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La búsqueda de autosuficiencia a cualquier precio

Bajo el bloqueo, la península de Qatar se hace a la mar

Qatar, más de un año después de que el Consejo de Cooperación del Golfo lo aislara, no ha realizado ninguna concesión con respecto a las exigencias de sus vecinos y lleva a cabo su batalla por la influencia en el ámbito internacional. En Doha, los oficiales claman que el bloqueo refuerza la cohesión de la población y fomenta la diversificación económica del país. Sin embargo, los desequilibrios estructurales persisten.

por Angélique Mounier-Kuhn, octubre de 2018

Hay que desconfiar de las aguas mansas. Las que bañan la bahía de Doha, de un turquesa resplandeciente, tienen la serenidad de una balsa de aceite en este verano de 2018. Un calor y una luz abrasadores asedian la capital de Qatar, circunscribiendo la vida social solamente a los espacios climatizados. En los muelles, los dhows, con las velas arriadas, no han visto al más mínimo turista desde hace semanas. Antaño dedicados a la pesca y al transporte de mercancías, estos veleros tradicionales de madera son una de las pocas concesiones nostálgicas al frenesí de modernidad que se apoderó de la ciudad a mediados de los años 1990. Desde entonces, con un gran despliegue de hormigón y verticalidad, este frenesí rediseña continuamente la perspectiva de la ciudad, que es el orgullo de sus habitantes.

Pero el pausado balanceo de las embarcaciones en las que ondea la bandera púrpura y blanca –los colores nacionales– engaña, pues las aguas del golfo Arabo-Pérsico son turbulentas (1) y sus efluvios están saturados de inseguridad. Una efervescencia inédita se ha apoderado de la región desde que Qatar, el opulento emirato de apenas el tamaño de la región francesa de Île-de-France (11.521 kilómetros cuadrados), se vio aislado por tres de sus vecinos del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG): Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Bahréin, así como por Egipto. El 5 de junio de 2017, este cuarteto y algunos aliados circunstanciales decretaban la ruptura de sus relaciones diplomáticas y económicas con Doha, cerrando Riad su frontera en el acto, la única que unía a Qatar con la tierra firme de la península Arábiga.

Desde entonces ha ido brotando en algunas mentes saudíes la idea de excavar un canal de sesenta kilómetros y de doscientos metros de longitud entre ambos países para aislar aún más el emirato. Pero, a falta de una confirmación oficial de Riad, esta ambición parece por ahora una quimera que Doha se niega a tomar en serio.

Los contenciosos que prefiguraban la crisis se acumulaban desde hacía años, alimentados por un creciente rencor hacia este ribereño emancipado e inmensamente rico en gas (2). Su repentina puesta en cuarentena, decretada en pleno Ramadán, sorprendió a Doha. Sus vecinos árabes instauraron un bloqueo parcial cerrando sus espacios marítimos y aéreos a los navíos y a los aviones qataríes. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), en pocas semanas, expatriados preocupados o ciudadanos de los países del bloqueo retiraron 40.000 millones de dólares de los bancos locales. Se tomaron por asalto los supermercados antes de la creación de un puente aéreo hacia Europa, Irán y los países del subcontinente indio. Hasta ese momento, una buena parte de las importaciones, sobre todo los productos frescos y los materiales de construcción, procedían de los Emiratos y de Arabia Saudí o transitaban por ellos.

El 22 de junio de 2017, Associated Press revelaba que el levantamiento del bloqueo está sometido a trece condiciones. Algunas retoman la acusación habitual: el emirato debe dejar de inmiscuirse en los asuntos internos de los otros miembros del CCG, interrumpir su apoyo a las organizaciones “terroristas”, entre ellas los Hermanos Musulmanes, cerrar su cadena de televisión Al Jazeera y, sobre todo, darle la espalda a Teherán. “¿Irán? Es un vecino amenazador para un pequeño país como el nuestro. No pretendemos convertirnos en su mejor amigo y, además, tenemos discrepancias. Pero no nos queda otra alternativa más que entendernos correctamente con él”, replica un responsable de seguridad en Doha (3). Otros requisitos son más insólitos: el emirato debe someterse a una supervisión anual de sus vecinos o al “pago de indemnizaciones (…) por las pérdidas en vidas y las pérdidas financieras causadas por [su] política reciente”. Contaba con diez días para acatar el conjunto de las peticiones.

