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Sobre la democracia en Estados Unidos

Editorial, por Serge Halimi, octubre de 2018

El mundo no ha acabado con la política estadounidense… Hasta ahora, en contadas ocasiones las elecciones de mitad de mandato eran decisivas, incluso cuando provocaban una inversión de la mayoría. En 1994, el maremoto republicano destruyó principalmente la resistencia de los demócratas a la política penal represiva y a la estrategia comercial librecambista de su presidente; en 2010, el avance conservador del Tea Party paralizó a Barack Obama, pero en un momento en el que su eslogan de campaña, Yes, we can, ya no era más que el amargo recuerdo de una oportunidad perdida (1).

En cambio, el escrutinio legislativo del próximo 6 de noviembre marcará una nueva etapa de la polarización política de Estados Unidos, ese torbellino que ha precipitado la desestabilización del orden internacional en los últimos dos años, pues la votación determinará el destino del inquilino de la Casa Blanca. Muy decidido a volverse a presentar como candidato en 2020, Donald Trump obsesiona tanto en los dos campos que uno pensaría que se ha comido sus cerebros. Sus adversarios le acusan de ser un traidor que busca socavar la Alianza Atlántica y los valores democráticos de Occidente. A lo que responde que sus acusadores son los ayudantes de las bandas de Centroamérica, las MS-13, que siembran el terror en Estados Unidos. Esos arrebatos de paranoia, amplificados por las redes sociales, se han convertido en una música ambiental que ya no marca ninguna interrupción poselectoral. Como consecuencia, ambos partidos han dejado de coincidir con respecto a las reglas del juego de su enfrentamiento –esa “democracia estadounidense” de la que estaban tan orgullosos que la presentaban como modelo a todo el mundo–.

Cuando no lo califican directamente de fascista, numerosos demócratas ven en Trump un “caniche de Putin” que debe su victoria a un sistema electoral sesgado en su contra (lo que no es falso) y a las fake news tramadas por Moscú (una exageración recubierta de una obsesión). Si su partido se hace con la mayoría en el Congreso, se verá tentado a multiplicar las comisiones de investigación y a iniciar un proceso de destitución contra el presidente (2).

Semejante perspectiva fortalece la cólera de los partidarios de Trump, aún numerosos, fervientes y fácilmente dispuestos a creerse perseguidos. Desde su punto de vista, incluso aunque el balance económico de su héroe sea favorecedor, los medios de comunicación, las elites intelectuales y el “Estado profundo” se empeñan en impedir que gobierne. Lejos de apabullarlos, una derrota el próximo mes de noviembre les alentaría a creer que esta cábala, el fraude electoral y el voto de los inmigrantes ilegales son la causa de sus decepciones.

En la actualidad, dos de cada tres electores estadounidenses están convencidos de ello: “el sistema está amañado en contra del estadounidense medio”; republicanos y demócratas coinciden al menos en ese punto (3). Tienen razón al creerlo, ya que la oligarquía es su régimen común. Pero el tenor actual de su enfrentamiento, personalizado en extremo, hace pensar que la salvación de ese estadounidense medio no es para mañana.

(1) Véase Eric Alterman, “El proceso de Barack Obama”, Le Monde diplomatique en español, noviembre de 2011.

(2) Que solo llegará a buen puerto si dos terceras partes de los senadores votan a favor.

(3) Un 75% de los demócratas y cerca de un 60% de los republicanos lo piensan. Gerald Seib, “The dangers of losing faith in democracy”, The Wall Street Journal, Nueva York, 4 de julio de 2018.

Serge Halimi

Director de Le Monde diplomatique.