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La “clase global” se afianza en Seattle

Grandes ciudades y buenos sentimientos

De París a Londres, de Sídney a Montreal, de Barcelona a Nueva York, todas las metrópolis se consideran dinámicas, inclusivas, innovadoras, sostenibles, creadoras, modernas… Así esperan atraer “talentos”, esos jóvenes con titulaciones universitarias y gran poder adquisitivo que, como en Seattle, son la alegría de las empresas y de los promotores inmobiliarios.

por Benoît Bréville, noviembre de 2017

“El odio no tiene lugar aquí”, “Poco importa de dónde vengas, nos alegramos de que seas nuestro vecino”, “Todos los clientes son bienvenidos, sin distinción de raza, de origen, de orientación sexual o de religión”: clavados en los jardines o pegados en las cristales, a veces escritos en árabe, en español o en coreano, estos carteles adornan numerosas casas y tiendas de Seattle.

En este mes de junio de 2017, periodo de celebración del Orgullo Lésbico, Gay, Transexual, Bisexual y Queer (LGTBQ), la bandera arcoíris también es muy valorada. Presente en cada esquina, decora el escaparate de la zapatería Doc Martens, que ofrece una colección especial con los siete colores un poco más cara que las otras. Preside la parte superior de la sede de Starbucks y del Space Needle, esa torre en forma de aguja coronada por un platillo volante, vestigio de la Exposición Universal de 1962. Ondea incluso delante del ayuntamiento, justo por debajo de la bandera con barras y estrellas.

En esta ciudad de la costa oeste estadounidense, que votó en un 87% a Hillary Clinton en las presidenciales de 2016 y más tarde estuvo en el origen de la resistencia jurídica a las políticas migratorias del presidente Donald Trump, la apertura, la tolerancia, la diversidad se llevan como estandartes, como emblemas municipales. A la vez que exigencias morales, son argumentos comerciales, palancas de crecimiento, “ventajas comparativas”. “Cuando personas de distintos orígenes, con distintas experiencias, se frecuentan en una ciudad como la nuestra, sus ideas se encuentran, se unen, se enriquecen. Nuestra población es una mezcla de individuos de todas las tendencias y eso es primordial para nuestra vitalidad”, analiza Brian Surratt, que dirige el servicio municipal de desarrollo económico. “Si queremos ser competitivos, debemos atraer talentos; y para eso tenemos que ser una ciudad abierta”, insiste su homólogo del servicio de planificación urbanística, Samuel Assefa. Originario de Adís Abeba y con estudios en urbanismo en el Massachussetts Institute of Technology (MIT), Samuel Assefa explica: “Antes, la gente iba a donde había empleo. Ford construía una fábrica en Detroit, la gente se instalaba en Detroit y entonces trabajaba en el mismo lugar durante treinta, cuarenta, cincuenta años. En la actualidad, las cosas ya no son así. Ahora los jóvenes talentos escogen en primer lugar la ciudad donde quieren vivir y, para decidirse, privilegian los entornos creativos, tolerantes, cercanos a la naturaleza, con actividades en el exterior y vida nocturna”. Surratt y Assefa respaldarán sus razonamientos refiriéndose al mismo economista: Richard Florida.

Una receta “llave en mano” para salir de la crisis

Poco conocido por el público en general y ampliamente desacreditado por sus pares, este profesor de la Universidad de Toronto goza desde hace quince años de una influencia considerable entre las autoridades locales con poder de decisión. Su teoría, repetida desde 2002 y el éxito en librerías de La clase creativa. La transformación de la cultura del trabajo y el ocio en el siglo XXI (1), es bastante sencilla: la “vieja economía”, industrial, productiva, extractiva, está destinada a desaparecer para dejar sitio a una “economía creativa”. Para las ciudades, pues, el objetivo ya no sería atraer a las empresas –construyendo autopistas y centros de conferencias, ofreciendo ventajas fiscales y subvenciones–, sino atraer “talentos”: aquellos que innovan, inventan o, más ampliamente, que utilizan su capital intelectual para generar riqueza: artistas, ingenieros, periodistas, arquitectos, cabezas pensantes de la administración, economistas, juristas, investigadores, programadores, médicos… En definitiva, gente como Surratt y Assefa, ambos con titulaciones de universidades prestigiosas y copiosamente remunerados por su empleo (respectivamente 132.000 y 167.000 dólares al año) (2).

