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El fin de una era del capitalismo financiero

Los diez días que cambiaron Wall Street

Para evitar el hundimiento de la Bolsa y la congelación de los créditos, que amenazan con contaminar todas las actividades económicas, las autoridades norteamericanas han abandonado las acciones puntuales de salvamento de la economía y han abordado un plan de conjunto. El secretario del Tesoro, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, han propuesto que los poderes públicos, es decir los contribuyentes, compren los créditos bancarios “tóxicos” por valor de 500.000 millones de euros. En plena campaña electoral, el Congreso estadounidense muestra su descontento ante tal compromiso financiero, sin precedentes ni contrapartidas, que podría hacer explotar el déficit presupuestario y dar un nuevo golpe a la fortaleza del dólar. Un senador no ha dudado en criticar con vehemencia este “socialismo financiero” que juzga de “no estadounidense”. La borrasca financiera, que está golpeando también con brutalidad a Europa, ha provocado múltiples intervenciones acerca de la “moralización” del capitalismo, la urgencia de una “regulación” y la necesidad de castigar severamente a los “culpables”.

por Frédéric Lordon, octubre de 2008

Había que tener un espíritu de niño, o bien el gusto por lo maravilloso, para tomar en serio la postura marcial de las autoridades estadounidenses al afrontar la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, postura que a la historia no le tomó más de dos días convertirla en un gesto de desesperación. El hecho de negarse a socorrer a ese banco de inversión en peligro era una apuesta puntual extraordinariamente azarosa y, para decirlo de una vez, insostenible, si lo que se esperaba era que marcara un cambio estratégico.

Es cierto que en los acontecimientos actuales hay elementos ­como para desorientar y que la ­sucesión cada vez más rápida de ­situaciones críticas, cada una per­cibida en tiempo real como un ­“pico” de la crisis, para ser in­mediatamente borrado por otro ­todavía más grave y todavía más espectacular, es como para hundir a los reguladores en abismos de angustia y desorientación.

Los (...)

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