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Washington contra Pekín

Editorial, por Serge Halimi, octubre de 2019

En la actualidad, parece que Estados Unidos considera que no puede enfrentarse a China y a Rusia a la vez. En las próximas décadas, su principal rival geopolítico será Pekín. Sobre esta cuestión hay consenso incluso entre la Administración republicana de Donald Trump y los demócratas, pese a enfrentarse enérgicamente con motivo de las elecciones presidenciales del año que viene. China sucede así al “imperio del Mal” soviético y al “terrorismo islámico” como adversario prioritario de Washington. Pero, a diferencia de la Unión Soviética, dispone de una economía dinámica con la cual Estados Unidos registra un déficit comercial abismal. Y su poder es singularmente más impresionante que el de algunas decenas de miles de combatientes integristas que vagan entre los desiertos de la antigua Mesopotamia y las montañas de Afganistán.

Barack Obama ya emprendió un “pivote hacia Asia” y el Pacífico de la diplomacia estadounidense. Como ocurre a menudo, su sucesor formula esta nueva estrategia con menos elegancia y sutileza. Puesto que, en su mente, la cooperación siempre es una trampa, un juego de suma cero, el auge económico del rival asiático amenaza automáticamente el desarrollo de Estados Unidos. Y recíprocamente: “Estamos ganándole a China –se vanagloriaba Trump el pasado mes de agosto–. Acaban de atravesar su peor año desde hace medio siglo y es por mi culpa. No estoy orgulloso de ello”.

Ese “no estoy orgulloso” no es muy típico en él… Hace algo más de un año, autorizó a que las cámaras difundieran en directo una reunión de su gabinete. Y no se quedó nada en el tintero: uno de sus secretarios se alegró de la ralentización del crecimiento en China; otro imputó a las exportaciones chinas de fentanilo la epidemia de opiáceos en Estados Unidos; un tercero atribuyó las dificultades de los agricultores estadounidenses a las medidas de retorsión comercial de China. Ya solo le quedaba entonces a Trump explicar la obstinación nuclear norcoreana con la mansedumbre de Pekín hacia su aliado.

Para Washington, pues, no bastará con vender un poco más de maíz o de electrónica a China. Tiene que aislar a ese rival cuyo producto interior bruto se ha multiplicado por nueve en diecisiete años, debilitarlo, impedirle que extienda su influencia y, sobre todo, que se convierta en el igual estratégico de Estados Unidos. Como su fulgurante prosperidad no le ha conducido a americanizarse, a mostrarse dócil, no se escatimará en golpes hacia él.

El 4 de octubre de 2018, el vicepresidente estadounidense Mike Pence ya profirió ataques en un discurso de extremada violencia contra un “sistema orwelliano”, unas “autoridades que destruyen cruces, queman Biblias y encarcelan a los creyentes”, la “coerción hacia empresas, estudios de cine, universidades, think tanks, investigadores y periodistas estadounidenses”. Incluso detectaba ya entonces “intentos para influir en las elecciones presidenciales de 2020”. ¿Tras el “Russiagate”, un “Chinagate” que, esta vez, tendría como objetivo la derrota de Trump? Decididamente, Estados Unidos es un país muy frágil…

Serge Halimi

Director de Le Monde diplomatique.