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Cultura

Buena siesta en la biblioteca

por Cristina Ion y Éric Dussert, junio de 2018

Recientemente, el documentalista Frederick Wiseman dedicó una película, Ex Libris (1), a la New York Public Library, una vasta red de más de noventa bibliotecas diseminadas por Nueva York, desde la Quinta Avenida al Bronx. Como para ilustrar la frase de la Premio Nobel de Literatura Toni Morrison, “Las bibliotecas son el pilar de nuestra democracia”, citada en la película, la institución es presentada como un lugar de educación popular, donde, junto al acceso a libros, películas o música, encontramos clases de baile, espectáculos, conferencias y toda clase de servicios, como la ayuda a la integración, a la búsqueda de empleo o a la creación de empresas. La atención a las minorías, muy presente, se traduce en clases de apoyo, alfabetización, terapias de grupo –minorías étnicas, discapacidad, género, etc.–. Se trata de una dimensión importante que contribuye a legitimar las demandas de financiación. Ya que las bibliotecas estadounidenses no son financiadas únicamente por las administraciones públicas: el mecenazgo desempeña un papel determinante, y la competencia entre instituciones culturales es dura.

Aunque existen diferencias notables entre el sistema estadounidense y el francés, no es menos cierto que, en los dos casos, el hincapié que se hace en las diversas actividades que se supone son competencia de las bibliotecas siempre es de carácter político. La biblioteca pública (llamada así por oposición a la biblioteca privada) de tipo francés tiene una larga historia. A principios del siglo XVII, Gabriel Naudé destaca en su Advis pour dresser une bibliothèque [“Consejos para crear una biblioteca”] (1627) que debe estar abierta a todos, prefigurando la “república de las letras” que contribuirá a materializar. En efecto, a partir del siglo XVIII, la Biblioteca Real se abre cada vez más a eruditos y profanos. Poniendo a disposición de la nación las bibliotecas eclesiásticas, y después las de los nobles que han huido del país, la Revolución emprende su inventario y conservación, y asalaria un cuerpo de profesionales. En 1803, se crean las bibliotecas municipales. En cambio, habrá que esperar a 1879 para que se cree el título de bibliotecario (para las bibliotecas universitarias). Finalmente, el decreto del 19 de agosto de 1945 funda la Dirección de Bibliotecas y de Lectura Pública; se trata de desarrollar una verdadera política de lectura para el conjunto de la población, y el adjetivo remite a “enseñanza pública”. En 2009, es remplazada por el Servicio del Libro y la Lectura. Sin embargo, aunque la tutela estatal define siempre el marco legislativo y las condiciones de apoyo a los establecimientos, no está claro que los objetivos sigan siendo los mismos.

Ya que en la actualidad lo que es cuestionado, con mayor o menor discreción, es la rentabilidad social de la biblioteca, aunque esté abierta –y desde hace tiempo– a otros medios, y se haya convertido en mediateca. En otras palabras, la legitimidad de los gastos es puesta en duda en Francia, al igual que lo es en la New York Public Library… Los bibliotecarios, con ánimo de facilitar el acceso a la cultura, siempre han buscado un equilibrio entre las obras de erudición, o poco consultadas, o poco conocidas, y las que son más conocidas; además, siempre han aconsejado, orientado al lector, que así puede descubrir cosas por las que no se habría decantado espontáneamente. De ahí la importancia del “fichero”, que organiza el conocimiento, multiplicando las facetas y permitiendo responder, mediante toda clase de entradas, a las más diversas cuestiones.

Actualmente, esta misión no parece darse ya por sentada. Sospechosa de elitismo, al responder solo de manera (obviamente) insatisfactoria a los objetivos de la famosa democratización cultural, el modelo es cuestionado, también desde dentro de la profesión. ¿Para qué libros que no son populares? ¿No obliga Internet a cambiarlo todo? Una nueva concepción de la biblioteca, en supuesta sintonía con las transformaciones actuales de la sociedad, se impone desde hace una década: la del “tercer lugar”, apta para hacerla entrar en la modernidad.

