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Perjuicios de la iluminación nocturna para los seres humanos, la fauna y la flora

Volver a ver las estrellas: el nacimiento de una reivindicación

Uno de los efectos más visibles de la actividad humana moderna también es uno de los menos observados: el cielo estrellado va desapareciendo, devorado por la luz artificial. Hasta el punto de que se establecen zonas reservadas en las que aún se puede admirar la Vía Láctea. La contaminación lumínica, más allá de sus efectos sobre la salud, plantea una pregunta a la cual deberán responder las sociedades tarde o temprano: ¿qué necesitamos realmente?

por Razmig Keucheyan, agosto de 2019

No figura en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 ni en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Y, sin embargo, el derecho a la oscuridad podría convertirse en un nuevo derecho humano. ¿La oscuridad, un derecho? La “contaminación lumínica” se encuentra entre los flagelos de esta época. Hace referencia a la creciente omnipresencia de la luz artificial en nuestras vidas, que, como contrapartida, induce a la desaparición de la oscuridad y de la noche. La luz, igual que las partículas finas, los residuos tóxicos y los disruptores endocrinos, superado cierto límite, se convierte en contaminación. Durante la segunda mitad del siglo pasado, el nivel de iluminación en los países desarrollados se multiplicó por diez.

Lo que fue un progreso, la iluminación pública e interior, se ha transformado en un perjuicio. La contaminación lumínica es nociva para el medio ambiente, la fauna y (...)

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