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Otra Europa es posible

El juego con las palabras del presidente francés

por Bernard Cassen, diciembre de 2018

Entre los dirigentes políticos europeos, Emmanuel Macron es sin duda el que mejor ha entendido lo importante que es la elección de palabras a la hora de orientar y estructurar el terreno político. Desde luego, se trata de un método clásico: el presidente francés pretende forzar a sus adversarios a pensar en los términos que él mismo ha ideado. Sin embargo, el método que él emplea es original: consiste, a menudo, no tanto en crear un léxico personal como en utilizar el de sus rivales realizando una operación de sustitución de contenido. Y esto de una forma que recuerda un poco a la de George Orwell que en 1984 escribió que para Big Brother “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.

Una de las prioridades de Emmanuel Macron consiste en reconfigurar el mapa político de Francia a través de un partido –La República en marcha (LAREM)– cuyo perfil correspondería al del electorado que le llevó a ser elegido como presidente de la República francesa en mayo de 2017. Estos electores llegaron tanto del centroizquierda como del centroderecha. La pregunta es si esta coexistencia que aúna el agua (tibia) con el fuego (de las ambiciones) tiene un carácter coyuntural o estructural.

En cualquier caso, el posible éxito de LAREM supondría la desaparición de la división izquierda-derecha, o al menos la desdibujaría electoralmente, y por tanto también de los partidos –llamados “de gobierno”– que la han encarnado durante décadas. No obstante, nada parece asegurar el éxito de este plan. Ya fracasó cuando Emmanuel Macron quiso trasladarlo a nivel europeo con motivo de las elecciones al Parlamento Europeo. Los futuro eurodiputados de LAREM no se situarán en el centro de un tablero parlamentario que se rige por unas reglas y códigos ya establecidos. No tendrán más elección que unirse al Grupo de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE), conducido por el ex primer ministro belga Guy Verhostadt.

Emmanuel Macron reitera constantemente que la línea roja no se sitúa entre la izquierda y la derecha, sino entre “progresistas” (a los que pretende liderar) y “nacionalistas”. En Francia, el uso de la palabra “progresista”, que históricamente ha correspondido a la izquierda, puede dar una alegría semántica y buena conciencia a algunos miembros del partido del presidente, pero es una impostura intelectual a la luz de las políticas económicas y sociales –más bien anti-sociales– llevadas a cabo por el actual Gobierno francés. ¿Desde cuándo el neoliberalismo supone un progreso?

Aficionado a la transgresión, el “progresista” Emmanuel Macron está igualmente revisitando y apropiándose de dos palabras hasta ahora denigradas por sus propios amigos: “populismo” y “soberanía”. El pasado 22 de noviembre, tras una jornada de movilizaciones sociales en la que 300.000 personas vestidas con chalecos amarillos se manifestaron en contra de sus políticas pronunció estas declaraciones surrealistas: “Nosotros somos auténticos populistas, estamos con el pueblo”. A partir de ahora, y con el aval del presidente de la República, la palabra “populista” ya no debería resultar ofensiva…

Ocurre lo mismo con el concepto de “soberanía”, que los europeístas asocian sistemáticamente con el nacionalismo. Emmanuel Macron no la reivindica a escala nacional sino solamente a nivel europeo como reacción frente a las agresiones de Donald Trump. La idea de “soberanía europea” no recibió una acogida entusiasta por parte de los socios de Francia para los que el atlantismo aún forma parte de su naturaleza. Angela Merkel retomó la expresión de todos modos, aunque reticentemente. No se le reprochará a Emmanuel Macron jugar con las palabras. Es él quien habrá de probar que estas también pueden tener contenido…

Bernard Cassen