Ha pasado más de un año y los antagonismos se han congelado. La mediación que intentó Kuwait en el marco del CCG se estancó; un fracaso más que añadir a la cuenta de esta organización regional fundada en 1981 para contrarrestar a la República Islámica de Irán. La conciliación que debe organizarse en Washington desde hace meses choca con las discordancias internas en la Administración estadounidense y, según se dice en Doha, con la mala voluntad de Abu Dabi, el principal emirato de la federación de los EAU. El “cuarteto antiterror”, como ha sido bautizado, se mantiene firme en sus reivindicaciones. “Son irreales”, replica Qatar, que considera que no tienen otro objetivo más que disciplinarlo, a imagen y semejanza de Bahréin, apodado “retweet country” por algunos cínicos en Doha debido a su rapidez en difundir por Twitter los mensajes antiqataríes procedentes de Arabia Saudí. “Estas exigencias ignoran el hecho de que no se puede retener a un Estado soberano. Además, han sido redactadas de tal forma que no dejan espacio a la negociación. (…) Pretendemos orientar nuestra política sobre la base de nuestras propias apreciaciones”, repetía una y otra vez el ministro de Asuntos Exteriores qatarí, Mohammed bin Abderrahman al Thani, ante periodistas francófonos en Doha a finales de mayo (4).

Qatar se encuentra en pie de guerra. Una guerra sin confrontaciones letales, pero que ve cómo el emirato batalla en todos los frentes: económico, diplomático, militar, mediático e incluso jurídico, puesto que Doha ha decidido recurrir a las instancias internacionales (Organización Mundial del Comercio, Tribunal Internacional de Justicia) por el bloqueo. Esta guerra fría ya ha causado víctimas: miles de familias divididas a ambos lados de las fronteras y ciudadanos con doble nacionalidad que se ven obstaculizados en sus desplazamientos. Y, pese a que nadie sabe cómo acabará el Golfo, ya tiene vencedores: las industrias armamentísticas de los países exportadores, con Estados Unidos, el Reino Unido y Francia a la cabeza.

“Toda la cuestión radica en saber si el bloqueo representa una oportunidad o un freno para Qatar”, comenta un embajador en Doha. Según los propios qataríes, en el ámbito de la cohesión nacional, el asunto está claro: “Por muy extraño que parezca, el bloqueo nos ha fortalecido”, afirma el exministro de Información y Tecnologías de la Comunicación Hessa al Jaber, miembro del majlis al shura (consejo consultivo), y, por otra parte, del consejo de vigilancia de Volkswagen, siendo Qatar su tercer accionista. “En Kuwait no hubo ningún sobresalto tras la invasión iraquí [en 1990]. Aquí, el emir ha conseguido unir a los qataríes y a los no qataríes (véase el recuadro). Es como si su alteza contara con numerosos apoyos”, continúa.

Presto a la hora de fomentar la revueltas árabes, sobre todo en Túnez y en Egipto, el país nunca ha organizado elecciones, salvo para los consejos municipales, cuyos miembros deben presentarse sin etiquetas políticas (los partidos políticos están prohibidos en el emirato). Ciertamente, estaba previsto un escrutinio legislativo en 2013, pero fue postergado sine die. Tras varios aplazamientos, el emir Tamim bin Hamad al Thani ha prometido, de aquí a finales de este año, la adopción de una ley que organice las primeras consultas nacionales destinadas a elegir a treinta miembros del majlis al shura, siendo otros quince designados directamente por él. Resulta difícil encontrar rastro alguno de oposición política, a excepción de algunas personas en su mayoría instaladas en Londres. Por haber denunciado la censura de los ciudadanos de su país y por haber elogiado la “primavera tunecina” en 2011, el poeta Mohammed al Ajami, alias Ibn al Dhib, pasó cuatro años en prisión antes de ser absuelto.