Según Richard Florida, que no duda en realizar un cálculo optimista, la “clase creativa” representaría el 30% de la población activa estadounidense, pero el 70% del poder adquisitivo. Para atraer a esta “flor y nata”, el economista propone una solución “llave en mano”: recrear la ciudad a su imagen y semejanza. A menudo joven y bien remunerada, esa población ya no anhelaría instalarse en la periferia como los antiguos oficinistas, sino que, por el contrario, valoraría los “centros de las ciudades dinámicos” al estilo europeo donde se puede ir al trabajo en bicicleta, encontrar un restaurante abierto a las tres de la mañana, consumir productos de comercio justo. En particular, apreciaría “la vitalidad de las calles, los cafés alternativos, las artes, la música, las actividades en el exterior”, así como vivir con “personas de orígenes diversos”. Por lo tanto, las ciudades deseosas de salir del apuro deberían someterse a esas exigencias y transformar su imagen –construyendo carriles bici, salas de concierto y museos, luchando contra las discriminaciones, financiando universidades de alto nivel, etc.–.

Richard Florida adornó su teoría hablando de las “tres T del éxito económico”: la tolerancia, el talento y la tecnología. A continuación, mezclando datos dispares (proporciones de parejas homosexuales, extranjeros y minorías visibles, número de patentes registradas y de start-ups, proporción de titulados universitarios…), estableció índices (índice “gay”, “bohemio”, “talento”…) y palmareses que actualiza con regularidad (para permitir que las ciudades sigan sus progresos) y que extendió a Europa y a Canadá (para ganar nuevos mercados).

Este método atrajo de inmediato a los miembros de la “clase creativa”, encantados de ser presentados como la solución a los problemas del país: los medios de comunicación, los responsables públicos de la toma de decisiones, los directivos ensalzaron a Richard Florida, que fue invitado a dar conferencias por todo el mundo. Cada uno de sus libros –publica alrededor de uno cada dos años– permite al profesor recibir una nueva salva de cumplidos y de invitaciones, hasta el punto de que sus recomendaciones terminaron por adquirir el estatus de “buenas prácticas” en el ámbito del urbanismo internacional: de Sídney a París, de Montreal a Berlín, toda metrópolis pretende ser hoy en día dinámica, innovadora, inteligente, creativa, sostenible, moderna…

Decenas de ciudades estadounidenses, esperando encontrar ahí un camino de salvación frente a la desindustrialización, recurren a los servicios de Richard Florida y de su empresa de consultoría, Creative Class Group (véase el recuadro). Otros Ayuntamientos, ya involucrados en el camino creativo, se sintieron ratificados en sus elecciones y redoblaron sus esfuerzos para atraer a trabajadores creativos. Es lo que ocurrió con Seattle, donde el profesor pronunció una conferencia por invitación del alcalde en 2003.

¿Dónde se encuentra el paraíso de los hipsters?

La “ciudad esmeralda” (como se conoce Seattle) y su región vivieron durante mucho tiempo de la “vieja economía”: la explotación de la madera, abundante en los alrededores; la construcción naval y la actividad portuaria, gracias a uno de los puertos más importantes de Norteamérica. Y, sobre todo, la industria aeroespacial, con la joya local Boeing, que conoció sus años de gloria después de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, las empresas no reivindicaban su amor por la diversidad, pero los buenos salarios que ofrecían permitieron la consolidación de una clase media afroamericana. En 1970, el 49% de las familias afroamericanas de King County –el condado donde se encuentra Seattle– tenían su vivienda en propiedad, es decir, un índice superior a la media nacional, incluyendo a todas las poblaciones (el 42%) (3)–.

Hoy ya no son más que el 28%. “Se debe al boom de las nuevas tecnologías –afirma John Fox, fundador de la Seattle Displacement Coalition, que lucha contra la gentrificación de la ciudad desde hace más de treinta años–. Con la crisis de los años 1970, Boeing se puso a despedir a miles de obreros, de maquinistas, de ingenieros. La población de la ciudad comenzó a decrecer, el mercado inmobiliario se derrumbó. Como los terrenos no eran caros, se asistió a una afluencia de capitales privados que pretendían ‘volver a desarrollar’ el centro de la ciudad. A partir de los años 1980 florecieron por todas partes edificios de oficinas y llegó a la ciudad una oleada de jóvenes profesionales y de parejas sin hijos”. La continuación de la historia es una cuestión de “talentos”.