Este concepto se lo debemos al estadounidense Ray Oldenburg, profesor de Sociología Urbana en la Universidad de Pensacola, en Florida. En 1989, presentó un estudio sobre “The Great Good Place” (“el lugar formidable”) (2), ese “tercer lugar” que se distingue del primero, el hogar, y del segundo, el lugar de trabajo. Pensado para la vida colectiva y administrado de manera informal, ese tercer lugar, a medio camino entre la antigua ágora y el gran café de Viena, estaba, según él, en declive desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, debido sobre todo al urbanismo y a los “automobile suburbs” estadounidenses, los barrios sin un centro real. Para él, este espacio neutro y vivo, a resguardo de la intemperie, que acoge a visitantes asiduos, como una segunda casa, en un ambiente de ecumenismo social, y propicio al debate, posibilitaría la lucha contra el desmoronamiento de los vínculos sociales al oponerse a la hegemonía del modo de vida individualista generado por la cultura consumista.

De modo poco sorprendente, el concepto fue pronto asimilado por el marketing y el comercio –Starbucks (3), por ejemplo, con sus sofás de cuero y sus dispositivos para conectar el ordenador, se define como un “tercer lugar, entre la casa y el trabajo”–. Pero el eco que el ensayo tuvo en el mundo de las bibliotecas, en Estados Unidos primero y algunos lustros más tarde en Europa, probablemente habrá sorprendido a Ray Oldenburg… El “tercer lugar” parece convertirse en efecto en una evidencia, simbolizando un momento de transformación de la relación con el saber (¿considerado discriminatorio?), una apertura hacia una política vuelta serenamente hacia la demanda, y no basada en la oferta de un conocimiento, aunque no está claro que todo el personal bibliotecario esté a favor de esta evolución.

El mecenazgo desempeña un papel
determinante, y la competencia entre
instituciones culturales es dura

“A fin de atraer a públicos habitualmente poco receptivos, proceden a una redefinición de su semántica arquitectural, sellando definitivamente la ruptura con las bibliotecas templo del saber. El paso de lo sagrado a lo profano se ha consumado” (4). Si atendemos a la presentación de la Escuela Nacional Superior de Ciencias de la Información y de las Bibliotecas (ENSSIB, por sus siglas en francés) (5), que forma a los bibliotecarios, las bibliotecas se convierten en lugares de encuentros informales, lo más cerca posible de las costumbres de quienes la frecuentan, desarrollando el funcionamiento participativo y favoreciendo “la construcción de una sociedad inclusiva” –anglicismo que parece significar “abierto a todos”–. La relación entre los bibliotecarios, esos lamentables “eruditos”, y los “usuarios” debe ser transformada en aras de una mayor “proximidad”.

La biblioteca, sus libros,
su organización científica del
saber, se eclipsan en beneficio
de espacios utilitarios y
de sociabilidad, al igual que
el lector desaparece en beneficio del “usuario”.

El reciente informe del inspector general de Asuntos Culturales Noël Corbin y del escritor Erik Orsenna, “Viaje al país de las bibliotecas” (6), encargo realizado por la ministra de Cultura francesa, confirma la progresión de estas ideas en la doxa francesa, aunque el concepto solo figura implícitamente. Sus diecinueve propuestas tienen ciertamente como objetivo declarado responder al compromiso de campaña del presidente Emmanuel Macron: “abrir de una mejor manera, y por lo tanto, más, las bibliotecas”. Es sencillo: bastará con abrir por la tarde-noche y el fin de semana, algo que ya se trató en un informe entregado al ministro Fleur Pellerin en 2015 (7), y que ha sido contemplado en la ley de finanzas para 2018, que prevé sostener –con hasta 8 millones de euros– doscientos proyectos de este tipo. “Una primera piedra de este plan es el conocimiento preciso, en cada aspecto de la vida, de lo existente y de las necesidades”, escriben los autores del informe. “Sean cuales sean las costumbres de las bibliotecas, es necesario que sus horarios de apertura concuerden con los tiempos reales de la ciudad”. Es decir, las bibliotecas deben tener horarios de apertura similares a los de los comercios, sino mayores: para los autores esto sería veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

Pero su proyecto no se acaba ahí. Si bien, halagüeñamente, destacan “las ganas, ese deseo de hacer cosas y ese gusto por la acción que han despertado admiración” entre el personal de las bibliotecas francesas, no se detienen en los contenidos. Es lógico, puesto que de hecho se trata de “renovar” la idea misma de biblioteca transformándola en centro de actividad pública indiferenciada: un punto postal (recepción de paquetes de comercios on-line), una oficina de empleo, servicios municipales, salas de trabajo común, una zona de restauración rápida, otra de descanso y de cabezadas bajo el amparo de la administración, pero también tomas de corriente para dispositivos telefónicos e informáticos, etc.: habrá de todo, o casi, en la “casa de servicio público cultural de proximidad”, tal como la designa el sitio web del Ministerio de Cultura francés.