El emir tenía 33 años cuando sucedió a su padre, Hamad bin Khalifa al Thani, en 2013. Los qataríes ven en este último al artífice de la modernización de este país wahabí, como su vecino saudí, a pesar de que reivindica una práctica menos rigorista. Al emir Hamad también se le atribuye la afirmación de Qatar en la escena internacional, fruto de una diplomacia de “protección”, que consiste en maximizar su número de aliados y que exaspera tanto a Riad como a Abu Dabi. Con el bloqueo, su retrato tipo stencil se ha expandido espontáneamente por innumerables fachadas y carrocerías, antes de que las municipalidades hayan comenzado a poner orden en esta nueva moda.

En el plano material, al menos, los qataríes tienen pocos motivos para recriminaciones: según el Banco Mundial, en 2017, el producto interior bruto (PIB) por habitante (en paridad de poder adquisitivo) seguía ocupando el primer puesto a nivel mundial con 128.378 dólares, el doble que Suiza. “Cuando era joven –recuerda Al Jaber, quien aún no ha cumplido los sesenta años–, no teníamos electricidad, la comida estaba limitada y solo había una escuela superior. Y, de repente, nuestra vida cambió”.

El descubrimiento de petróleo data de antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero fue el hallazgo de un gigantesco yacimiento de gas natural en el mar el que, en 1971, año de su independencia de la corona británica, hizo bascular a este territorio desértico hacia la opulencia. En virtud del reparto de las aguas territoriales en el golfo Arabo-Pérsico, la explotación del yacimiento de North Dome pertenece a Doha en dos tercios y a Teherán en uno, obligando a ambos a mantener relaciones cordiales.

Hubo que esperar hasta que el emir Hamad sucediera a su padre, en 1995, y apostara por realizar inversiones masivas, en colaboración con ExxonMobil y Total, para que se iniciara la explotación a gran escala y Qatar se situara, en 2006, en el primer puesto de exportadores de gas natural licuado (GNL) –la mayor parte de sus exportaciones y una tercera parte del mercado mundial–. “Entre comienzos de los años 2000 y 2013, año récord en la cotización del gas, nuestro PIB pasó de 20.000 a 200.000 millones de dólares. Qatar se lo debe todo a la visión del emir Hamad. Si su país posee el yacimiento más importante de gas, construye uno de los mayores puertos de exportación y lo equipa con metaneros, garantiza su independencia”, explica, maravillado, Khalid al Abdulqader, economista en la Universidad de Qatar.

Al nivel actual de su producción y de sus reservas demostradas de gas, las terceras por detrás de las de Rusia e Irán, el emirato tiene por delante más de un centenar de años de explotación. Un poco menos si eleva su producción de GNL de 77 a 100 millones de toneladas al año de aquí a 2023, como tiene intención de hacer. “Era imposible que el bloqueo perjudicara a Qatar. Por sí solos, los ingresos procedentes del gas cubren una buena parte de nuestras necesidades presupuestarias”, continúa Al Abdulqader. A pesar del embargo, “ninguno de nuestros cargueros de gas o de petróleo se ha atrasado o anulado. Hemos cumplido el 100% de nuestros contratos. También los destinados a los EAU, donde el 40% de la electricidad depende de nuestro gas. Valoramos nuestra reputación basada en la fiabilidad”, insiste, por su parte, Aziz Aluthman, subsecretario adjunto en el Ministerio de Finanzas. Numerosos responsables qataríes insisten en esta información, que pone en evidencia el carácter paradójico del bloqueo, tanto más cuanto que los EAU pagan su gas al contado.

Tras haber sufrido un déficit de 7.000 millones de dólares en 2017, el Ministerio de Finanzas anuncia un presupuesto excedentario para este año. El bloqueo habría supuesto una carga para el presupuesto de algo más de 1.000 millones, asegura Aluthman. La agencia de calificación Moody’s, por su parte, calculó que el respaldo público a la economía durante los dos primeros meses de la crisis ascendió a 40.000 millones de dólares, teniendo en cuenta el reflotamiento del sistema financiero.

La diversificación de las fuentes de importación, entre Turquía, Irán, Asia o Europa, y la transferencia de una parte del tráfico del puerto dubaití de Jebel Ali hacia los puertos omaníes rápidamente proporcionaron aire fresco al emirato. Mejor aún, los responsables qataríes repiten sin cesar que el bloqueo habría aportado una aceleración inesperada a la diversificación de la economía (5).