En 1986, Bill Gates trasladó el cuartel general de Microsoft a Redmond, al noreste de Seattle. El “campus” solo contaba entonces con 800 empleados, distribuidos en seis edificios; hoy son 44.000. En 1987, Howard Schultz fundó la Starbucks Corporation, que partió al asalto del mundo con sus cafés de moda. Más tarde, Jeff Bezos creó Amazon en 1994: la modesta librería en línea no tardó en transformarse en un mastodonte del comercio electrónico. En los albores de los años 2000, cuando se publicó el best seller de Richard Florida, Seattle ocupaba el quinto lugar en el índice de “creatividad” (que añade todos los otros). Ya aparecía como el prototipo de una metrópolis moderna e innovadora, hasta el punto de que la oficina de turismo albergó el proyecto de reemplazar el tradicional apodo de “ciudad esmeralda” por una acrobacia fónica y moderna, “See@L” (4) –antes de renunciar a hacerlo–. Deslumbrado por tanta audacia, el profesor Florida nunca pierde la ocasión de citar la ciudad para corroborar su modelo. A cambio, esta remite al experto para defender la legitimidad de sus políticas.

Desde hace quince años, en la guerra por los talentos que libran las ciudades estadounidenses, Seattle se ha impuesto como un competidor temible: hace todo lo posible por adaptarse a las “tres T”. Su plan de urbanismo autoriza la reconversión de las antiguas fábricas en oficinas relucientes para asalariados mimados, en beneficio de los cuales construye carriles bici y favorece el desarrollo de jardines colectivos y ecológicos. Promueve el “espíritu start-up” gracias al programa Startup Seattle y al Startup Week-End, organizado cada año por el Ayuntamiento. Lucha contra el “racismo institucional” con el proyecto Iniciativa por la Justicia Racial y Social. Las empresas también participan en la lucha. En el marco de un proyecto de colaboración con el Seattle Theatre Group, Starbucks “proporciona a los jóvenes artistas un escenario para que brillen”. Amazon, por su parte, promueve la diversidad en sus oficinas, gracias a los programas Glamazon para la “comunidad LGTBQ”, Women@Amazon para las mujeres, Black Employee Network para la población negra, Amazon People for Disabilities para las personas discapacitadas, etc. Con Amazon Warriors, hasta los excombatientes tienen su programa.

Los resultados son palpables: Seattle le arrebató a Austin el cuarto lugar del “palmarés creativo 2012”. Ese mismo año, la revista de viajes Travel+Leisure le atribuyó el codiciado título de “mejor ciudad para los hipsters”, quedando por delante de sus vecinos de la costa oeste, Portland y San Francisco. Una distinción renovada cuatro años más tarde por la sociedad de estudios de marketing Infogroup, cuyo “índice hipster” mide la cantidad de tatuadores, de vendedores de bicis, de cafés alternativos, de cervecerías artesanales, de tiendas de ropa de segunda mano y de venta de discos (5). En la actualidad, según un periódico mensual local, Seattle es ese “lugar a donde la gente va para innovar, para ser ellos mismos y vivir con personas que, en su mayoría, comparten sus valores” (6).

Al atraer a titulados universitarios del mundo entero, la ciudad conoce un crecimiento demográfico espectacular, que se ha acelerado todavía más en estos últimos años –entre julio de 2015 y julio de 2016 llegaron 21.000 nuevos habitantes, elevando el total a 700.000–. Año tras año, la antigua “Jet City” recibe a una población con cada vez más formación universitaria y cada vez más acomodada, blanca y masculina. Ingenieros, programadores, genios de los algoritmos o del marketing, publicistas que trabajan en Amazon, Microsoft y Starbucks, en los centros de ingeniería de Google y de Facebook, o incluso en una de las numerosas start-ups locales. Según el último censo había en Seattle 118 hombres de entre 25 y 44 años por cada 100 mujeres de la misma franja etaria. En algunos barrios, como el Central District, la proporción de la población negra ha pasado del 73% en 1970 a menos del 20% (7).

