¿Cómo escuchar, cómo elegir? El paisaje musical está saturado hasta el extremo de la locura. “Más de 120.000 nuevos títulos aparecen cada día en las plataformas de streaming”, recuerda cada mes el DJ francés Laurent Garnier en su intrépido pódcast producido por la radio pública PIF. La mayor plataforma de distribución digital de este flujo musical es la sueca Spotify: 30% de cuota de mercado y 751 millones de usuarios, de los cuales 290 son suscriptores de pago. La historia de la fundación en el año 2006 de esta empresa que proponía “música para todos” ya ha sido el tema de una miniserie que ha causado algún que otro rasguño en el relato oficial (1). La Machine Spotify, una investigación realizada por Liz Pelly, periodista estadounidense especializada en la escena musical independiente, detalla su fulgurante ascenso, que culminó con la salida a la Bolsa de Nueva York en 2018 (2).

La explotación reina en todos los niveles de esta falsa encarnación del “buen rollo”: están los metadatos sobre la “vida emocional” de los consumidores, que son revendidos a corredores de datos; y están los músicos independientes que aprenden a hacer lo que parece “funcionar” mejor y formatean en consecuencia sus pistas para contar con mayores posibilidades de exposición, a 35 céntimos por clic. La periodista aborda extensamente la lógica económica que subyace a la presencia de cerca de un millón de títulos producidos por medio de inteligencia artificial (IA) generativa, cuya existencia fue una de las primeras en señalar a la opinión pública estadounidense. La autora señala cómo estas piezas libres de derechos contribuyen a maximizar los beneficios de los accionistas —entre ellos las tres mayores discográficas— y, al igual que otras, se componen en masa con este fin, alimentando las listas de reproducción de una música que sobre todo se caracteriza por no requerir la menor atención.

Y es que, como apunta Liz Pelly, “la facilidad de uso [de Spotify] ha acabado favoreciendo la facilidad de escucha”. De ello dan fe las listas de reproducción “Lo-Fi”, generadoras de un ambiente pensado para los momentos de relajación o de estudio de la llamada “generación Z”, así como el pop “atrapa-reproducciones”, “afelpado, de tiempo medio y melancólico” encarnado por Billie Eilish, o bien el flujo de selecciones de “música funcional” personalizadas, herederos de la música de fondo de antaño, la que se dejaba oír en ascensores o grandes superficies (3). Como concluye Pelly, al fin y al cabo, “en un momento en que el mundo digital se parece cada vez más a un centro comercial, nada tiene de sorprendente que se encuentre [en él] la misma música que en los centros comerciales, a veces producida por las propias empresas”.
“Al igual que para miles de millones de personas el supermercado se encuentra en el centro de la cultura alimentaria contemporánea, las plataformas constituyen en la actualidad el núcleo económico y cultural de la música en gran parte del mundo”, remacha el sociólogo británico David Hesmondhalgh, coordinador del primer informe internacional sobre las consecuencias culturales de la plataformización en las producciones musicales nacionales (4). La docena de países objeto de estudio revela la multitud de operadores de streaming que operan tras Spotify, como Boomplay en el continente africano, donde los artistas independientes trabajan en condiciones no menos precarias.

Pero los investigadores reunidos en el estudio también sostienen que estas “gramolas” del Sur Global participan en la globalización de nuevas músicas locales o de la diáspora, como el éxito planetario del que goza el artista puertorriqueño Bad Bunny o los músicos afrobeat nigerianos. Una descentralización de la nueva cultura pop que sin duda complica “todo intento de considerar el streaming como una versión digital del imperialismo cultural o del colonialismo”.


