Hay que tener una memoria muy selectiva para considerar el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el pasado 3 de enero, como el “regreso” de Washington a una política “imperialista” a la que supuestamente había renunciado desde 1945, si no desde 1918.
La repentina atribución de este epíteto a Estados Unidos por parte de una prensa que hasta ahora lo reservaba para Rusia tiene algo de falsamente ingenuo. Porque, si nos limitamos a la época justo después del final de la Guerra Fría, el regreso de Washington a la práctica de operaciones militares de gran envergadura tras largos años de “síndrome de Vietnam” se inauguró en 1989, en (...)









