La historia de las luchas emancipadoras —obreras, anticoloniales, feministas, antiimperialistas— no solo está escrita con sangre y dignidad, sino también con traiciones, fracturas y sabotajes internos. No todas las derrotas han sido producto de la fuerza del enemigo. Algunas, quizá las más dolorosas, fueron provocadas desde dentro por sectores que, en nombre de una supuesta pureza ideológica o superioridad moral, dinamitaron procesos unitarios, atacaron a sus propios compañeros de trinchera y contribuyeron, en los hechos, a apuntalar al poder que decían combatir.
Este fenómeno, constante y devastador, actúa como un parásito incrustado en los cuerpos de resistencia. A veces se presenta en forma de izquierdismo intransigente, otras como crítica sectaria implacable, y no pocas veces como “activismo radical” que reduce la política a una performance sin riesgo, sin pueblo, sin resultado. Pero siempre comparte una característica común: su práctica concreta refuerza al enemigo. En lo consciente o en lo inconsciente, se (...)


