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La fábula del 31 de agosto de 2013

Editorial, por Serge Halimi, agosto de 2018

Hace exactamente cinco años, una interpretación de la historia de las relaciones internacionales triunfó en todas las capitales occidentales. Repetida una y otra vez de forma metódica, se ha convertido en una religión oficial. En esencia, explica esta, el 31 de agosto de 2013 el presidente Barack Obama cometió un error de graves consecuencias al renunciar a atacar al Ejército sirio después de ser señalado como culpable de un bombardeo químico mortífero en un barrio de la periferia de Damasco. Esta pusilanimidad habría garantizado el mantenimiento en el poder de un régimen que ha masacrado a una parte de su población. No obstante, asegura el expresidente francés François Hollande entre otros muchos, “el régimen sirio no ha sido el único en creer que todo le está permitido. Vladímir Putin pensó que podía anexionar Crimea y desestabilizar el este de Ucrania” (1). Semejante reconstitución histórica, ilustrada con la referencia obligada a Winston Churchill (quien creía que los acuerdos de Múnich iban a abrir la puerta a otras agresiones nazis), legitima por adelantado las guerras preventivas y la llamada política de “paz por la fuerza”. En particular frente a Rusia.

Palabra a la defensa. El presidente Obama, conocedor de las aventuras de Estados Unidos en Afganistán, en Oriente Próximo y en Libia –promovidas por análisis alarmistas y engañosos por parte de los servicios de inteligencia estadounidenses–, sabía las consecuencias de hacer depender el crédito de un país de la intervención repetida de sus fuerzas armadas en territorio extranjero. “¿No deberíamos finalizar las dos guerras en las que nos hemos involucrado antes de intervenir en una tercera?”, le sugería, en el caso de Siria, incluso su exsecretario de Defensa Robert Gates (2).

Paradójicamente, a algunos de los partidarios más inconsolables de esta intervención –The New York Times y todos los periódicos europeos que reproducen sus editoriales– les gusta denunciar el absolutismo presidencial e insistir sobre el respeto de los contrapoderes y del derecho. Ahora bien, un bombardeo occidental en Siria no era legítima defensa y no podía valerse de ninguna autorización de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Tampoco se beneficiaba del respaldo de la opinión pública occidental, ni del apoyo del Congreso de Estados Unidos, ni de aquel del aliado más fiel de ese país, el Reino Unido, pues la Cámara de los Comunes se había pronunciado en contra.

También se pueden elegir otras referencias diferentes a la de Churchill y Múnich. Esta, por ejemplo: una coalición internacional, valiéndose de una resolución de la ONU, obligó al Ejército iraquí a evacuar Kuwait en 1991. En cuanto se alcanzó este objetivo, los neoconservadores le reprocharon al presidente estadounidense George H. Bush no haber llegado “hasta el final” derrocando a Sadam Hussein. Y, durante más de diez años, repitieron sin cesar que casi todos los problemas de la región provenían de esta trágica “retirada”.

En 2003 sus deseos por fin se hicieron realidad: Churchill, reencarnado; Irak, ocupado; Sadam Hussein, ahorcado. ¿Acaso se asemeja Oriente Próximo realmente a un paraíso desde entonces?

(2) Citado por Jeffrey Goldberg, “The Obama doctrine”, The Atlantic, Boston, abril de 2016.

Serge Halimi

Director de Le Monde diplomatique.