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Un resultado que no será aceptado

por Serge Halimi, octubre de 2020

¿Simple producto de un clima político incandescente? En cualquier caso, casi nadie asume ya que los resultados de las elecciones presidenciales serán aceptados por los dos bandos. Pase lo que pase el próximo martes 3 de noviembre, muchos demócratas culparán de su eventual derrota a Rusia o a China o, más razonablemente, a la prohibición de votar a la que algunos gobiernos republicanos como el de Florida siguen sometiendo a los condenados –a menudo pobres, negros o hispanos, y por tanto supuestos votantes demócratas– incluso años después de haber cumplido sus penas (1). En cuanto a Donald Trump, lo tiene muy claro: solo puede perder si hay fraude (“la única manera que tienen de ganarnos es con unas elecciones amañadas”, declaró el pasado 24 de agosto). Y ya ha encontrado el instrumento de este fraude: el voto por correo, cuya importancia se espera que aumente por el coronavirus.

En Estados Unidos cada estado determina muchas de las reglas del escrutinio, entre ellas la posibilidad de que los electores puedan votar de una u otra manera, hasta tal o cual fecha. En Pensilvania, un estado casi siempre disputado (swing state), se puede pedir la papeleta para el voto por correo hasta el 27 de octubre y esta debe llegar a su colegio electoral antes de las 20 horas del martes electoral. Unos plazos brevísimos, sobre todo si el servicio de correos funciona mal. En Minnesota, un votante puede pedir el voto por correo hasta la víspera del escrutinio. En otros lugares funciona de otra manera y estas reglas pueden aún cambiar de aquí al 3 de noviembre… El riesgo de carambola es enorme en unos comicios nacionales, sobre todo si las sospechas ya envenenan el ambiente. Todos recuerdan el recuento de votos interminable en Florida durante las presidenciales de noviembre de 2000 que concluyeron con la elección de George W. Bush (2).

A priori, la ecuación política es sencilla y explica perfectamente la estrategia de la sospecha del actual presidente: el 58% de los estadounidenses dispuestos a salir de casa el 3 de noviembre se inclinarían por votar por Trump, pero el 75% de los que prefieren votar por correo se decantarían por su adversario, Joe Biden (3). Es decir, es muy posible que la noche de las elecciones los primeros recuentos den ventaja al candidato republicano –y a sus partidarios la sensación de que ha ganado– antes de que el recuento de los millones de votos por correo (en 2016 fueron ya 33 millones) dé un vuelco al resultado.

Ahora bien, entre todos los defectos que se le achacan a Trump, no hay duda de que uno de ellos es cierto: tiene muy mal perder y además es un engreído. Por consiguiente, es más que verosímil que, de ser derrotado –limpiamente, pero gracias al voto por correo que según él será fraudulento–, cuestionará el veredicto. ¿Llegará a negarse al traspaso de poder al vencedor? Su exconsejero Steve Bannon acaba de lanzar una campaña nacional cuyo lema es “El complot para robar 2020”. Dos de sus blancos son Twitter y Facebook que, según él, rehusarán anunciar los resultados la noche de las elecciones y esperarán al escrutinio del voto por correspondencia. Un crimen que Bannon juzga imperdonable.

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(1) Véase “Quand l’État pénal exclut quatre millions d’électeurs”, Le Monde diplomatique, diciembre de 2000.

(2) Véase Serge Halimi y Loïc Wacquant, “Démocratie à l’américaine”, Le Monde diplomatique, diciembre de 2000.

(3) The Washington Post, 13 de septiembre de 2020.

Serge Halimi

Director de Le Monde diplomatique.

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