y leche. Cuando algunos parecían querer olvidar la idea de la dacha, esta aparece como solución polifacética para estas crisis que se acumulan. Las grandes empresas piden permiso para ofrecer a sus empleados parcelas de tierra para cultivar y veranear. Las autoridades proponen planos estandarizados para casitas de veinticinco metros cuadrados con porche. Sin embargo, se prohíbe instalar calefacción, por temor a que estas propiedades cuasi-privadas, que podrían ser ocupadas durante todo el año, introduzcan en las costumbres proletarias una “mentalidad de propietarios”. Por otra parte, se alienta el cultivo de los huertos, tanto para paliar la escasez de alimentos como para proporcionar una saludable actividad física a los veraneantes. Un decreto establece una superficie estándar por hogar de seiscientos metros cuadrados. Se autoriza primero una altura, luego un desván, después una buhardilla... Tras varios intentos y de acuerdo con los principios socialistas, el secretario general Nikita Jrushchov (1953-1964) democratizó la dacha.

Cada progreso social, cada modernización del periodo soviético, ha contribuido de una manera u otra al desarrollo del fenómeno. En las décadas de 1950 y 1960, la expansión de la red ferroviaria, y más tarde de las líneas de autobús, sitúa la periferia al alcance de la población urbana. La semana laboral de cinco días, introducida en 1967, permite a los empleados dedicar más tiempo a su casita de campo. Por último, a partir de los años 1970, el acceso progresivo al automóvil facilita el transporte de material y con ello el acondicionamiento de las segundas residencias.

“Las fiestas soviéticas parecen seguir el ritmo de la dacha”, dice Mijaíl Larionov, empleado de un instituto de estadística: “El 22 de abril (cumpleaños de Lenin), las heladas son solo un recuerdo. Vamos a la dacha para ordenar, limpiar y ventilar, preparar las herramientas. El puente del 1 de mayo llega justo a tiempo para cavar y preparar los surcos; el puente del 9 de mayo (victoria sobre el nazismo) es ideal para plantar patatas y rábanos, tomates, pepinos y lechugas. A medida que se acercan los siempre breves meses de verano, observamos cómo crecen, cada fin de semana, antes de poder recoger las frutas y verduras frescas durante las semanas de vacaciones. Finalmente, el puente del 7 de noviembre (Revolución de Octubre) marca el cierre oficial de la temporada. La comida enlatada de la dacha se lleva de vuelta a la ciudad”.

La vida tiene sus propias exigencias, que terminan desgastando la ideología. Con Leonid Brézhnev (1964-1982), se cierra la época de los grandes experimentos sociales y el régimen socialista ya no tiene ningún proyecto que ofrecer a su población. Entramos en lo que los rusos hoy en día todavía denominan, a veces con nostalgia, la “era de estancamiento”. Aunque la propiedad privada teóricamente sigue estando prohibida, las casitas construidas por los camaradas en su tiempo libre con su esfuerzo ya no tienen nada de colectivo. En su parcela, que oficialmente sigue siendo propiedad del Estado, pero cuyo usufructo se transmite por herencia, los empleados se convierten en señores de su castillo, mimando frutas y verduras con sabor a autonomía. En los alrededores, recolectan bayas y setas y restauran el vínculo con el bosque, perdido por la rápida urbanización del país.

Es la edad de oro de la dacha, que muchos rusos siguen añorando. La sociedad socialista está en declive y los huertos comunitarios ocupan el espacio que ocupaba el proyecto colectivo. La creatividad de los proletarios para construirse una casita ya no tiene límites. ¡Se acabaron las cabinas estandarizadas tipo Gosplan! Uno compra tablas y ladrillos, alguien consigue no se sabe cómo un vagón de metro que transforma en caravana... Las dachas “de general”, construidas por reclutas del servicio militar, crecen por todas partes y sirven como moneda de cambio entre los funcionarios. Es la hora del trapicheo, de la corrupción y del mercado negro, que adopta formas de lo más ingeniosas, desde la botella de vodka como moneda paralela hasta el trueque de bienes y servicios. Uno utiliza sus conocimientos de arquitectura para construir un tercer piso, otro instala invernaderos y empieza a cultivar hortalizas a escala industrial, un tercero cría palomas mensajeras... Otros escriben o se hunden en el alcoholismo, o ambas cosas.

Tal y como explica el historiador Stephen Lovell, esta institución supuso una fuente de autorrealización para dos generaciones de hombres rusos que trabajaron para construir y desarrollar la dacha familiar (2). Además, constituye uno de los logros históricos del socialismo soviético, junto con la educación universal gratuita y la conquista del espacio.

Es también uno de los pocos éxitos que, herencia de la construcción del socialismo, resistirá a la escabechina de los años post-perestroika. Mientras todos los valores materiales y morales parecen destinados a desaparecer bajo los escombros de la Unión Soviética, la dacha vuelve a servir de refugio. La economía paralela se desarrolla en la dacha de una manera primitiva a la que la gente se va acostumbrando y la economía de subsistencia vuelve por sus fueros. El manitas se convierte en albañil o carpintero, la babushka (abuela) en hortelana, vendiendo sus tarros cerca de las estaciones de tren, los “nuevos rusos” emplean a toda esta gente en la construcción y el mantenimiento de sus mansiones de lujo, que crecen como setas.

Varios éxitos televisivos han retratado esta cuestión. La serie Datchniki (“Los veraneantes”, 2017) presenta a varios estereotipos de familias de ciudad que son vecinos durante un verano en la dacha en distintos lugares del país. Conflictos generacionales, convivencia de clases sociales, confrontación de estilos de vida y ocio, todos los tópicos sobre la sociedad rusa actual se escenifican en un espectáculo amable que imita el estilo documental.

En el género, también muy popular, de la telerrealidad, el programa semanal Datchny otvet (“La dacha responde”) lleva desde 2008 brindando a los propietarios la oportunidad de reformar su segunda residencia. El presentador comienza resaltando todos los defectos de la casa existente, “oscura”, “mal distribuida”, “estilo anticuado”. Entonces un interiorista sale a la palestra. Mediante multitud de tragaluces, espacios para la meditación y vigas de madera, el diseñador transforma la casa en una obra maestra del eclecticismo posmoderno. Al final, la familia regresa al lugar de los hechos para emocionarse con el cambio.

¿Podrá ayudar la dacha, que ha atravesado todas las vicisitudes del socialismo soviético, a superar las del capitalismo ruso? “Es un indicador de la inquietud económica de la población. Mientras que en las afueras de Moscú gran parte de las parcelas están cubiertas de pastos y flores, en la vecina región de Vladimir se cultivan patatas, verduras y plantas perennes en la mitad de los terrenos”, observa el antropólogo Mijaíl Alexievski, autor de un estudio sobre nutrición en la dacha.

Lujosa residencia con sauna y piscina cubierta o casucha de madera a la sombra de unos árboles frutales, una única palabra sigue designando estas realidades diversas. La segunda residencia a las afueras sigue siendo la guinda necesaria del éxito social para los más ricos. Para otros, la casita de veraneo se convierte en salvavidas, añadiendo una página más a la ya larga y atormentada historia de la dacha.

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(2) Stephen Lovell, Summerfolk. A History of the Dacha, 1710-2000, Cornell University Press, Ithaca (Nueva York), 2003.

Christophe Trontin

Periodista.