Seattle siempre se ha definido por oposición al modelo de Silicon Valley, donde los gigantes de Internet, salvo algunas excepciones, están instalados en las periferias, en complejos autárquicos con restaurantes, peluquerías, gimnasios y gabinetes médicos integrados. Aquí, las empresas están implantadas en su mayoría en el centro de la ciudad, en los antiguos barrios obreros e industriales. “Decidimos conscientemente invertir en el centro de Seattle, aunque habría sido más barato instalarnos en la periferia. (…) A nuestros empleados les encanta estar en el corazón de la ciudad. El 15% vive en la manzana donde se encuentran sus oficinas y el 20% va al trabajo a pie”, indica el sitio web de Amazon en un lenguaje muy floridano. La compañía está tan orgullosa de su “campus urbano” que ofrece visitas gratuitas dos veces a la semana, para las cuales hay que inscribirse con tres meses de antelación.

El gigante del comercio electrónico posee en la actualidad 33 edificios en la ciudad esmeralda. Germinan otras construcciones; entre otras, cuatro torres de 150 metros y tres inmensas esferas de vidrio presentadas por la compañía como las oficinas del futuro, ecológicas, innovadoras, destinadas al bienestar de los asalariados: esos “biodomos”, refugio de la naturaleza en medio de los coches, albergarán trescientas especies de plantas, árboles, un muro vegetal, una charca y puentes suspendidos que atravesarán los informáticos para ir a una sala de conferencias que cuelga como el nido de un pájaro.

“Spas” para perros y cría de pollos ecológicos

Cuarenta mil personas trabajan actualmente en la sede de Seattle. La empresa contrata a un ritmo tan frenético que coloca carteles en las calles para indicar el camino a los nuevos contratados. Amazon tejió su red en el barrio de South Lake Union con la ayuda del promotor inmobiliario Vulcan, la sociedad del cofundador de Microsoft Paul Allen, al que Bezos le compró once edificios en 2012 por más de mil millones de dólares. Antiguamente un laberinto de depósitos, talleres y concesionarios de coches, South Lake Union se asemeja ahora a un centro comercial a cielo abierto, con sus arbustos perfectamente podados, sus aceras nuevas y vírgenes de todo papel o colilla. Desiertas de noche y durante las horas de trabajo, sus calles se llenan de una multitud que enarbola la identificación azul de la empresa a la hora de la comida. Jóvenes de todos los orígenes, en camiseta y bermudas cuando hace buen tiempo, que se precipitan hacia los food-trucks y los restaurantes con menús exóticos, ecológicos y sin gluten.

En los barrios vecinos, antaño habitados por una población obrera, las grúas y retroexcavadoras se activan. Parcela tras parcela, los promotores destruyen las últimas viviendas populares y construyen complejos cuyas prestaciones están destinadas a una clientela sofisticada. Entre las realizaciones más recientes, un edificio dispone de un huerto en la azotea, de un espacio común para bañar a los animales domésticos y de una cocina de demostración donde se invita a cocineros para que muestren sus habilidades. Otro ofrece una cooperativa de cría de pollos ecológicos, un solárium dotado de hamacas, una sala de póker. Un tercero pone a disposición un spa para perros y gatos, material para hacer cerveza, un taller de creación para carpinteros en ciernes. Los precios también son creativos: el estudio más pequeño en estos edificios de lujo se alquila por 1.500 dólares al mes.

La especulación inmobiliaria, antaño limitada a los barrios del centro, se extiende al resto de la ciudad a medida que el Ayuntamiento modifica sus normas de zonificación y autoriza la construcción de edificios en espacios en otros tiempos residenciales. “Lo llaman la ‘ballardización’ –sonríe Linda Melvin, una residente del barrio Ballard, que dio su nombre al fenómeno–. Los promotores compran dos o tres casas, a continuación construyen un edificio de quince o veinte viviendas que alquilan a precio de oro. Lo cual hace desaparecer los espacios verdes, faltan lugares para estacionar, provoca atascos en las calles y el aumento del mercado inmobiliario”, detalla designando esos nuevos edificios sin encanto, geométricos, que le hacen pensar, no sin razón, en “piezas de Lego”. Pasamos frente a un edificio de aspecto francamente carcelario, con sus ventanitas cuadradas alineadas. “Los promotores los llaman ‘microapartamentos’. Es para alojar a los estudiantes, a las personas que viven solas…”. Esas habitaciones de alrededor de diez metros cuadrados, que sirven a la vez de habitación, de cocina y de cuarto de baño, se negocian a 800 o 900 dólares al mes. Es la manera más económica de alojarse aquí, a menos que se duerma en una tienda montada en medio de un parque, bajo un puente o junto a la vía de acceso a una autopista, como tienen que hacer las 10.700 personas sin hogar de King County, una cifra nunca antes alcanzada, la cual ha aumentado un 8% respecto de 2016 (8).

