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Imperialismo de la virtud

Editorial, por Serge Halimi, diciembre de 2022

La coexistencia de un Senado controlado por los demócratas y de una Cámara de Representantes de mayoría republicana no va a alterar la política exterior de Estados Unidos. Puede que incluso revele a quienes lo ignoran que existe una convergencia entre el militarismo neoconservador de la mayor parte de los congresistas republicanos y el neoimperialismo moral de un número creciente de demócratas.

La cosa viene de antiguo. En 1917, el presidente demócrata Woodrow Wilson involucra a su país en la Primera Guerra Mundial –caracterizada por rivalidades imperiales– fingiendo que con ello aspira a “garantizar la democracia en el mundo”, lo que no le impide ser al mismo tiempo simpatizante del Ku Klux Klan. Más adelante, durante la Guerra Fría, republicanos y demócratas se suceden en la Casa Blanca para defender al “mundo libre” del comunismo ateo, el “imperio del mal”. Desaparece la Unión Soviética y llega la era de la “guerra contra el terrorismo”, con la que el presidente George W. Bush asegura que se pondrá fin a “la tiranía en el mundo”.

Corea, Vietnam, Afganistán, Irak…: cruzadas democráticas que se saldan con millones de víctimas, son acompañadas de una restricción de las libertades públicas (macartismo, persecución de los denunciantes…) y asocian a Washington a un batallón de grandes criminales que no siempre han leído a Montesquieu. Ahora bien, como pertenecen al bando estadounidense, ninguno de ellos –ni el general Suharto en Indonesia, ni el régimen de apartheid en Sudáfrica, ni Augusto Pinochet en Chile– perderá el poder (ni la vida) de resultas de una intervención militar occidental.

La presencia de un demócrata en la Casa Blanca tiende a favorecer la operación de maquillar la inclinación hegemónica imperial en guisa de lucha por la democracia. Hasta frente a un adversario tan repelente como Vladímir Putin, la izquierda atlantista habría torcido el gesto de haber tenido que movilizarse tras un Richard Nixon, un George W. Bush o un Donald Trump. En su momento, también la colonización francesa fue presentada como la ­realización de una misión civilizadora inspirada por la Ilustración, lo que le valió el apoyo de una parte de la élite intelectual progresista. Hogaño es la ­lucha contra el autoritarismo ruso, iraní o chino la que permite el rearme moral de Occidente (1).

El pasado 24 de octubre, una carta de treinta parlamentarios demócratas celebraba la política ucraniana del presidente Joseph Biden a la vez que reclamaba zanjar la guerra por medio de negociaciones. Esta exposición de simplezas desencadenó en Twitter una tremolina belicista tal, que a la mayor parte de los bravos signatarios les faltó tiempo para retractarse. Uno de ellos, Jamie Raskin, demostró enseguida su virtuosismo en el ejercicio de sumisión general que caracteriza los periodos de intimidación intelectual: “Moscú es el centro mundial del odio antifeminista, antigay, antitrans, y el refugio de la teoría del ‘gran reemplazo’. Al apoyar a Ucrania, nos oponemos a estas nociones fascistas”. Pese a que le falta mencionar la lucha contra el cambio climático, una redefinición hasta tal punto hipócrita de los objetivos de guerra estadounidenses ilustra bien el encaje de bolillos en el que se ejercita la izquierda imperialista que se nos viene encima.

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(1) Cfr. Christopher Mott, “Woke imperium: The coming confluence between social justice and neoconservatism”, The Institute for Peace & Diplomacy, Toronto, junio de 2022.

Serge Halimi

Director de Le Monde diplomatique.

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