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Cómo vivir bajo El bloqueo militar de israel

Gaza: un pueblo aprisionado

Mientras que los israelíes están llamados a elegir un nuevo Parlamento el 17 de septiembre, la Franja de Gaza continúa hundiéndose. Desde hace trece años, Tel Aviv somete al territorio palestino dirigido por Hamás a un bloqueo militar devastador. ¿Cuánto tiempo podrá resistir la población?

por Olivier Pironet, septiembre de 2019

Es una mañana de junio, hace un tiempo radiante en esta playa en la que se alinean las coloridas barcas pesqueras. El resplandor del sol, el azul del cielo y el oleaje del mar confieren al panorama una apariencia de postal. Pero la ilusión de este encantador decorado no dura mucho tiempo: aquí, el Mediterráneo está contaminado; el horizonte, obturado por las fragatas de guerra; los cielos, surcados por los cazas y los drones. Nos encontramos en la Franja de Gaza, un territorio superpoblado (2 millones de habitantes en 365 kilómetros cuadrados) y asediado por Israel.

Los pescadores que nos reciben en su cabaña en Beit Lahiya, en las inmediaciones de la ciudad de Gaza, se muestran contrariados. Israel, que impone desde hace trece años un implacable bloqueo –aéreo, marítimo y terrestre– en esta lengua de tierra palestina, les prohíbe desde hace dos días cualquier salida al mar, tras haber ido reduciendo ya su área de navegación. La razón alegada: el envío de globos y cometas incendiarios a las localidades israelíes –principalmente kibutz– contiguas a la franja costera por vía terrestre. El 18 de junio, tras dos noches de hostilidades (1) y, más tarde, una vuelta a la “calma”, Tel Aviv autorizará de nuevo la pesca, pero solo en un radio de 10 millas náuticas (18,5 kilómetros), lejos de las aguas rebosantes de peces. Se trata de una medida de excepción cuyo levantamiento reclama con regularidad Hamás, el partido islamista en el poder desde 2006 en Gaza, durante las negociaciones indirectas con Israel.

“Los buques patrulleros israelíes apenas se encuentran a tres o cuatro kilómetros, se pueden apreciar a simple vista –nos cuenta Jihad Al-Sultan, responsable del comité sindical de los pescadores del norte de la Franja de Gaza, mientras señala con el dedo hacia alta mar–. Cuando nuestros pescadores están en el mar, les disparan regularmente, en la mayoría de los casos sin ninguna advertencia. Hace poco, varios resultaron heridos, y sus embarcaciones, seriamente dañadas”. Durante el primer semestre de 2019, las fuerzas navales israelíes abrieron fuego en más de doscientas ocasiones hacia los pescadores, hirieron a unos treinta y requisaron una docena de barcos, según dos organizaciones no gubernamentales, una palestina y otra israelí –el Centro por los Derechos Humanos Al-Mezan y B’Tselem–. Dos marineros gazatíes fueron asesinados en 2018.

En el año 2000, la Franja de Gaza contaba con unos 10.000 trabajadores del mar. A falta de poder acceder a las aguas rebosantes de peces –Israel los excluye del 85% de las zonas marítimas a las que, sin embargo, les da acceso el derecho internacional–, las dos terceras partes tuvieron que tirar la toalla: ya solo quedan 3.500 pescadores en la actualidad, entre los cuales el 95% vive por debajo del umbral de la pobreza (menos de 5 euros al día), frente al 50% en 2008.

