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Contra la política de Donald Trump en Oriente Próximo

“Lo que Palestina me ha enseñado sobre el racismo en Estados Unidos”

por Sylvie Laurent, febrero de 2019

En este cortometraje en blanco y negro se suceden y se entrelazan los rostros oscuros de oprimidos en lucha, algunos con rastas y otros con pañuelo o kufiya, unidos por un mismo mensaje repetido en las pancartas: “Dejad de matarnos”, “Devolvednos nuestra humanidad”. Las imágenes de Ferguson, Misuri, donde se expresó la indignación negra frente a la impunidad policial se alternan con las de los territorios ocupados. Algunos palestinos afirman “Black Lives Matter” (“Las vidas de los negros importan”), y negros estadounidenses interpretan la opresión de los palestinos como racismo. Entre ellos hay puntos de encuentro: la compañía estadounidense Combined Systems, que abastece a la Policía de Ferguson de gas lacrimógeno y de otras armas de represión, equipa también a las fuerzas israelíes de ocupación de la franja de Gaza o de Cisjordania.

Esta película de tres minutos, producida en 2015 y ampliamente difundida por las redes sociales, da voz a desconocidos, pero también a nombres célebres de la América negra: la activista Angela Davis, por supuesto, autora de un ensayo titulado La libertad es una batalla constante: Ferguson, Palestina y los cimientos de un movimiento (1), pero también el filósofo Cornel West, el actor y director Danny Glover (que encarnó a Nelson Mandela en la televisión en 1987), la cantante Lauryn Hill o incluso la escritora Alice Walker. La académica y abogada Noura Erakat, en el origen del proyecto, imparte docencia en Estados Unidos y conoce el poder de evocación de estas figuras, ya célebres por su disidencia. Titulado When I see them, I see us (“Cuando los veo a ellos, nos veo a nosotros”), la película ilustra la fuerza de la solidaridad entre los activistas afroamericanos y los palestinos (2). A pesar de que ambos pueblos sufrieron particularmente la violencia estatal durante aquellos años 2014-2015, la historia de su camaradería es antigua y tumultuosa.

El año 1967, el de la guerra de los Seis Días y la conquista de Cisjordania y de Gaza por parte de Israel, también fue crucial para el movimiento estadounidense por los derechos civiles. Por aquel entonces se alejó de la filosofía no violenta y de su arraigo cristiano para reclamar justicia con otro tono. El Black Power, movimiento y pensamiento, recuperaba el internacionalismo vinculado al tercermundismo y la virulencia anticolonial de los activistas negros de los años 1930 y 1940, ya fueran comunistas, como Paul Robeson, o nacionalistas, como Marcus Garvey y Malcolm X. Este último visitó Jerusalén en 1957 y Gaza en 1964, sentando así las bases de una lucha de liberación transnacional y cosmopolita. En un ensayo de septiembre de 1964 titulado Zionist logic (“La lógica sionista”), Malcolm X denunciaba el “camuflaje” de la “colonización” israelí, que disfrazaría la violencia de indulgencia gracias al apoyo estratégico de Estados Unidos, lo que calificó como “dolarismo” (3).

Israel y Estados Unidos también se veían vilipendiados por los dos grupos más importantes de entonces: el Student Nonviolent Coordinating Committee (SNCC) y los Black Panthers. Estos jóvenes activistas por la liberación negra, emancipados del sustrato bíblico de sus mayores, se alejaron de una simpatía espontánea de los afroamericanos por Israel, tierra santa y refugio para un pueblo antaño sometido e históricamente martirizado. Desde el siglo XVII, el Éxodo era una de las metáforas bíblicas más apreciadas por la población negra, que, además, consideraba providencial la creación del Estado hebreo. En 1948, precisamente, el novelista James Baldwin escribía: “El más piadoso de los negros se considera como un judío… Espera al Moisés que le guiará fuera de Egipto” (4). Baldwin el exiliado, que visitó Palestina en 1961, expresaba la profunda empatía de los negros estadounidenses hacia cualquier pueblo en busca de una patria, de un “hogar” al que volver, de una tierra portadora de raíces y de historia. Nadie puede comprender mejor que un negro estadounidense la búsqueda de los judíos de una tierra de libertad. Pero también sabe lo que quieren decir desposesión y desplazamiento forzado.