Lo que se cuestiona,
con mayor o menor discreción,
es la rentabilidad social de la biblioteca

La biblioteca, sus libros, su organización científica del saber, se eclipsan en beneficio de espacios utilitarios y de sociabilidad, al igual que el lector desaparece en beneficio del “frecuentador”, más vulgarmente llamado “usuario”. Como subrayan los autores, ¿qué puede haber mejor que el experimento realizado en Seine-Saint-Denis, donde se han instalado máquinas expendedoras de libros? Pero sin obligación de consumir: la cosa tiene todavía más encanto que el café.

Así, “lo ‘cultural’, como un gran río desbordándose, sale de su cauce y se mezcla con lo social”; los “lugares del libro” se convierten también en “lugares del vivir” en los que activar “todo lo que facilita la movilidad y permite escapar a determinismos de toda clase”. Leer ya no es exactamente una prioridad, y cuando se habla de “compartir saberes”, se trata de los de los “diseñadores, emprendedores o manitas” encontrados en el “lugar del vivir”.

En la época de los recortes en la función pública, la ampliación de los horarios parece augurar complicaciones futuras. A decir verdad, incluso sin ampliación, las bibliotecas ya los están sufriendo: en 2014, siete bibliotecas federales cerraron en Canadá, dispersando o dejando fuera de circulación miles de obras científicas; desde 2011, debido a las políticas de austeridad, 441 bibliotecas municipales han tenido que cerrar en Reino Unido… Para dar vida al “tercer lugar” habrá que practicar un “nuevo oficio”, y contar con “voluntarios”. La necesidad de recurrir a funcionarios con la formación adecuada corre el riesgo de ser considerada sin duda menos apremiante. Sorprendente regresión; extraordinario símbolo. Antes, la biblioteca traducía la voluntad pública de contribuir a la emancipación de todos. Ahora, debe ayudar a “tejer vínculos sociales”, y a que “cada uno pueda vivir su cultura”. ¿El triunfo del principio de satisfacción del cliente, bajo un manto de pseudodemocratización?

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(1) Frederick Wiseman, Ex Libris: The New York Public Library, DVD, Blaq Out, 2018, 197 minutos.

(2) Ray Oldenburg, The Great Good Place: Cafes, Coffee Shops, Bookstores, Bars, Hair Salons, and Other Hangouts at the Heart of a Community, Da Capo Press, Boston, 1989.

(3) Véase Benoît Bréville, “Starbucks y Subway, el espejismo de las cadenas de comida rápida de nueva generación”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 2015.

(4) Agnès Camus, Jean-Michel Cretin y Christophe Evans, Les Habitués. Le microcosme d’une grande bibliothèque, Bibliothèque publique d’information-Centre Georges Pompidou, col. “Études et recherche”, París, 2000.

(5) “Bibliothèque troisième lieu”, 26 de noviembre de 2015, www.enssib.fr. Cf. también Mathilde Servet, Les Bibliothèques troisième lieu, memoria de estudios, ENSSIB, Villeurbanne, enero de 2009, www.enssib.fr

(6) Erik Orsenna y Noël Corbin, “Voyage au pays des bibliothèques. Lire aujourd’hui, lire demain”, Ministerio de Cultura y Comunicación francés, París, febrero de 2018, www.ladocumentationfrançaise.fr

(7) Sylvie Robert, “L’adaptation et l’extension des horaires d’ouverture des bibliothèques publiques”, Ministerio de Cultura y Comunicación francés, noviembre de 2015

Cristina Ion y Éric Dussert

Respectivamente: autora, junto con Yves Charles Zarka, de Machiavel: le pouvoir et le peuple (Éditions Mimésis, París, 2015). y escritor, autor de Une forêt cachée. 156 portraits d’écrivains oubliés (La Table ronde, París, 2013).

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