Desde el boom de Amazon, los precios del sector inmobiliario en Seattle aumentan un 10% al año. “Nada impide que los propietarios suban los alquileres cuando quieren (9), y la ciudad está en vías de volverse inaccesible para los sectores populares –alega Fox–. Sin embargo, se necesitan camareros en los restaurantes, cajeros en las tiendas… Como no pueden alojarse en Seattle, se instalan cada vez más lejos en los suburbios, en Kent, en Renton, en Tukwila, en Orillia…”. En efecto, casi ninguno de los trabajadores poco cualificados que hemos conocido (muchas mujeres provenientes de minorías) vivía en Seattle. Empleada de supermercado, conductor de Uber, trabajadora de la limpieza en casas particulares, guardia de seguridad en un banco, vendedora en un restaurante de comida rápida, taquillera en un museo: todos debían recorrer decenas de kilómetros para ir al trabajo. La decisión de aumentar el salario mínimo a 15 dólares la hora para el año 2021, aprobada en 2014 por el consejo municipal, no compensa la inflación inmobiliaria. “Las fuerzas del mercado son tan ineficaces que no logran suministrar viviendas para los trabajadores que la economía necesita. Es un ejemplo típico de las ‘contradicciones del capitalismo’”, considera, en su lenguaje marxista, la concejala Kshama Sawant, elegida en 2013 entre siete demócratas y primera “socialista” que entra en el Ayuntamiento desde 1877. Para remediar el problema, esta doctora en Economía, que apoyó a Bernie Sanders en las primarias demócratas de 2016, aboga por la instauración de un estricto control de los alquileres.

La ciudad creativa de Richard Florida también se debate entre “contradicciones”. Algunos políticos en apariencia progresistas y motivados por preocupaciones éticas, sanitarias o medioambientales, en efecto, penalizan a los sectores populares. Utilizadas para atraer a los jóvenes talentos, las menciones a la diversidad étnica y sexual se traducen indirectamente en un retroceso de la diversidad social. La tasa sobre las bolsas de papel y sobre el peaje, que apunta a descongestionar el puente 520 (10), pesan sobre todo en las carteras menos abultadas. En cuanto a la aparición de un carril bici o de un edificio “verde”, a menudo presagia un futuro aumento del precio del alquiler. Pero el ejemplo más caricaturesco probablemente concierne a la lucha contra la obesidad. Seattle, siguiendo el ejemplo de otras ciudades “inteligentes” (Berkeley, Chicago, Filadelfia), implementó en junio de 2017 una tasa sobre las bebidas azucaradas. De alrededor de 1 dólar por botella de dos litros, apunta paradójicamente a las bebidas gaseosas, muy consumidas en los medios populares; igual de calóricas, las bebidas lácteas –los “latte” y otros “frappucinos”, apreciados en los medios de moda– fueron esquivadas por el consejo municipal…

“En todas partes la gente se extasía: ‘Oh, Seattle, ese faro luminoso del progresismo’… Pero vivimos en una ciudad profundamente desigual. No somos capaces de proporcionar alojamiento a nuestros sectores populares, los promotores hacen su entrada en el Ayuntamiento y, como no hay impuestos sobre la renta en el estado de Washington, tenemos el sistema fiscal más regresivo del país: la proporción de los ingresos de los ricos consagrada a los diferentes impuestos y tasas es inferior a aquella que solventan los pobres”, deplora Toby Thaler. Abogado jubilado, este residente del barrio Fremont, también en vías de “ballardización”, milita en el ala izquierda del Partido Demócrata. En particular, lamenta que su ciudad no imponga una tasa de impacto (impact fee) a los promotores inmobiliarios, como por otra parte lo hacen la mayoría de sus vecinas. Numerosos grupos populares apoyan esta reivindicación. “Los promotores no pueden solamente construir, construir y seguir construyendo. Deben pagar por las consecuencias de sus proyectos: financiar las escuelas, los transportes, las carreteras, el mantenimiento del alcantarillado, la protección contra incendios…”, explica Susanna Lin, miembro de la asociación Seattle Fair Growth y residente del barrio Wallingford, recientemente tomado por los promotores.

