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Las maniobras de los laboratorios

El Alzheimer, una enfermedad política

El rápido aumento del número de diagnósticos de la enfermedad de Alzheimer representa un desafío inédito para la humanidad. Apuntando a un mercado potencial gigante, la industria farmacéutica busca frenéticamente –y hasta ahora sin éxito– un medicamento o una vacuna milagrosa. Sin embargo, el interés de las personas enfermas y de sus familiares invita a replantear las políticas públicas y el enfoque terapéutico de una afección todavía muy poco conocida.

por Philippe Baqué, febrero de 2016

La señora M. llegó en silla de ruedas al centro hospitalario de Marmande-Tonneins. “A los 78 años, un neurólogo le diagnosticó Alzheimer”, cuenta su hija. “Tomaba muchos medicamentos, muy pronto perdió la autonomía y se alteraba mucho. Me agotaba ayudándola”. A finales de los años 2000, la hija decidió internar a su madre en esta unidad específica que aloja a los pacientes que se encuentran en una fase muy avanzada durante periodos prolongados. “Allí disfrutó de mucha presencia de personal y de buen trato. Al cabo de tres semanas andaba y comía sin ayuda”.

El jefe de este servicio hasta 2011, el geriatra François Bonnevay tomó la decisión de mantener sólo los medicamentos estrictamente necesarios prescritos con anterioridad a los nuevos internos, a menudo en cantidades demasiado elevadas y con graves efectos ­secundarios. “Existen otros métodos distintos a los fármacos inhibidores para los enfermos que se alteran mucho”, explica. “Hace falta (...)

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