Construido en una década por 7.400 millones de dólares, el puerto Hamad, al sur de Doha y que cuenta con diez terminales, ya se ve como un gigante regional a pesar de la estrechez del mercado doméstico. Por 700 millones de dólares, el país también se ha otorgado una autosuficiencia en leche fresca, que quiere extender a todo su consumo de productos lácteos. En menos de un año, el conglomerado nacional Baladna (“nuestro país”) ha construido en pleno desierto, en el norte, una granja gigante, con un gran número de importaciones: 20.000 vacas de aquí a diciembre, trasladadas en su mayoría desde Estados Unidos, una gigantesca ordeñadora con plataforma rotativa procedente de Irlanda, un director neerlandés, un capataz irlandés sustraído a la competencia saudí… En una región en la que el termómetro puede llegar a los 50 ºC, el aire acondicionado, de alto consumo energético, o el suministro de forraje de calidad resultan muy caros. Baladna no ha escatimado en gastos, con un precio de venta del litro de leche al por menor que asciende a 1,6 euros, dejando suponer importantes subvenciones. “Ya sea a nivel económico o no, debemos ser autosuficientes. Es vital –zanja Al Abdulqader–. Antes jugábamos la carta de la integración económica con el CCG, importábamos de nuestros vecinos. Ahora produciremos en Qatar todo lo que queramos producir”.

“Todo esto es muy bonito –responde un inmigrante pakistaní–, pero los qataríes no se encuentran en la actividad económica; somos nosotros quienes hacemos funcionar la economía. ¿Cómo podrían hacerse una idea de la desaceleración? Desde que la gente del Golfo ha dejado de venir, los taxis circulan vacíos, los hoteles están desiertos y las tiendas en las galerías comerciales van cerrando. Mire ese inmueble: la grúa está parada porque faltan materiales de construcción”.

Aunque los actores locales experimentan dificultades, en el plano macroeconómico, Qatar ha “absorbido con éxito” el bloqueo según las conclusiones de una misión del Fondo Monetario Internacional en mayo, que mencionaba “amortiguadores considerables y políticas macroeconómicas sanas”. En abril, para atraer liquidez fresca, el Estado emitió bonos a nivel internacional por valor de 13.000 millones de dólares. Fueron sobresuscritos en varias ocasiones, incluso aunque Arabia Saudí había intentado secar el mercado lanzando su propia emisión dos días antes. “El interés de los inversores exteriores es nuestro certificado de resiliencia económica”, se alegra Aziz Aluthman.

Así que, ¿iría todo lo mejor posible en el mejor de los mundos posibles para Qatar, gracias a sus inagotables recursos? Un país tan rico que gastará decenas de miles de millones de dólares –los rangos proporcionados varían– en organizar la Copa Mundial de Fútbol de 2022. Solo la renovación o la construcción de los ocho estadios para la competición le costaría 14.000 millones de dólares, más de la suma total récord (10.000 millones) del Mundial de 2018 en Rusia. Y Doha debe hacer frente a dos procedimientos recurrentes: las sospechas de corrupción en la atribución de la competición (6) y las condiciones laborales de decenas de miles de empleados asiáticos en las obras (7).

Mencionada durante los últimos años, sobre todo por la prensa anglosajona, la reasignación de la competición a otro país es muy poco probable, pues la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) renueva con regularidad su confianza en Qatar. Pero si el bloqueo persiste, del millón y medio de aficionados esperados, “una tercera parte podría no acudir a la llamada, entre los saudíes, los emiratíes y los egipcios que no vendrán”, advierte un diplomático occidental. Qatar, que se ha especializado en organizar conferencias y competiciones deportivas, ya está sufriendo su ausencia, añade. Otra víctima: Qatar Airways, abanderado de las ambiciones de influencia del país. En tierra durante los primeros días del embargo, todos sus aviones han vuelto a volar y se han incorporado nuevos destinos para compensar las dieciocho rutas anuladas. Pero, al desviar el tráfico por cielo iraní, el cierre del espacio aéreo de los países del bloqueo genera pérdidas “sustanciales”, tal y como admite el propio director de la compañía, que se resiste a desvelarlas.