Nos dirigimos a Khuzaa, una aldea cercana a Jan Yunis, una de las principales ciudades del sur del enclave. La moral está por los suelos allí también. Pese a una evidente miseria, Khaled Qadeh, un agricultor de 34 años de ojos penetrantes protegidos por su sombrero de mimbre, nos invita a tomar asiento alrededor de un tentempié en la pequeña tienda de descanso levantada en las inmediaciones de su campo. Sus tierras, repartidas por 11 dunums (1,1 hectáreas), se encuentran a unos cientos de metros de la valla israelí “fronteriza”, no reconocida por el derecho internacional. Un entrelazado de 65 kilómetros de muros, trincheras, barreras metálicas, alambradas y alambre de púas rodea la Franja de Gaza y está reforzado con una zona tapón que varía entre 300 metros y 1,5 kilómetros de anchura (véase el mapa). Esta área de exclusión militar se adentra en un 25% del territorio e invade un 35% de las tierras cultivables, muy lejos de la línea de armisticio de 1949 (“línea verde”) que separa oficialmente Israel y Gaza. “Mi familia también posee 20 dunums de tierra al otro lado de la línea verde, pero los perdimos en 1948 [año de la creación del Estado de Israel]”, nos precisa Qadeh.

De la escasa hectárea de la que dispone, el campesino solo puede explotar por completo una tercera parte de las parcelas. “El resto de mi campo, al borde de la no-go zone, es difícilmente accesible, pues la mayoría de las veces los israelíes me impiden llegar allí, y son de gatillo fácil, por no hablar de los daños causados por sus tanques y sus bulldozers. Igual que todos los campesinos de la zona fronteriza, a menudo estoy expuesto a los disparos, incluso en este mismo lugar en el que nos encontramos. Los israelíes también me impiden trabajar de noche para aprovechar la corriente, cuando hay: si sospechan del más mínimo movimiento, ametrallan o bombardean”, nos cuenta Qadeh con un potente tono de voz mientras un vehículo blindado israelí que patrulla a lo lejos levanta una nube de polvo. Desde la creación de la zona tapón, consecuencia del desmantelamiento de las colonias judías de Gaza en 2005, y la instauración del embargo, al año siguiente, su rendimiento cayó un 80%. Su actividad es la única fuente de ingresos de su familia y está profundamente endeudado. La pequeña parcela que puede cultivar solo le permite ganar unos 400 shekels (100 euros) al mes, gracias a la venta de sus productos, y alimentar a los suyos. El sector agrario, en el que trabajan 44.000 personas (en torno a un 10% del empleo), ha disminuido más del 30% desde 2014 (2).

La situación de los pescadores y de los agricultores es la misma que la que experimenta toda la franja costera: “catastrófica” e “insostenible”, según las palabras de Isabelle Durant, directora adjunta de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) (3). En 2012, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) daba la voz de alarma. Estimaba que este territorio se volvería “inhabitable” para 2020 si no se levantaba el bloqueo impuesto por Israel, con la colaboración de Egipto (4). Gaza, aislada del mundo desde hacía ocho años, ya había sufrido por aquel entonces dos guerras, iniciadas por Tel Aviv en 2006 y en 2008-2009 (más de 1.800 muertes en el lado palestino y una veintena en el israelí). En 2017, después de otras dos guerras (en 2012 y 2014, con un balance acumulado de 2.500 gazatíes muertos frente a 72 israelíes), Robert Piper, entonces coordinador humanitario de la ONU para los territorios palestinos ocupados, constataba: “La degradación de la situación se ha acelerado con más rapidez de lo que se preveía (…). Puede que Gaza ya sea inhabitable” (5).

