La guerra de Gaza concluirá con un “acuerdo de paz” que consiste en una sola cosa: cambiar de tema. Los bombardeos israelíes continúan. La ayuda humanitaria sigue siendo insuficiente. El acceso a los periodistas extranjeros se mantiene prohibido, salvo si se integran en las patrullas de las fuerzas de ocupación. La reconstrucción sigue siendo una entelequia. Cualquier forma de justicia —habida cuenta de las víctimas civiles, de los abusos cometidos y de la destrucción injustificable— lo es también. La cuestión fundamental —¿quién gobernará Gaza, con qué legitimidad y con qué medios?— sigue más que nunca sin respuesta. El acuerdo, celebrado por Estados Unidos, Francia y los Estados árabes, no contiene ninguno de los elementos necesarios para una paz soportable. Si hubiera de producirse una normalización, sería únicamente en el sentido de eludir el problema: hablemos de otra cosa, puesto que las negociaciones han concluido y la violencia ha descendido un (...)
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Gaza, signo de los tiempos
Hacer borrón y cuenta nueva
Mil millones de dólares. Esa es la cantidad del ticket de entrada que exige Donald Trump para que un Estado pueda sentarse en su Consejo de la Paz. Este órgano de contornos difusos tiene como objetivo resolver las guerras, incluida la que sigue desarrollándose en Gaza, pese a la proclamación de un “alto el fuego”. Los palestinos, que no tienen voz ni voto sobre su propio futuro, quedan así borrados.
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