Condena del antisemitismo

Así , la ocupación de nuevas tierras palestinas en 1967 aniquiló las inclinaciones sionistas de los activistas afroamericanos, que, tras haberse identificado con los hebreos en su sometimiento, se sentían entonces cercanos a los árabes. No sin ironía, mientras que Martin Luther King había aplaudido espontáneamente la creación de Israel, dos de sus mentores, Mohandas Karamchand Gandhi y el ghanés Kwamé Nkrumah, condenaban públicamente el sionismo en nombre de su lucha anticolonial. Los activistas del SNCC, hijos rebeldes de King, publicaron en 1967 un llamamiento a la solidaridad con los palestinos.

El antiimperialismo de la nueva generación de activistas negros es, ante todo, un tercermundismo “etnizado”, solidario con los pueblos de tez oscura. Esta generación se percibe también como prisionera de una colonia del interior y los más nacionalistas reclaman, en Estados Unidos, una especie de solución binacional. Este juego de espejos dio lugar a lo que el historiador Alex Lubin denominó un “imaginario político afro-árabe” (5). De esta manera, los Black Panthers se pusieron en contacto con gran rapidez con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Para esta, unir la cuestión palestina con la lucha anticolonial, antirracista y anticapitalista parecía oportuno y universalizó la lucha al anclar a Palestina en la larga historia de la dominación colonial y del derecho a la tierra.

La acusación de antisemitismo se abatió inmediatamente sobre el SCCN al igual que, más tarde, sobre los Black Panthers. Conscientes de que a veces habían existido tendencias antisemitas entre sus activistas, los portavoces de ambas organizaciones expresaron claramente su posición: antisionista, pero no antijudía. H. Rap Brown, presidente del SNCC, declaró en 1967: “No somos antijudíos y no somos antisemitas. Es solo que no creemos que los dirigentes de Israel tengan algún derecho sobre esa tierra” (6). En 1970, bajo la pluma de su dirigente Huey Newton, los Black Panthers repudiaron igualmente las declaraciones marginales de algunos activistas y defendieron su internacionalismo revolucionario, hostil a la supremacía blanca, no a los judíos. Newton reafirmó el derecho a la autodeterminación de los pueblos silenciados por el militarismo y el “nacionalismo reaccionario” israelo-estadounidense (7).

La coalición entre negros y judíos estadounidenses, determinante durante el periodo de lucha por los derechos civiles (1954-1968), se encontraba entonces en peligro. No era algo anecdótico. Desde la creación de la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP), en 1909, hasta el compromiso del rabino Abraham Joshua Heschel, que marchaba junto a Martin Luther King, el papel de las elites progresistas judías en la lucha por la liberación negra había sido importante (8).

Durante el Freedom Summer (“verano de la libertad”) de 1964 –una campaña para inscribir a tantos afroamericanos como fuera posible en las listas electorales de Mississippi–, los judíos fueron mayoría entre los estudiantes que acudieron en masa desde el norte del país para echar una mano a sus camaradas del sur.

Este compañerismo no estuvo exento de tensiones y fueron recurrentes las acusaciones de paternalismo –el de unos judíos cultivados hacia unos negros oprimidos–. Pero la cuestión de Palestina marcó un punto de ruptura. En 1967, en su libro The crisis of the negro intellectual (“La crisis del intelectual negro”) (9), el ensayista afroamericano Harold Cruse ponía en entredicho las premisas de la alianza entre judíos estadounidenses y negros, según las cuales ambos pueblos están oprimidos y sufren por igual. Los primeros, afirmaba entonces Cruse, tienen el poder y lo ejercen incluso para pensar “nuestra” emancipación en “nuestro” lugar. Sobre todo, añadía, ¿dónde está esa empatía hacia el oprimido a la hora de denunciar la ocupación israelí en Palestina? “¿Cuál es la posición de los intelectuales judíos de la revista Commentary sobre el sionismo?”. La población negra en busca de justicia, continuaba, deberá deducir de la respuesta la pertinencia de la colaboración con los judíos estadounidenses.

La mención de la revista neoconservadora ponía de relieve el desplazamiento, desde finales de los años 1960, de una parte de los intelectuales judíos estadounidenses, como Norman Podhoretz, hacia una doble crispación: a nivel nacional, para con los negros, a quienes retiraron cualquier tipo de respaldo y, a nivel internacional, con respecto a Israel, a la que apoyaban entonces de manera incondicional. Al unir ambas esferas, aseguraban que el modelo social estadounidense, liberal y universalista –el mismo que posibilitó que los judíos se americanizaran– se veía amenazado por los detractores del racismo y de la dominación aquí y allí.

