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La consagración del escritor estadounidense

Jack London o la indomable potencia

Jack London (1876-1916) habrá sufrido durante mucho tiempo las etiquetas que se le han colocado: esta figura de autor como protagonista de su vida, permanentemente infravalorado como novelista para niños (Colmillo Blanco…) también fue alabado intensivamente como modelo de escritor comprometido. Ahora bien, conjugó todo tipo de contradicciones. Más que ser un ideólogo, estuvo, obstinadamente, al servicio de una obra que buscaba expresar las fuerzas de lo vivo.

por Michel Le Bris, marzo de 2017

“Preferiría ser un espléndido meteoro, con cada uno de mis átomos brillando en un resplandeciente fulgor, que un planeta adormecido. La función del ser humano es vivir, no existir”. ¡Viva! Sentir cómo la sangre bulle en las arterias, avanzar a través de la tempestad, vivir la vida como si fueras “al galope de cuarenta caballos furiosos cabalgados a la vez”, vivir cada instante en toda su intensidad, como si fuera el último: “No malgastaré mis días en intentar prolongar mi vida. Quiero aprovechar al máximo mi tiempo”. Y ya comienzan los malentendidos...

Sucesivamente delincuente, vendedor de periódicos, barrendero, repartidor de hielo, obrero, ladrón de ostras, informante de la Policía, cazador de focas, estudiante, militante socialista, buscador de oro en Klondyke, escritor, ranchero, trotamundos, periodista en los abismos, que vivía su vida al límite, que buscaba con furia la gloria, la fortuna, dispuesto a todo para alcanzar el éxito, su vida se (...)

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