El 70% de la población posee el estatus de refugiado desde 1948 y la mitad tiene menos de 15 años. Hoy en día, el desempleo se eleva al 53% de la población activa (el 70% entre los jóvenes y el 85% entre las mujeres) –un récord mundial–, la pobreza alcanza a más de una de cada dos personas y la economía local se ha derrumbado (-6,9% de crecimiento en 2018) (6). Asimismo, las infraestructuras y “las capacidades productivas se han destruido”, subraya la UNCTAD (7). “Entre las destrucciones materiales y los costes de la reconstrucción, solo la factura de la última guerra [la de 2014] se eleva a 11.000 millones de dólares –precisa Ali Al-Hayek, presidente de la Asociación de Empresarios Palestinos (PBA, por sus siglas en inglés), con quien nos reunimos en la sede de la organización, en el centro de la ciudad–. Se borraron del mapa más de mil fábricas, talleres y comercios, sobre todo. Israel nos libra también una guerra económica”. Debido al embargo, muchas empresas tuvieron que cerrar sus puertas, reducir los salarios o despedir a trabajadores. “La Franja de Gaza se asemeja a una gran prisión en la que se ha confinado a todo un pueblo sometido a una ocupación militar, y en la que se administran dosis de calmantes, como la ayuda humanitaria, para evitar la implosión”, resume Ghazi Hamad, viceministro de Desarrollo Social y una personalidad importante de Hamás. “Desde la elección de Hamás, en 2006, sufrimos un castigo colectivo cuyo fin no vemos –nos declara por su parte el analista gazatí Fathi Sabah, colaborador del periódico panárabe Al-Hayat–. Este bloqueo es, ante todo, un medio de presión utilizado por Israel, con la complicidad de la comunidad internacional, para ponernos de rodillas”.

El asedio israelí afecta a todos los aspectos del día a día. Incluso ha dado lugar a una nueva “normalidad”. La precariedad energética, por ejemplo: desde la destrucción por parte de Tel Aviv de la única central eléctrica, en junio de 2006, el acceso a la electricidad es aleatorio. Reconstruida en parte, la central, a la que le falta fuel, solo funciona a un 20% de sus capacidades. Así pues, el territorio debe abastecerse principalmente de Israel, que proporciona electricidad –facturada a la Autoridad Palestina de Cisjordania– en cantidades limitadas. Los cortes en el suministro eléctrico marcan el ritmo de la vida de los gazatíes. “Solo tenemos entre ocho y doce horas de electricidad cada veinticuatro horas, y en horarios variables –nos explica Ghada Al-Kord, periodista y traductora de 34 años–. La mayoría de los hogares no poseen grupos electrógenos, demasiado caros, para paliar los cortes. Lo que significa, por ejemplo, que no podemos guardar casi nada en la nevera. Por lo tanto, tenemos que organizarnos de un día para otro. Hace dos años era aún peor”. De abril de 2017 a enero de 2018, Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina, se negó a abonar a Israel el importe de la factura de la electricidad para presionar a sus rivales de Hamás. La consecuencia: la población solo tenía de tres a cuatro horas de corriente al día. Además, los habitantes se enfrentan a una escasez de agua. Debido a la contaminación del acuífero costero, del cual Israel controla el 85% de los recursos, más del 95% de las capas freáticas atribuidas al enclave son insalubres.

El embargo también afecta de lleno al acceso a la atención sanitaria. En el hospital Al-Shifa, el más grande del territorio, antaño con renombre, provoca hoy aprensión. Los gazatíes, fieles a su sentido del autoescarnio, bromean a este respecto: “Se entra con vida, pero se sale con los pies por delante”. Y con razón. Faltos de medicamentos, de material y de camas para tratar a los numerosos enfermos, los hospitales se han transformado en morideros. Las prohibiciones de importar productos de primera necesidad, la falta de personal, los cortes de electricidad, pero también los daños causados –a propósito– por la artillería israelí han hecho de la sanidad un sector destruido. “Nos falta de todo”, lamenta el portavoz de las autoridades sanitarias de Gaza, Ashraf Al-Qadra, que se pone a realizar un sórdido inventario heteróclito: “Más del 50% de los medicamentos básicos son inaccesibles, el 65% de los pacientes con cáncer se ven privados de tratamiento, una gran parte de las intervenciones quirúrgicas no pueden efectuarse…”.