“La batalla entre las compañías aéreas del Golfo es un conflicto en el conflicto”, considera Adel Abdel Ghafar, investigador en el Brookings Doha Center. “Además de las exigencias políticas, el bloqueo probablemente responda a un objetivo económico: detener el avance realizado por Qatar Airways no solo con respecto a sus rivales emiratíes Etihad Airways y Emirates, sino también con respecto a las escasas compañías de Arabia Saudí y de Bahréin, Saudia y Gulf Air”, escribía el año pasado (8).

Esta insidiosa competición casi parecería una pequeña rencilla al lado de la vehemencia de los enfrentamientos en el terreno de la comunicación y de la propaganda. En la batalla por la influencia y en la carrera por los apoyos que enfrenta a los rivales del Golfo, todo está permitido. Las noticias falsas y las invectivas, difundidas mediante programas informáticos, inundan las redes sociales. Se han hackeado cuentas de correo electrónico oficiales y se ha divulgado su contenido por los medios de comunicación con el objetivo de comprometer a uno u otro protagonista de la crisis, sin olvidar la creación de sitios web ficticios o la publicación en Internet de pseudodocumentales.

“Qatar ha decidido no entrar en zonas grises como las campañas de fake news –declara Saif bin Ahmed al Thani, director de Comunicación del Gobierno–. No tenemos nada que esconder y preferimos centrar nuestros esfuerzos en los medios de comunicación”. Embajadores, ministros y altos funcionarios tuvieron derecho a sesiones de media training antes de dar más de quinientas entrevistas, afirma el portavoz. Pero no lo dice todo: según la agencia Reuters, el gasto en lobbying de Qatar solo ante la Administración estadounidense se ha triplicado en relación con los años 2015-2016, estableciéndose en cerca de 25 millones de dólares, un presupuesto ahora comparable a los de Riad y Abu Dabi. “Los países del Golfo se arrastran literalmente unos sobre otros para convertirse en el mejor amigo de Estados Unidos”, deja caer un observador.

Y no solo de Estados Unidos. Desde el inicio de la crisis, Doha despliega una actividad diplomática a todos los niveles para la cual sus oficiales, con el emir a la cabeza, cambian su tradicional túnica inmaculada, el thawb, por un traje y corbata y multiplican las visitas a París, Londres, Bruselas, Berlín, Moscú o Washington. Allí son recibidos regularmente por algunos contestatarios, cuya movilización atribuye el Gobierno a los rivales de Qatar (9). “Toda esta crisis se resume en un problema de celos. No dude en escribirlo –espeta el fiscal general, Ali bin Fetais al Marri–. ¿Qué pueden responder nuestros vecinos a sus propios pueblos ante nuestro éxito? El Mundial de 2022 ha revelado su verdadero rostro. Simplemente son incapaces de hacer lo que nosotros hacemos por los qataríes”.

“Cuanto más tiempo dure la crisis, más costará a los países del bloqueo en términos de imagen y a Qatar en el ámbito económico –considera Mehran Kamrava, director del Centro de Estudios Internacionales de la filial qatarí de la Universidad estadounidense de Georgetown–. Así que a todos les interesaría que finalizara”. La región parece estar lejos de ello. “Hay demasiada testosterona en juego, entre un líder de 33 años en Arabia Saudí [el príncipe heredero Mohamed Bin Salmán], otro de 38 años en Qatar y un niño de 72 años en la Casa Blanca. Todo es personal en este melodrama, que podría solucionarse tan fácilmente como comenzó. El problema es que hablamos de actores imprevisibles”, declara uno de nuestros interlocutores de forma anónima.

Imprevisibles y embarcados en el “dilema de la seguridad”, según Kamrava –el círculo vicioso que comienza cuando un Estado toma medidas para reforzar su seguridad: aviva la sensación de inseguridad de los demás, los cuales se esfuerzan a su vez por solucionarlo–. La crisis entre los hermanos enemigos del CCG, incluso aunque los tumultos de Oriente Próximo y los peligrosos cálculos de la Administración de Trump han elevado la tensión entre chiíes y suníes a su culmen, exacerba la carrera armamentística más allá de todas las proporciones.

