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Se requiere buena presencia

por Julien Brygo, junio de 2017

A finales de los años 1990, la NBA tenía mala prensa. Varias de sus estrellas estaban implicadas en asuntos de violación, peleas o consumo de cocaína. Los estadios se llenaban solo a la mitad y el juego era percibido como demasiado violento. Muchos se preguntaban si la NBA iba a sobrevivir a la retirada de Michael Jordan, ese modelo consensual que hizo fortuna. La liga endureció las sanciones contra los jugadores considerados demasiado provocadores, como Ron Artest u O. J. Mayo; por su parte, los jugadores demasiado politizados eran, a menudo, apartados de las canchas, como Craig Hodges. Este, vetado en 1992, se había atrevido a presentarse en la Casa Blanca vestido con una túnica africana para entregar al presidente George H. Bush una carta que denunciaba la guerra contra “los pobres, los pueblos indígenas, los ‘sin techo’ y, en concreto, los afroamericanos”.

En noviembre de 2004, en medio de un partido estalló una espectacular pelea entre los jugadores de Detroit e Indianápolis y se extendió a las gradas. El comisario de la NBA, David Stern, recurrió entonces a los servicios de un asesor del presidente Bush a fin de restaurar los vínculos con el público, consternado por estos arranques de violencia. Se instauraron varias reglas, comenzando por un código de vestimenta. Considerado racista por muchos jugadores, prohibía, bajo pena de sanciones, los símbolos de la cultura de los guetos negros: do-rags (pañuelos anudados alrededor de la cabeza), sudaderas, gorras, pantalones anchos, medallas, gafas, zapatillas… Imponía a los jugadores ir en traje de chaqueta en sus apariciones públicas. Y para canalizar sus veleidades de compromiso, Stern creó “NBA Cares” (270 millones de dólares gastados entre 2005 y 2017), un programa filantrópico que les obliga a efectuar actos de caridad en hospitales o comisarías de policía, en zonas de catástrofes naturales…

Más de diez años después de la instauración de este código de vestimenta, el público, tranquilizado, ha regresado. Las televisiones también. Y los dólares llueven sobre las franquicias de la NBA, que ahora ostentan la diversidad como estandarte. Desde los años de Obama, la NBA es en efecto percibida por muchos estadounidenses como un campeonato progresista. En 2014, destituyó al propietario de Los Angeles Clippers por declaraciones racistas. Dos años más tarde, retiró la All-Star Game (encuentro simbólico disputado a mitad de temporada entre los mejores) a Carolina del Norte para protestar contra la adopción por parte de este estado de leyes hostiles a lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (LGBT). No sanciona a los jugadores que lucen sobre sus camisetas de calentamiento mensajes de apoyo al movimiento Black Lives Matter (“Las vidas de los negros importan”, contra los asesinatos policiales), ni a aquellos que expresan su rechazo a Donald Trump. No obstante, las jugadoras de la liga femenina no tienen tanta suerte. En julio de 2016, tres equipos, Phoenix Mercury, Indiana Fever y New York Liberty, recibieron una multa de 5.000 dólares cada uno, y las jugadoras que habían llevado camisetas con el lema “#Icantbreathe” (“No puedo respirar”) (1), una multa de 500 dólares cada una.

“Cuando se compara el activismo político de los deportistas hoy en día con el de los años 1960, son como el día y la noche. Pero en el contexto actual estadounidense, la NBA parece casi una liga socialista”, comenta Nicolas Martin-Breteau, historiador del deporte (2). El compromiso político no perjudica por fuerza económicamente. Resulta sorprendente el ejemplo de Colin Kaepernick, quarterback del campeonato de fútbol americano que se atrevió a no levantarse durante el himno nacional en dos ocasiones en 2016 a modo de protesta por la violencia policial. Desde entonces, su camiseta es la más vendida de toda la liga de fútbol americano, pese a que apenas juega.

¿Son los jugadores de la NBA “los más politizados de todos los atletas profesionales”, tal y como ha afirmado The Washington Post? “La política y el baloncesto son dos cosas completamente diferentes –zanja Draymond Green, estruendoso alero del equipo de los Warriors de San Francisco–.Y la mayoría de jugadores no saben nada de política. Por lo que deberían cerrar el pico”. Para su compañero Shaun Livingston, a los jugadores les cuesta cada vez más entender lo que está en juego fuera de las canchas. “Para posicionarnos, pienso que primero deberíamos educarnos a nosotros mismos. A menudo, lo que pasa en la sociedad no nos afecta, dada la clase social a la que pertenecemos”. Livingston ha anunciado ya que, en caso de victoria de su equipo durante la final de la NBA –que se juega en junio–, no acudiría a la Casa Blanca.

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(1) Frase once veces repetida por Eric Garner, víctima de la violencia policial muerto el 17 de julio de 2014 en Nueva York, y convertida en uno de los eslóganes de Black Lives Matter.

(2) Cf. Nicolas Martin-Breteau, “‘Un sport noir’? Le basketball et la communauté africaine-Américaine”, Transatlantica, París, 2/2011.

Julien Brygo

Periodista. Coautor, junto a Olivier Cyran, de Boulots de merde! Du cireur au trader. Enquête sur l’utilité et la nuisance sociales des métiers, La Découverte, París, 2016.