En el hospital Al-Shifa, la imagen es significativa: nos cruzamos con muchos lisiados –jóvenes, en su mayoría–, las paredes están deterioradas, las salas de espera se encuentran saturadas, y el personal, desbordado. Mohamed Chahin, cirujano ortopédico, se ocupa esencialmente de los manifestantes heridos por los soldados israelíes durante las concentraciones semanales organizadas delante de la valla “fronteriza” israelí en el marco de la Gran Marcha del Retorno (Massirat Al-Awda). Cada viernes, día de manifestación, los médicos deben hacer frente a la afluencia de heridos. “Los pacientes son numerosos y, a veces, muy jóvenes –cuenta Chahin–. Sufren lesiones profundas que nunca hasta ahora habíamos constatado. Los israelíes utilizan balas explosivas que destruyen los tejidos musculares, las articulaciones y los nervios. Cuando sus francotiradores no apuntan a matar –al pecho o directamente a la cabeza–, encañonan hacia las piernas o las partes más sensibles del cuerpo para causar daños irreversibles. Es como si hubieran asistido a clases de anatomía. Muchos manifestantes alcanzados se ven discapacitados de por vida o se les tiene que realizar alguna amputación, pues nos faltan equipamientos”. De los 30.000 heridos registrados desde el comienzo de la Marcha del Retorno, cerca de 140, entre ellos una treintena de niños, han perdido algún miembro inferior o superior y, según la ONU, 1.700 corren el riesgo de sufrir alguna amputación en los próximos dos años por no obtener la autorización israelí para ser evacuados.

Los jóvenes se encuentran en primera línea en las manifestaciones de la Gran Marcha del Retorno. Este movimiento de protesta popular y no armado, que reúne cada semana a miles de familias, se inició el 30 de marzo de 2018, antes de la conmemoración anual de lo que los palestinos denominan la Nakba, el 15 de mayo. Este término, traducido como “catástrofe”, designa el éxodo de 1948, durante el cual 800.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares por los israelíes y se refugiaron en Gaza, en Cisjordania o en los países árabes vecinos.

Un viernes por la tarde acudimos a Malaka, al este de Gaza, uno de los cinco lugares en los que se celebra la movilización semanal. El ambiente es apacible, familiar. Se ha montado una inmensa tienda en una zona alejada para acoger, entre otros, a los más ancianos y a los lisiados. Por el altavoz, una voz recuerda el sentido de la movilización: el derecho al regreso, la denuncia de la Conferencia de Bahréin sobre la dimensión económica del nuevo “plan de paz” estadounidense, la unidad palestina. Las banderas palestinas, numerosas, ondean al viento. No nos acercaremos a la zona, muy peligrosa, en la que se encuentran los jóvenes que están dispuestos a ir a desafiar a los francotiradores israelíes.

La idea de una concentración masiva ante la barrera israelí surgió de las mentes de una veintena de jóvenes gazatíes. “Nos inspiramos en las acciones del mismo tipo llevadas a cabo desde hace varios años en Palestina o en los confines de Israel”, relata Ahmad Abou Artema, uno de sus iniciadores. Este activista pacifista de 35 años, de voz calmada y monocorde, procede de una familia expulsada de Ramla en 1948. Y continúa: “Con esta movilización civil, el objetivo era reafirmar el derecho al retorno de los refugiados a sus tierras, tal y como se estableció en las resoluciones de la ONU, y clamar alto y claro nuestra sed de dignidad”. Muy rápidamente, las facciones políticas se unieron al movimiento en aras de la unidad, como para poner fin a la discordia entre los hermanos rivales de Hamás y de Fatah, que envenena el panorama palestino. Para esta ocasión, los partidos guardaron sus respectivas banderas y dieron la consigna de agitar solo la de Palestina. “La cuestión de los refugiados es un asunto de consenso nacional. Así pues, es normal que todas las facciones hayan brindado su apoyo”, nos precisa Artema. Hamás, aunque partidario de la lucha armada contra Israel, se asoció estrechamente a este movimiento pacífico. Forma parte de su comité de organización junto a otras formaciones, como Yihad Islámica (islamo-nacionalista) o el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP, marxista). “La Gran Marcha es una de las opciones alternativas a la vía de las armas de las que disponemos para hacer valer nuestros derechos frente a la ocupación –declara Hamad–. Permite darle visibilidad a nuestra causa”.

