¿Quién se acuerda? El frijol fue un regalo que hizo el dios Quetzalcóatl, la mítica serpiente emplumada, a los remotos antepasados de los mexicanos. Una historia que viste de exotismo nuestro garrofó, nuestros judiones de la Granja, nuestras pochas y fabes asturianas, alubias de Tolosa y demás habichuelas. Los apelativos regionales tienden a ocultar el hecho de que se trata de diferentes variedades de semillas de la misma liana tropical. Los lectores de Jack y las habichuelas mágicas bien lo saben, al igual que los hortelanos, a quienes divierte sobremanera la idea de plantas “inmóviles”. Phaseolus vulgaris, la “judía común”, es (...)