Además del temor a quedarse atrás, estos gastos compulsivos reflejan una voluntad por comprar el amparo de las potencias exportadoras. “Al suministrar armas cada vez más sofisticadas a las partes en tensión, estos países agravan la inseguridad ya omnipresente en la región. Pero, al aumentar su número de proveedores, los países del Golfo, por su parte, diversifican a los actores de la crisis”, subraya Kamrava. Para Qatar, esta estrategia pretende liberarle de una dependencia demasiado estrecha de Estados Unidos, cuya base de Al Udeid –al sudoeste de Doha y con más de 10.000 hombres–, es la más importante en Oriente Próximo. Aunque el despliegue de soldados turcos, en el marco de un acuerdo de defensa firmado en 2014, es aún simbólico, la crisis lo ha acelerado y los efectivos deberían alcanzar los 2.000 hombres de aquí a 2020.

A falta de datos más recientes, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo calcula que la importación de armas a Qatar aumentó un 166% entre 2013 y 2017 en relación con el periodo 2008-2012 –mientras progresaba un 225% en Arabia Saudí, convertido en el primer país importador del mundo–. “Nuestra seguridad es una prioridad. Desde mi punto de vista, de cada dólar de ingresos en Qatar habría que invertir la mitad en defensa”, sostiene Al Abdulqader. Desde que estalló la crisis, no pasa ningún mes, o casi ninguno, sin que se mencionen las negociaciones en curso o las compras firmes por parte de Doha. Francia, el Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Rusia, Italia, China, Noruega… La lista de proveedores potenciales o demostrados da vértigo.

El equipamiento de Qatar excedería ya ampliamente la capacidad de sus tropas, que Al Jazeera calcula que ascienden a 12.000 soldados. En su mayoría son extranjeros: pakistaníes, yemeníes o somalíes, a excepción de los oficiales de alto rango. Solamente en el ámbito de la aviación militar, en 2017, Doha compró 24 Eurofighter Typhoon, 36 F-15 y 12 Rafale, además de los 24 adquiridos en 2016. “La compra de armas revela, ciertamente, decisiones políticas, pero también son necesarias para disuadir”, insiste Majed Mohammed al Ansari, profesor de Sociología Política en la Universidad de Qatar, al referirse a la “estrategia de la gamba envenenada” (poisonous shrimp) de Singapur: “La isla podría ser invadida en un día, pero a costa de una década de complicaciones para los invasores. Nuestro armamento debe hacer que cualquier intento de ocupación sea lo más ruinoso posible”.

Desde su punto de vista, el riesgo de una incursión saudí o emiratí en Qatar, temida el año pasado, habría disminuido. La influencia estadounidense en el Golfo y los intereses ligados a la explotación de recursos tan vitales como el petróleo y el gas siguen siendo potentes barreras protectoras para impedir que esta disputa entre vecinos, que hace la fortuna de los comerciantes de armas, se transforme en una auténtica guerra. No obstante, las tensiones siguen siendo tan elevadas que, en Doha, nadie se siente a salvo de un inesperado tornado que agitaría las aguas del Golfo.

(1) Mehran Kamrava, Troubled Waters: Insecurity in the Persian Gulf, Cornell University Press, col. “Persian Gulf Studies”, Ithaca, 2018.

(2) Véase Fatiha Dazi-Héni, “El extraño conflicto del Golfo”, Le Monde diplomatique en español, julio de 2017.

(3) La mayoría de las personas con las que nos encontramos pidieron expresamente mantenerse en el anonimato.

(4) La autora de estas líneas participó en ese viaje de prensa organizado por la Oficina de Comunicación del Gobierno (GCO por sus siglas en inglés), antes de regresar a Doha de forma independiente unas semanas más tarde.

(5) Zainab Fattah y Matthew Miller, “Qatari minister says neighbors’ embargo is boon for economy”, Bloomberg News, Nueva York, 6 de septiembre de 2018.

(6) Heidi Blake y Jonathan Calvert, L’Homme qui acheta une coupe du monde. Le complot qatari, Hugo Sport, París, 2016.

(7) Véase David Garcia, “Esclavos del siglo XXI en Qatar”, Le Monde diplomatique en español, junio de 2016.

(8) Adel Abdel Ghafar y Andrew Leber, “The Gulf’s airlines are winning on product but losing at politics”, Brookings, Washington, DC, 26 de julio de 2017.

(9) Véase Alain Gresh, “Qatar busca amigos”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2018.

Angélique Mounier-Kuhn

Periodista, enviada especial.