El movimiento, que supuestamente iba a durar hasta el 15 de mayo de 2018, continúa desde entonces. Han surgido otras reivindicaciones, como el levantamiento del bloqueo o la defensa de Jerusalén. Pese al carácter no armado de las concentraciones, Israel decidió responder con las armas. Desde el comienzo de la movilización civil, más de doscientos gazatíes han perdido la vida, entre ellos unos cincuenta niños, pero también socorristas y periodistas. A este balance se añade el centenar de palestinos que han muerto en un año y medio en el territorio durante bombardeos o ataques israelíes. En febrero de 2019, una comisión de investigación de Naciones Unidas concluía que la violencia perpetrada por Israel durante las manifestaciones en las inmediaciones de Gaza podía “constituir crímenes de guerra o crímenes de lesa humanidad” (8). El primer ministro israelí niega rotundamente estas acusaciones. Benjamín Netanyahu, señalando el envío de cometas y de globos incendiarios a tierras contiguas israelíes por parte de los protestatarios, replicó que Israel debía “proteger su soberanía, así como la de sus ciudadanos, y ejercer su derecho a la autodefensa” (9). Puede contar con el respaldo de su opinión pública: en mayo de 2018, mientras la cifra de muertos en el lado palestino se acercaba al centenar, una encuesta indicaba que el 71% de los israelíes consideraba que los disparos contra los protestatarios de la marcha estaban justificados (10).

Ante el elevado número de víctimas entre los manifestantes y los daños materiales causados en territorio israelí por objetos incendiarios, llueven también las críticas sobre los dirigentes palestinos. La “comunidad internacional” y la prensa occidental acusan a las facciones –Hamás a la cabeza– de instrumentalizar a los jóvenes y de dejarlos a merced de los francotiradores agazapados detrás de la barrera. Khaled Al-Batsh, líder de la Yihad Islámica en Gaza y miembro del Comité Nacional de la Marcha del Retorno, niega estas acusaciones. “Se nos ha exhortado a utilizar la vía de la resistencia pacífica, que es lo que hemos hecho mediante estas movilizaciones –nos explica–. Y ahora, nos quieren responsabilizar del elevado número de víctimas palestinas. No se condena a los verdaderos responsables. ¿Quién nos mata, quién mata a nuestros hijos? Francotiradores aguerridos que saben exactamente lo que hacen. Hasta ahora, no hay que lamentar ninguna muerte israelí en el transcurso de estas manifestaciones. ¿Por qué nadie sanciona a Israel?”. Maher Misher, dirigente del FPLP y miembro del comité de organización de la marcha, con quien nos encontramos en la concentración del 14 de junio de 2019 (11), también condena las reprimendas de los occidentales. Para él, este movimiento cuenta con dos méritos: “Por una parte, permite hacer presión sobre Israel, pues los daños causados en las tierras de las localidades israelíes por simples cometas incendiarias han llevado a algunos habitantes a marcharse; por la otra, ha vuelto a poner el foco en la cuestión del derecho al retorno en la escena internacional. Por eso esta marcha debe continuar”. “Pese a los heridos –mi padre y mi hermano han sido alcanzados por balas–, la movilización debe continuar hasta que recuperemos nuestros derechos y nuestras tierras”, argumenta Mohammed Shallah, un empleado de 33 años con el que nos cruzamos mientras avanza con paso determinado hacia la zona más peligrosa, contigua a la barrera.