La resolución 3379, que –adoptada en 1975 por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)– condenaba precisamente el sionismo como una forma de “racismo y de discriminación racial” (10), generó tanta más polémica en Estados Unidos cuanto que se inscribía en este contexto. El embajador de Estados Unidos ante la ONU, Daniel Patrick Moynihan, que conocía los engranajes de la discriminación estatal, estaba particularmente indignado. Diez años atrás, entonces académico y cercano a Lyndon Johnson, había redactado un célebre informe en el que llamaba a implementar unas ambiciosas políticas sociales a favor de los afroamericanos, cuya exclusión social estructural había mostrado. Convertido en neoconservador, más tarde abuchearía a quienes, de entre ellos, hablaban del “racismo” de Israel.

Una diáspora de expoliados

Así pues, las resonancias de la cuestión de Palestina entre la población negra estadounidense deben entenderse a la luz de las relaciones de fuerzas internas que se reconfiguraron en Estados Unidos a raíz del movimiento por los derechos civiles. A través de su prisma, los actores vuelven a analizar cuestiones arraigadas en la extensa historia del país –en primer lugar, la naturaleza imperial de la república estadounidense y la exclusión de sus minorías de tez oscura del ámbito de la ciudadanía–. Afirmar su respaldo a Palestina es proclamar su derecho a la disidencia con respecto a esa potencia estadounidense que, tras haber confiscado la tierra y el poder a la población negra, mexicana e indígena, duplicaría su dominación en Oriente Próximo. De esa manera, conscientes de este eco de la historia nacional, judíos y árabes estadounidenses comenzaron a involucrarse, en 1968, en sendos movimientos de afirmación política inspirados en el movimiento estadounidense por los derechos civiles. Por ejemplo, fue en ese momento cuando el rabino Meir Kahane, fundador en 1968 de la Jewish Defense League (Liga de Defensa Judía) y futuro dirigente de extrema derecha, mencionó el concepto de un “Jewish Power”. Ese mismo año, el intelectual Edward W. Said publicó “The Arab portrayed” (11), precursor de su trabajo sobre el orientalismo, que ya nos invita a comprender la construcción “racial” del otro.

El régimen del apartheid en Sudáfrica suscitó una ferviente movilización en los campus, pero también, por mediación de los activistas que no abandonaron el gueto, en los barrios populares. El poder sudafricano, símbolo de la dominación colonial y capitalista, recibía apoyo y armas de Estados Unidos y de Israel, que se anclaba aún más en el bando de los opresores. Como respuesta, se hablará de un “apartheid israelí” (12). De forma indirecta, los palestinos se convirtieron en miembros de una diáspora de expoliados. Igual que en Sudáfrica, los activistas reclamaban boicot, oprobio y desinversión por parte de cualquier institución estadounidense, de la universidad local al departamento de Estado.

En 1979, Andrew Young, militante por los derechos civiles, perdió su puesto de embajador estadounidense ante las Naciones Unidas por haberse reunido con los dirigentes de la OLP el año anterior. Con este gesto, el presidente James Carter, ya exasperado por las reticencias de su embajador con respecto a su política proisraelí, se ganó la ira de los representantes negros estadounidenses. James Baldwin reaccionó en el semanario The Nation el 29 de septiembre de 1979: “El Estado de Israel no se creó para salvar a los judíos; se creó para salvar los intereses occidentales. (…) Los palestinos están pagando por la política colonial británica del ‘divide y vencerás’ y por el sentimiento de culpabilidad cristiana que atormenta a Europa desde hace más de treinta años”. Pero, puesto que la cuestión era menos geopolítica que interna, numerosos negros, entre ellos Jesse Jackson (otro veterano de la lucha por los derechos civiles y una figura prometedora en el Partido Demócrata), destacaron inmediatamente el papel de los judíos estadounidenses en esta dimisión forzada. Las acusaciones de antisemitismo volvieron a surgir con más fuerza, y los comentarios de Jackson sobre los judíos de Nueva York (“obsesionados con Israel” y que dominan una ciudad judía) aumentan el malestar. Este firme partidario de una amplia coalición de todas las minorías luchará en vano para cerrar la herida. Cuando el líder negro de la Nación del Islam, Louis Farrakhan, cuyo antisemitismo se conoce desde la década de 1970, lo apoya, la crítica antisionista de los afroamericanos queda inevitablemente desacreditada.

