“Todos los hombres libres, vivan donde vivan, son ciudadanos de Berlín”. La ciudad donde el presidente John F. Kennedy pronunció estas palabras en 1963 ha empezado el presente año en un ambiente que recuerda más bien a La vida de los otros (2006), una película sobre la vigilancia generalizada en Alemania Oriental: desde ahora, la policía podrá, a petición de un juez, acceder al domicilio de un particular para instalar programas espía en sus dispositivos con el fin de interceptar comunicaciones cifradas. La amplísima reforma de la Ley General de Seguridad y Orden Público, aprobada a principios de diciembre del pasado año en el Parlamento regional, también garantiza la legalidad de la recolección por parte de la policía de datos de geolocalización telefónica procedentes de antenas repetidoras, la identificación biométrica en línea por medio de herramientas de inteligencia artificial y la videovigilancia algorítmica en determinados lugares (1). Engalanado con un lacito de medidas contra la violencia doméstica, el texto refrenda la deriva en materia de seguridad de una ciudad alabada por sus libertades en la década de 1990.
Otros länder también han ampliado los poderes de las fuerzas del orden. Y el Gobierno federal ha vuelto a sacarle brillo a su arsenal de control social: un reciente texto legislativo obliga a los proveedores de internet a conservar durante tres meses los datos personales de conexión. La Cancillería, por su parte, prevé aumentar las prerrogativas del Servicio Federal de Inteligencia: limitado hasta ahora a la recogida y análisis de información, en lo sucesivo podrá organizar acciones ofensivas de sabotaje o piratería. Como explica el Süddeutsche Zeitung (19 de diciembre de 2025), sus agentes, a semejanza de la policía berlinesa, “deberían estar autorizados a introducirse en secreto en las viviendas de las personas investigadas para instalar programas espía en ellas”. Se ve que no han perdido una costumbre que volverá nostálgicos a los jubilados de la Stasi, nacidos cuarenta años antes. Al igual que Kennedy, los dirigentes del oeste se han pasado mucho tiempo perorando sobre el respeto a la vida privada, la libertad de opinión, la sagrada inviolabilidad del domicilio y otros atributos en los que supuestamente se basa la superioridad de “nuestras democracias”.
Una palabrería que el miedo a los islamistas, a los rusos o a los pedófilos ha vuelto obsoleta. Restricción de la libertad de expresión en nombre de la lucha contra la desinformación (2), limitación de los derechos fundamentales de quienes se oponen a la política israelí, rearmamento masivo, vuelta del servicio militar, presupuesto de defensa ilimitado, campañas de reclutamiento del Bundeswehr en los colegios, retratos lisonjeros de los comerciantes de cañones en la prensa... El cielo sobre Berlín se ha despejado de toda utopía pacifista (3). En su afán de rivalizar con el ministro de Defensa —la personalidad política ascendente en Alemania—, el canciller Friedrich Merz declaró el pasado mayo que deseaba convertir el Bundeswehr en el ejército convencional “más poderoso de Europa”. ¿Se supone que eso debería alegrarnos?
Francia lleva desde el final de la Segunda Guerra Mundial haciendo de la limitación del poder militar alemán el núcleo de la arquitectura de seguridad europea. Berlín solo recuperó su soberanía plena en 1990. A continuación, la República Federal confió su defensa a Estados Unidos y basó su política exterior en la cooperación. La invasión rusa de Ucrania y la erosión de la OTAN han cambiado las reglas del juego. Asistimos al renacimiento de una potencia alemana desacomplejada. Y los halcones bálticos ya han instado a Merz a avivar el paso: “Sugiero que Alemania sea el motor y se convierta en un factor de disuasión”, afirmó el exministro de Asuntos Exteriores lituano Gabrielius Landsbergis. “Berlín debería, además, tener en cuenta los aspectos estratégicos de la disuasión” (La Tribune dimanche, 14 de diciembre de 2025). Aplaudido en Francia por los columnistas de la prensa liberal y de la conservadora, el nuevo militarismo alemán se está imponiendo sin debate. Y el inquilino del Elíseo —que por lo visto no prestó la atención debida en las clases de historia— sigue sin dar su brazo a torcer: para Macron el peligro solo tiene una capital, y esa es Moscú.