Con todo, algunas voces disonantes se hacen oír, especialmente entre los jóvenes. Muchos han dejado de ir a la marcha, la cual consideran demasiado cercana a Hamás desde que la formación islamista comenzó a liderarla. “Hamás ha hecho suyo este movimiento para limpiar su imagen y recuperar legitimidad en un momento en el que pierde fuerza”, afirma Loai A., activista por los derechos humanos de 26 años. En los últimos tiempos, la reputación del “partido de la resistencia islámica” se ha ido deteriorando. Una parte de los gazatíes le reprocha a la organización liderada por Yahya Sinwar el no haber reconocido la importancia de las necesidades sociales de la población y el haberse sumergido en el autoritarismo y el rigorismo moral.

Prueba de ello: la represión del movimiento de protesta popular iniciado el pasado mes de marzo. Con el eslogan “Bidna Na’ich” (“Queremos vivir”), miles de personas desfilaron para protestar contra la subida de los precios y la degradación de las condiciones de vida. Hamás, acusando al movimiento de estar manipulado por Fatah, respondió con la fuerza: varios centenares de manifestantes fueron golpeados y arrestados (12). “¿Cómo quiere que apoyemos la Gran Marcha mientras Hamás no hace nada por nosotros y nos reprime?”, nos pregunta Loai A. con un tono lleno de amargura. “Yo le digo a Hamás: ‘No me importa perder la pierna, pero al menos que sirva para algo y para que, a cambio, os ocupéis de nosotros’. Numerosos jóvenes solo piensan en partir al extranjero. El problema –añade suspirando– es que no se puede salir…”.

¿Puede encarnar Fatah una alternativa? Nada parece más incierto, pues es importante el descrédito con el que cuenta la Autoridad Palestina de Mahmud Abbas, líder de Fatah, a ojos de numerosos gazatíes, al igual que entre una gran mayoría de palestinos de Cisjordania. La política de conciliación iniciada con Israel durante el “proceso de paz” ha resultado ser un fracaso, la colonización se ha extendido y la opinión pública rechaza en masa la colaboración en materia de seguridad entre la Policía de la Autoridad Palestina y el Ejército israelí en Cisjordania (13). Por no hablar de la corrupción que gangrenó las instituciones cuando Fatah estaba en el poder en Gaza, avivando los rencores en beneficio de un Hamás considerado más íntegro. “La situación con Fatah realmente no era mejor –explica Fathi Sabah–. Y en Cisjordania, hoy en día, las cosas van mal: Mahmud Abbas no hace nada contra las colonias, no lucha contra la ocupación, no defiende Jerusalén… No hace nada salvo pronunciar discursos en Naciones Unidas”. Al rechazar por completo a Fatah y a Hamás, cada vez más gazatíes piden cambios políticos radicales, como sus compatriotas de Cisjordania, y reclaman una renovación generacional.

En este contexto de crisis generalizada, en el que el bloqueo y el asedio comprometen el futuro, muchos han perdido la esperanza. “Odio Gaza, tres guerras me arruinaron la infancia y quiero salir de aquí”, nos confía Amira Al-Achcar, estudiante de 18 años que vive en el campamento de Nusseirat con sus ocho hermanos y hermanas y su madre, sola y sin empleo. “Todos los días conozco a personas extraordinarias, con educación, que desean la paz con los israelíes, pero ya no pueden más –declara, a su vez, Matthias Schmale, director de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA, por sus siglas en inglés) en Gaza, que escolariza a cerca de 280.000 menores y proporciona ayuda alimentaria a más de un millón de personas en el enclave–. Es fácil comprender que algunos puedan inclinarse por la violencia cuando se ve el trato que inflige Israel a todo un pueblo”.