En los años 1990, a falta de un movimiento radical negro estadounidense lo suficientemente potente, la camaradería afro-palestina se apagaba. La reorientación de los principales líderes negros hacia la moderación democrática, la disgregación de los últimos revolucionarios del Black Panther Party y las esperanzas de paz en Oriente Próximo tras la firma de los Acuerdos de Oslo, en 1993, acabaron con la crítica al imperialismo que tanto marcó la liberación negra estadounidense.

La confraternización con los palestinos no renacería realmente hasta 2015-2016, cuando se sofocó la revuelta de Ferguson pese a los crímenes de la policía demostrados contra numerosos jóvenes negros desarmados. Black Lives Matter, tomando el relevo del SNCC, articula de nuevo la cuestión racial con las lógicas de dominación mundial. Las redes sociales han posibilitado la reanimación de la solidaridad aletargada –un grupo de Facebook se llama Blacks For Palestine–. El grupo antirracista Dream Defenders organizó un viaje de artistas negros a los territorios ocupados en 2017 y se celebran coloquios en los campus estadounidenses, donde los llamamientos a boicotear a Israel generan controversia con regularidad (13).

Pese a que estas iniciativas son acciones de solo unos pocos activistas y universitarios, una nueva generación defiende la unión entre negros y palestinos en la lucha. Vic Mensa, joven figura destacable del rap originario de Chicago, visitó los territorios ocupados en 2017 y contó su desasosiego en una tribuna titulada “Lo que Palestina me ha enseñado sobre el racismo estadounidense” (14). En ella describe el brutal efecto espejo que se produjo cuando asistió a la interpelación de un joven palestino por un soldado israelí. En un primer momento aliviado por no ser el sospechoso, se dio cuenta después de que, allí, “los negratas son ellos”.

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(1) Angela Davis, La libertad es una batalla constante: Ferguson, Palestina y los cimientos de un movimiento, Capitán Swing, Madrid, 2017.

(2) When I see them, I see us”, Black Palestinian Solidarity.

(3) Malcolm X, “Zionist logic”, The Egyptian Gazette, El Cairo, 17 de septiembre de 1964.

(4) James Baldwin, “The Harlem ghetto: Winter 1948”, Commentary, Nueva York, febrero de 1948.

(5) Alex Lubin, Geographies of Liberation: The Making of an Afro-Arab Political Imaginary, The University of North Carolina Press, col. “The John Hope Franklin Series in African American History and Culture”, Chapel Hill, 2014.

(6) Citado por Douglas Robinson, “New Carmichael Trip”, The New York Times, 19 de agosto de 1967.

(7) Huey P. Newton, “On the Middle East”, en To Die For the People, Random House, Nueva York, 1972.

(8) Murray Friedman, What Went Wrong? The Creation and Collapse of the Black-Jewish Alliance, The Free Press, Nueva York, 1995.

(9) Harold Cruse, The Crisis of the Negro Intellectual, William Morrow, Nueva York, 1967.

(10) Adoptada por 72 países frente a 35 (con 32 abstenciones), fue revocada por la resolución 46/86, exigida por Israel para participar en la conferencia de Madrid y adoptada el 16 de diciembre de 1991.

(11) Edward W. Said, “The Arab portrayed”, en Ibrahim Abu-Lughod (bajo la dir. de), The Arab-Israeli Confrontation of June 1967: An Arab Perspective, Northwestern University Press, Evanston (Illinois), 1970.

(12) Véase Alain Gresh, “Regards sud-africains sur la Palestine”, Le Monde diplomatique, París, agosto de 2009.

(13) Véase Alain Gresh, “El ‘lobby’ israelí en Estados Unidos: un documental prohibido”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2018.

(14) Vic Mensa: What Palestine taught me about American racism”, Time, Nueva York, 12 de enero de 2018.

Sylvie Laurent

Investigadora asociada en Harvard y Stanford, docente en el Instituto de Estudios Políticos de París. Autora de Martin Luther King. Une biographie intellectuelle et politique, Seuil, París, 2015..

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