El nuevo plan de urbanismo encanta a los promotores

Más que molestar a los “lobbistas” de Vulcan Real Estate, R. C. Hedreen o City Investors LLC –que financian en gran medida sus campañas electorales (11)–, los representantes municipales apuestan por el programa Housing Affordability and Livability Agenda (HALA), apodado la “gran negociación”: el Ayuntamiento acepta modificar su plan de urbanismo y autorizar nuevas construcciones densas en las zonas residenciales, satisfaciendo así una demanda de los promotores; a cambio, estos últimos se comprometen a incluir en su proyecto entre un 2% y un 9% de viviendas asequibles (según los barrios) o a pagar una tasa. “Esto va a permitir construir 50.000 viviendas en diez años. El aumento de la oferta permitirá contener el aumento de los precios”, nos asegura Surratt desde su oficina, que sobresale en el barrio de negocios de Seattle. Una opinión que dista de ser compartida por Susanna Lin: “Seguimos en la carrera hacia el crecimiento… La ‘gran negociación’ va a aumentar los beneficios de los promotores sin regular los problemas de alojamiento. Además, es una decisión que nos ha sido impuesta desde arriba, sin consultarnos”. De los veintiocho miembros del comité responsable de elaborar ese plan, dieciocho representaban los intereses de los promotores, y una, los de las asociaciones de barrio…

Más hacia el oeste en el estado de Washington, en los condados de Grant o de Ritzville, las banderas arcoíris se vuelven escasas, si no inexistentes, así como los clubes de yoga y los vendedores de vinilos. En esas zonas tanto rurales como industriales, por donde no pasan más que los camiones que atraviesan Estados Unidos, los electores plebiscitaron a Trump, al igual que veinticuatro de los veinticinco condados más pobres del estado. Desde aquí, el progresismo según el modelo de Seattle, que promueve la diversidad pero favorece un círculo cerrado de creativos, que abandona la industria para girarse hacia una sociedad de titulados universitarios, que predica el desarrollo verde mientras que la economía local depende de la explotación intensiva de la madera y los suelos, se asemeja a una incongruencia.

(1) Richard Florida, La clase creativa. La transformación de la cultura del trabajo y el ocio en el siglo XXI, Paidós Ibérica, Madrid, 2009.

(2) Un dólar vale 0,85 euros.

(3) Gene Balk, “The rise and dramatic fall of King County’s black homeowners”, The Seattle Times, 12 de junio de 2017.

(4) Serin D. Houston, “Ethnography of the city: Creativity, sustainability, and social justice in Seattle, Washington”, Geography - Dissertations, Paper 69, Universidad de Siracusa, 2011.

(5) Katrina Brown Hunt, “America’s best cities for hipsters 2012”, Travel+Leisure, Nueva York, noviembre de 2013; “Study: Seattle tops Portland as most ‘hipster’ city in US”, 27 de julio de 2016, www.infogroup.com

(6) Rachel Hart, “Sanctuary pages”, Seattle Magazine, abril de 2017.

(7) Gene Balk, “Historically black Central District could be less than 10% black in a decade”, Seattle Times, 26 de mayo de 2015.

(8) Vernal Coleman, “Homeless in state increased last year”, Seattle Times, 7 de junio de 2017.

(9) Simplemente deben prevenir más de sesenta días por anticipado si el aumento es superior al 10%.

(10) N. del T.: Nombre popular del puente flotante Evergreen Point Floating Bridge.

(11) Cf. Casey Jaywork, “How Amazon and Vulcan bought their way into city hall this year”, Seattle Weekly, 8 de marzo de 2016.

Benoît Bréville