Kinoshita Taro considera que ha tenido suerte. Corpulento, robusto y de pelo corto, este pintor de edificios cuarentón bebe a sorbos un café frío mientras mira el ir y venir incesante de los coches en su barrio, situado al sur de Tokio. De su persona emana un sosiego particular. Nada en él permite suponer que hace diez años era miembro del clan yakuza Inagawa-kai, que con sus 3300 miembros es uno de los más poderosos de Japón. Solo existe un indicio susceptible de desenmascararlo: un meñique amputado –la marca de los yakuzas– que oculta cuidadosamente bajo la manga. Es trabajador autónomo, y no es cosa de (...)
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En Japón, el crimen organizado ya no es lo que era
El inexorable declive de la Yakuza
La mafia japonesa estuvo mucho tiempo rodeada de leyendas. Con la aprobación de un decreto dirigido a excluirlos de la sociedad y el refuerzo del control policial, el número de yakuzas ha descendido en un 70% en quince años. De hecho, cada vez les cuesta más subsistir. Al perder los lazos que los unían a los dirigentes económicos y políticos, han abandonado el “código del honor” en el que se asentaba su reputación.
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