En ausencia de avances por parte de Israel, y a falta de respaldo internacional, especialmente de la mayoría de los países árabes, la prioridad, para muchos, es la resolución del conflicto entre Fatah y Hamás. El 12 de octubre de 2017, ambos movimientos firmaron un acuerdo de reconciliación que supuestamente permitirá el regreso de la Autoridad Palestina a la Franja de Gaza. Pero el proceso se estanca, principalmente debido a las exigencias de Abbas. El presidente de la Autoridad Palestina reclama, entre otras cosas, el desarme de Hamás, una petición rechazada categóricamente por la formación islamista. Mientras tanto, “la población se hunde cada día un poco más en la miseria y Gaza es una olla a presión que amenaza con estallar”, considera Ahmad Youssef, figura influyente de Hamás favorable a una solución de compromiso entre ambos partidos. A su parecer, “hay que reconstruir la casa palestina para enfrentarse mejor a Tel Aviv. Y solo se podrá hacer a través de un sistema de cogestión del poder. Ambos deben realizar concesiones”. Imad Al-Agha, alto responsable de Fatah en Jan Yunis, mantiene un discurso similar: “Debemos poner fin a esta discordia que le hace el juego a Israel y aunar nuestras fuerzas”. Un deseo imposible para unos; una urgencia absoluta para otros.

¿Podrá llevarse a cabo esta reconciliación bajo los auspicios de la juventud, con vistas a elaborar una nueva estrategia nacional? Hassan Ostaz, militante de Fatah de 29 años, está convencido de ello: “Hay que reconocer que, en la actualidad, solo Hamás resiste ante los israelíes. Debemos superar las divisiones para reflexionar sobre los medios de luchar juntos contra la ocupación. Es lo que tratamos de hacer, por ejemplo, al organizar reuniones comunes con las juventudes de Hamás”. Por su parte, Mohammed Haniyeh, de 28 años, es el representante de estas juventudes en el seno del comité de organización de la Gran Marcha. Nos recibe en una oficina que comparte con… las juventudes de Fatah. Para él, ha llegado la hora del arranque colectivo: “Sin más tardar, debemos constituir un Gobierno de unidad, organizar nuevas elecciones y trabajar por construir nuestro Estado, de Cisjordania a Gaza”. En el “acuerdo del siglo” preparado por Washington y respaldado por los países del Golfo ni siquiera se menciona este Estado. Ese enésimo proyecto de paz entierra, en particular, la idea de una Palestina independiente y considera la Franja de Gaza como una entidad separada de Cisjordania. “Una funesta broma”, zanja Youssef.

(1) Tzvi Joffre, “IAF attacks targets in Gaza Strip after rocket fire”, The Jerusalem Post, e “Israeli air force fires many missiles into Gaza”, International Middle East Media Center (IMEMC), 14 de junio de 2019.

(2) Cf. el informe anual de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en inglés), Nueva York, mayo de 2018, y Ali Adam, “Israel is intensifying its war on Gaza’s farmers”, The New Arab, Londres, 19 de marzo de 2018.

(3) Tom Miles, “UN bemoans unsustainable Palestinian economy”, Reuters, 12 de septiembre de 2018.

(4) Cf. el informe “Gaza in 2020: A liveable place?”, Naciones Unidas, Nueva York, agosto de 2012.

(5) Gaza ten years later”, Naciones Unidas, julio de 2017.

(6) Todos estos datos están disponibles en los sitios web del Banco Mundial, de la UNCTAD y de la Oficina Central Palestina de Estadísticas (PCBS, por sus siglas en inglés).

(7) Rapport sur l’assistance de la Cnuced au peuple palestinien”, UNCTAD, Ginebra, 12 de septiembre de 2018.

(9) Tovah Lazaroff, “Netanyahu: UN set new hypocrisy record with Israeli war crimes allegation”, The Jerusalem Post, 28 de febrero de 2019.

(10) Cf. “The Peace Index”, 2 de mayo de 2018.

(11) Más de 90 palestinos, entre ellos 28 niños y 4 socorristas, resultarán heridos ese día en la Franja de Gaza.

(12) Entsar Abu Jahal, “Human rights group documents Hamas abuses”, Al-Monitor, 26 de abril de 2019.

(13) Sobre la cooperación en materia de seguridad, véase “El espectro de la Intifada en Cisjordania”, Le Monde diplomatique en español, octubre de 2014.

Olivier Pironet